La Casa Loynaz o de los zapatos de baile español

Narmys Cándano García • La Habana, Cuba
Fotos: tomadas de Internet

Los Últimos días de una casa no están contados si se quiere ganar tiempo ante la desmemoria y la desidia. La necesidad de contar una historia hoy oculta bajo escombros o recuerdos que narran a medias vidas tan intensas como las de los integrantes de la familia Loynaz puede salvar la construcción pero también una época que ya sehace difícil documentar.

“Saber si uno llega a la casa de los Loynaz por la familia o por la casa es muy difícil porque casa y familia están íntimamente compenetradas” es la tesis que, en voz de un especialista, defiende la experimentada realizadora Lourdes de los Santos en su más reciente trabajo audiovisual, fruto de la urgencia por rescatar casa y familia, un imbricación como pocas en la historia nacional que, a pesar de su reconocido valor patrimonial, ha recibido pocos intentos de recuperación.

Imagen: La Jiribilla

Más allá de una reprimenda contra las autoridades pertinentes o la búsqueda de efectos depresivos —como se acostumbra con esa clase de temáticas—, el documental (re)crea con delicadeza, en un tono más de melancolía que de reproche —el cual llegará luego desde el espectador—la historia surrealista y casi mágica del lugar en que creció junto a su familia la poeta Dulce María Loynaz: un mundo anacrónico pero también único, que luego de inundar cada espacio de una magnífica construcción se desbordó hacia una selecta sociedad intelectual que igualmente bebió de la casa ese ambiente mágico, inmejorable fuente de inspiración.

Los testimonios de Alejo Carpentier, Eusebio Leal (privilegiados amigos de la familia) y la propia Dulce María, ilustran con certeza tan rico pasado. Detalles como la suntuosa decoración, la acumulación de valiosas obras de arte, costumbres como las tertulias a la luz de las velas —a pesar de tener electricidad—muestra de la preferencia por la vida nocturna, los recuerdos de una niñez enclaustrada, la singulares personalidades de cada miembro de la familia, despiertan la necesidad de saber más y de revivir cada segundo bajo esas ruinas que un día fueron palacio, fortaleza o refugio.

“El proceso de investigación fue difícil porque existe poca información sobre la familia”, confesó Lourdes de los Santos, y añadió que la mayor fuente que encontró, junto a la coguionistaCaryCruz, fue la Fundación Hermanos Loynaz que está en Pinar del Río, y a la que Dulce entregó gran parte de su documentación. Además acudió a la prensa de la época, archivos que le revelaron anécdotas y secretos de una generación ilustre, pero también exótica y derrochadora. Conoció sobre el divorcio de Enrique Loynaz del Castillo y María de las Mercedes Muñoz Sañudo, el tercero de La Habana; sobre un atentado a Gerardo Machado en un auto de lujo que permaneció tapiadoen las inmediaciones de la casahasta que el Historiador de la Ciudad lo recuperó…

Finalmente la búsqueda resultó fructífera. “Son tantas las historias —asegura— que se puede hacer una película”, y en ese sentido destacó el trabajo de edición de Miriam Talavera,quien la ayudó a centrarse entre tantos datos encontrados para no perder el objetivo de la obra, propósito al que también contribuyenla fotografía de Iván Nápoles y la música de Lucía Huergo —su último trabajo terminado—, un fondo de ternura capaz de ilustrar la poesía que aún rodea a la casa.

Tal es el empeño en rescatar el valor patrimonial de la construcción, que solo conocimos el por qué de su estado durante el diálogo con la directora, quien afirma que no quiso dañar el recuerdo familiar, y el imaginario surrealista creado por los Loynaz-Sañudo en un espacio que ahora está en las peores condiciones.

La solución sería casi un milagro, primero de la naturaleza por suspender la degradación del lugar, y luego de las autoridades por designar una nueva residencia a las numerosas familias que ocupan actualmenteel lugar.

De acuerdo con la pesquisa de la realizadora en las oficinas de Patrimonio y Vivienda Municipal, de un lado, la casa no se puede restaurar porque está habitada, y de otro, aun no hay donde ubicar a los nuevos moradores ilegales, y además indolentes ante el deterioro de su entorno.

No obstante, me atrevería a asegurar que el objetivo de Lourdes se cumplirá: todo el que vea el documental, que será exhibido próximamente en los cines de la capital, sentirá la misma necesidad de hacer lo posible por evitar que se pierda el mundo de Dulce María, un hogar de poetas y creadores, la vida que descabellada, pero cuerda, atrajo a tantos grandes de su época, y nucleó pare de la vida cultural de las primeras décadas del siglo XX.

En 1946 Dulce deja esa casa como había hecho anteriormente su hermana Flor. Solo terminaron sus días allí el hermano de la poeta Carlos Manuel y su madre, y luego de su muerte los mayordomos y criados hasta que solo quedaron el recuerdo y algunos objetos como evidencia del lujo de antaño.

Por el momento, la casa de Línea, esquina 14, Nº 1104 y 1106 es desdichadamente conocida como “la del hombre que hace los zapatos españoles”, lamenta Cary Cruz, coguionista.

Mientras,Lourdes espera que el nuevo sobrenombre no trascienda y Últimos días de una casa ayude “a cobrar conciencia de lo que somos, y de dónde venimos, porque ese lugar y su historia también forman parte de nuestros orígenes y del patrimonio cultural que estamos en la obligación de proteger”.

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