Un Pelusín en el camino de Atlanta

Norge Espinosa • La Habana, Cuba
Fotos: Cortesía del autor
 

Tal vez sea cierto el viejo dicho que asegura que a la tercera va la vencida, y esta vez, al regresar a la ciudad de Atlanta tras dos visitas anteriores, pude al fin visitar uno de los centros culturales que se encontraba en mi lista de deudas pendientes. No solo me di, gracias a la bondad y hospitalidad de mi amigo José Quiroga, el gran gusto de regresar a una ciudad que tiene una historia y sitios fascinantes, sino que además pude recorrer ya por mi cuenta algunos de los espacios donde la memoria de esta urbe se preserva como una lección viviente. Sentarme en el porche de la casa natal de Martin Luther King me emocionó como no esperaba, y ver el nombre de Wifredo Lam cubriendo la fachada del High Museum, el más relevante de Atlanta y que por estos meses ofrece al visitante una retrospectiva fenomenal del gran pintor nacido en Sagua La Grande, me enorgulleció sin falsos aspavientos. En medio de todo ello, y en la apretada agenda de unos pocos días, hallé lugar para cumplir con un anhelo que finalmente se consumó: llegarme al Center of Puppetry Arts que esta ciudad tiene como uno de sus secretos mejor guardados.

Imagen: La Jiribilla
Entrada del Centro de las Artes Titiriteras
 

Ubicado en la misma área de los grandes museos, el Centro de las Artes Titiriteras es una institución que nació a mediados de los años 70 y se ha ido convirtiendo, gracias al empeño de sus fundadores y al apoyo de importantes instituciones de Atlanta, en una colección viva del legado titiritero universal. No es solamente un museo con varias salas que acogen figuras de distintos lugares del orbe, sino además un espacio donde se conjugan representaciones, talleres, trabajo educativo, transmisiones televisivas, y un riguroso trabajo de conservación. Para todo aquel que se sienta motivado hacia el arte de los retablos, el Centro es una visita obligada. Y era hora ya de poner mis pies allí, y no solo de hacer el recorrido por sus salas, sino de dejar, a nombre de los titiriteros cubanos, una señal visible en tan importante espacio.

Gracias a los contactos que Manuel Morán, director de Teatro SEA, hizo desde Nueva York, fui recibido en el Centro por algunos de sus directivos, quienes me llevaron de un punto a otro del edificio. El mapa de los títeres está generosamente representado en este lugar, donde se combinan figuras balinesas, africanas, asiáticas, europeas, junto a las del país anfitrión y Latinoamérica. Si me deslumbró otra vez la exquisitez de un títere del Bunraku japonés, no menos sentí al ver una marioneta de los Rosete Aranda, la célebre familia mexicana que tuvo por décadas un reino viviente de hilos y color propio. Y contemplar uno de los skeksis (personajes malvados de The Dark Crystal, la fabulosa película de Jim Henson), me devolvió a los días de infancia en que esos personajes alentaron en mí otros miedos y fantasías. La Fundación Henson, que ya ha donado muchos de sus fondos al Centro, acaba de ofrecerles otro gran número de figuras, y ello ha llevado a nuevas obras de construcción, a fin de dar cabida a los recién llegados y dar una imagen más amplia de la rica colección que ya atesoran. Esas obras, ahora mismo en desarrollo, culminarán en octubre de este año. Me apunto para una nueva visita a fin de ver todo lo que la familia Henson, creadora de los Muppets, Fraggle Rock, Sesame Street y tantas otras series y personajes inolvidables, han añadido a la ya muy valiosa colección del Centro de Artes Titiriteras de Atlanta.

Imagen: La Jiribilla
Títere del Bunraku japonés
 

Pero no se trataba solo de llegar a esas puertas y cruzarme con títeres y con los niños que disfrutaban una función titiritera o salían de un taller donde se les enseña a construir con sus propias manos figuras para nuevos juegos. A nombre de UNIMA Cuba llevé un regalo a ese lugar, con la esperanza de que se añadiera a la galería de Atlanta. Desde hace varios años, y mediante los buenos empeños de Jacques Trudeau, presidente de UNIMA, y Manuel Morán, que representa en dicha entidad a los Estados Unidos de América, se ha restablecido el lazo de los titiriteros cubanos con sus colegas del mundo. El Consejo Mundial de UNIMA que se celebró en Matanzas durante el Taller Internacional de Títeres del 2014 en esa ciudad cubana, es prueba fehaciente de nuestro deseo de diálogo y aprendizaje mutuo. Y no me pareció bien que al pasar por Atlanta eso no dejara alguna referencia. Hechos los contactos, alistado el viaje, pedí a Rubén Darío Salazar, secretario general de UNIMA Cuba, y al diseñador Zenén Calero, una reproducción del títere nacional cubano, Pelusín del Monte, para donarla a este museo y hacer saber a los visitantes del mismo de nuestra pasión caribeña y criolla por los inquietos habitantes del mundo de las figuras animadas.

Imagen: La Jiribilla
Pelusín del Monte, Títere Nacional de Cuba
 

Creado en 1956 a petición de Pepe y Carucha Camejo por Dora Alonso, Pelusín del Monte está casi a punto de cumplir 60 años. Desde que se estrenara Pelusín y los pájaros, la primera de las cuatro piezas canónicas que la escritora imaginó para este guajirito juguetón, caprichoso, dicharachero, mentiroso y de buen corazón, ha llovido mucho, han venido tiempos de fiestas y silencios alrededor de su nombre, y también algunas polémicas. Freddy Artiles fue uno de los defensores de Pelusín como títere nacional, demostrando que a pesar de su relativa juventud (en comparación con los vetustos Karagoz, Policinella o Monsieur Guignol), su idiosincrasia, su lenguaje, sus dinámicas y carácter son indefectiblemente espejo de lo cubano, y por ende bien merece esa condición. Pelusín del Monte ha sobrevivido todo ello, y hoy sigue en la mano derecha de los titiriteros cubanos, gracias al verbo original de Dora y al de otros que han seguido esa pauta, demostrando una lozanía que es en verdad el brillo de lo auténtico. Tanta gracia tiene el guajirito que a pesar de su llegada tardía al nuevo diseño de la sala latinoamericana del Centro de las Artes Titiriteras, se ganó el cariño inmediato de los curadores que me prometieron una esquina para él, junto a sus hermanos de esta área del mundo. Junto a él, quedará en la biblioteca del museo un ejemplar del catálogo que recoge la historia y el presente de UNIMA Cuba, como emblemas de un diálogo que ojalá se proyecte hacia el futuro, y nos permita cruzar información y talentos de un punto a otro, siguiendo el camino que ya recorrió Pelusín del Monte.

Tener en ese museo a un Pelusín es no solo rendir tributo a fundadores de tanto prestigio como los Camejo y Carril, o Dora Alonso. Es ver allí, sintetizado en su sonrisa y su mirada pícara, los muchos años, los muchos esfuerzos que nos dejan hablar hoy de una historia del títere cubano. Imagino que Carucha Camejo le encantaría saber que uno de sus hijos está en ese museo. Como una flor en su nombre, un girasol encendido y permanente, allí lo dejé. Espero, en una próxima visita, reencontrarme con esa sonrisa en una de las salas del Centro de las Artes Titiriteras de Atlanta. Y a través de ese gesto, pensar en ella y en sus discípulos. Y en los titiriteros cubanos que vendrán.

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