Teatro

Mecánica: el infranqueable imperio de los Telmer

Norah Hamze • La Habana, Cuba

Con peculiar carisma el eminente profesor cubano Robert Soto del Rey, para explicar las leyes de la Física a sus estudiantes universitarios, utilizaba con frecuencia recursos como este: “Si vas por la calle y ves a una voluptuosa muchacha de glúteos pronunciados, contoneándose provocativamente, y con la palma de la mano le descargas un golpe sobre el glúteo, ¿qué le has dado?”. “Una nalgada”, respondían. “¡No!”, corregía el profesor, enfático: “Una manada. La nalgada te la ha dado ella a ti. Tercera ley de Newton: ley de acción y reacción”.

Imagen: La Jiribilla

Así funciona esta Mecánica que Abel González Melo y Argos Teatro proponen, estreno reciente que otorga el privilegio a los espectadores capitalinos de aproximarse a un texto desconocido para muchos, a solo pocos meses de haberse alzado con el Premio Nacional de Dramaturgia “José Antonio Ramos” de la UNEAC, 2014. Mecánica newtoniana que incluye las leyes del movimiento y el equilibrio y contiene los principios de la inercia, la fuerza y la acción-reacción como base sobre la que se erige su escritura.

En Mecánica González Melo establece un paralelismo con Casa de muñecas de Henrik Ibsen, en el que se rozan personajes, conflictos y puntos de vista. Esta metáfora, en su relación analógica, opera para construir una estructura similar, que sin embargo, se transmuta con verosimilitud en el ambiente cubano de la nueva clase burguesa que ha germinado de la necesaria estrategia gubernamental, en angustiosos y precarios períodos de la nación, para ir apuntalando un sistema social que dolorosamente ha corrido el riesgo perenne de la desarticulación.

Con el texto recibimos el embate de una élite desleal y sin escrúpulos, aferrada al poder, que pone en práctica leyes de una mecánica sórdida, prostituida y solapada para enmascarar la corrupción; y que solo apuesta por los beneficios y la invulnerabilidad que le otorgan el estatus y la casta. Nuevos burgueses desconectados de la cotidianidad del pueblo, ocultos tras una vida privada en apariencia, por cuyos resquicios ha penetrado la mirada inquisidora del ciudadano común.

Lo metafórico del título nos da una señal de su trascendencia y despierta curiosidad ante un autor distinguido en la escena cubana por su poética, que como él mismo declara, responde a la necesidad de “traer al teatro lo que le perturba de la realidad”. Una escritura en la que cifra estrategias comunicativas a partir de la estructuración cerrada de la fábula, para propiciar la conexión directa e inmediata con los espectadores, ante un tema sensible y perturbador. Texto donde la palabra como fuente informativa y conductora de la acción impone sus propias reglas, y donde la inversión del conflicto en relación con la obra de Ibsen, más la lujosa suite-despacho en el decimoquinto piso del Hotel Gran Cuba en el balneario de Varadero donde vive la familia Telmer, nos sitúan en un contexto nacional paradisíaco, solo conocido por la mayoría de manera indirecta.

Abel González Melo maniobra intencionadamente estos recursos en Mecánica con eficacia a toda prueba. La similitud en los nombres de los personajes con los de Casa de muñecas (Osvaldo Telmer, Nara Telmer, Carlos Rogbar, Linda Kristín y la Dra. Katia Pérez, suplente aquí del Dr. Rank) mantiene la referencia al texto ibseniano. No obstante, el dramaturgo traza su discurso desde la perspectiva de Osvaldo Telmer, a quien otorga el rol del hombre apuesto, mantenido y manipulado por su mujer, gerente del hotel, que en este caso es quien lleva las riendas del poder. Seres movidos por una mecánica que funciona como estilo, para identificarlos, determinar los comportamientos y las formas de relación entre ellos y hacerlos cómplices de sus excesos.

Imagen: La Jiribilla

No solo atraen el tema y la escritura en Mecánica. Impacta la manera en que Carlos Celdrán se apropia del texto para construir una teatralidad compacta, en la que se imbrican los lenguajes armónicamente. Todo encaja. La escenografía funcional de Alain Ortiz para la salita de Argos Teatro, con una síntesis de elementos que recrean la suite-despacho aún sin amueblar, ubica al espectador frente a un sitio donde se delimitan los espacios y se establece una convención a través de la visualidad, el manejo del color, el ambiente frívolo, impersonal, distante, inaccesible y elevado, para el disfrute de la vista panorámica y la brisa marina.

Resulta determinante en el discurso el vestuario de Vladimir Cuenca; sobrio, elegante, cómodo, con armonía y contraste en los colores, calidad en el tejido, acoplado a peinados según la ocasión y proporcional a la economía de accesorios útiles en cada escena. Refuerzan la convincente existencia del lugar, el buen gusto en la creación de la música original de Denis Peralta, que ambienta por momentos el Hotel Gran Cuba, y las sonoridades de mar y brisa. La iluminación de Manolo Garriga se torna imprescindible para completar la arquitectura del espacio, con efectivos matices ambientales, concentración e intensidad de la luz, zonas en penumbra y adecuada coloración sobre la escenografía, el vestuario y los personajes.

Una vez más Celdrán se impone con la recurrencia al uso de superficies duras como solución espacial, con coherencia y creatividad, estirando y recortando el espacio para una puesta en escena que se produce en el “aquí y ahora” del teatro. Consecuente con su estética, acude a todos los recursos que le posibilitan estructurar su montaje, por lo que no resulta obsoleta ni extraña la primera entrada de un hombre vestido de negro que cambia los elementos escenográficos y sustituye la utilería para la escena, convertido aquí en ese camarero que en ausencia de los huéspedes o a solicitud de ellos retira el servicio y hace determinadas labores de limpieza.

Así funciona la mecánica constructiva de Celdrán. Una edificación depurada, en la que concede al trabajo actoral la participación decisiva en el movimiento de toda la maquinaria, con la certeza de que sobre el elenco recae la responsabilidad mayor del acto comunicativo.

Imagen: La Jiribilla

Los seres que mueven la fábula de Mecánica son los que le dan cuerpo al hecho teatral; los intérpretes, los garantes de su eficacia. Un elenco integrado por Carlos Luis González (actor invitado), Yuliet Cruz, Rachel Pastor, José Luis Hidalgo y Yailín Coppola, hace gala de histrionismo y profesionalidad. La comprensión cabal de sus roles les permite construir partituras de acciones reales con precisión, y encontrar la intención necesaria en cada momento a través de la lógica personal. Actores que descubren los valores del silencio, hurgando en las claves más profundas del comportamiento de los personajes. Se conectan y establecen un entramado de relaciones donde las acciones internas y los cometidos físicos alcanzan la autenticidad que demanda cada situación. Desde una praxis depurada se apropian del espacio para recrearlo y compartirlo con el espectador.

No solo el talento y la capacidad del elenco han sido suficientes para enfrentarse a entes complejos, atrapados en sus conflictos internos, y proyectar sin ambages, desde la verdad y la conducta cotidiana, la imagen de esos seres traslúcidos que no muestran con nitidez sus verdaderos rostros. Mecánica pone en evidencia el meticuloso trabajo de dirección de actores de Celdrán, concreto y particularizado, para transgredir de continuo el “tempo lento” con la ironía, el flujo de humor, los cambios de ritmo, las tensiones corporales, mentales y emocionales, el correcto manejo del subtexto y de las sutilezas del texto, aun en acciones minimalistas que, desde el rol, traducen los actores en lenguaje verosímil, poético y activo.

Carlos Celdrán conjuga eficacia estética con eficacia comunicativa para construir el mundo ficcional de la Mecánica de Abel González Melo, sin la pretensión de conmover como en otras puestas suyas, convencido de que el intercambio en esta obra se produce con un espectador que no se identifica con esos seres, pero sí se estremece, por la complicidad ante el desenmascaramiento público de un engendro ciudadano que ha echado raíces y se mueve en un ámbito diseñado para ellos, con sus propias leyes de la mecánica, de espaldas al hombre común de este tiempo, pisoteando los valores mas preciados de la nación.

No sorprende por tanto que se agoten las entradas ni el aplauso cerrado con que los espectadores han agradecido las funciones. En Mecánica se condensa la solidaridad de un conglomerado humano, expuesto a diario a las contingencias derivadas de las caprichosas leyes de una mecánica feroz; del movimiento cíclico de un imperio que obstaculiza las aspiraciones de encontrar en esta isla un sendero con más luz para la vida.

Esta nueva temporada, que inició el pasado 2 de mayo con el estreno de la obra, es una saludable invitación para quienes, motivados aún por el teatro de ideas, decidan emprender en la nave Argos el recorrido por el laberíntico mundo de los Telmer, y constatar cómo funciona una especie que peligrosamente amenaza con su propagación. El disfrute está garantizado.

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