Alberto Lescay:

“Mi gran monumento, trabajar todos los días”

Estrella Díaz • La Habana, Cuba
Fotos: Cortesía del artista

Lezcay anda por estos días muy atareado: ultima detalles de lo que será su participación en la Bienal de La Habana y, en paralelo, prepara otra muestra personal “totalmente diferente” —a exhibirse en la ciudad de México en agosto próximo—, lo que lo tiene “muy entusiasmado” porque en el país azteca siempre ha sido “muy bien recibido”.

Imagen: La Jiribilla

En reciente conversación con esta revista digital, el pintor, dibujante y  escultor Alberto Lezcay Merencio  (Santiago de Cuba, 21 de noviembre, 1950) reveló que ambas propuestas son totalmente diferentes y recalcó que la muestra de la Bienal se titula Sueño de caballa: “Este es un personaje que ha venido apareciendo en mi obra hace unos diez años y siempre le he llamado ‘la caballa’, y representa nuestra realidad con un poco de  picaresca y humor. También encarna algunos problemas humanos relacionados con las ambigüedades, las vicisitudes, los logros, las alegrías y hasta las tristezas. Es un icono que mezcla de todo un poco y voy a tratar de expresarlo en varios soportes como la pintura, la escultura, la gráfica e incorporaré la instalación. Será algo interesante.

“Otra acción concreta que desarrollaré en la Bienal es un homenaje a Wifredo Lam alrededor del conjunto escultórico emplazado en el parque de 14 y 15 en el Vedado habanero y que se llama Vuelo Lam. Es un proyecto con el barrio, con las amas de casa, con los niños, que se realizará durante tres días  —a partir de la segunda semana de la Bienal— estaremos en esa zona de La Habana interactuando con la comunidad. Habrá muchas sorpresas”.

En lo personal, ¿qué de atractivo tiene la Bienal?  

Siempre buscamos el contacto con el púbico y nos interesa la confrontación, la crítica. La Bienal, sin duda, es la gran fiesta de las artes plásticas y convoca a mucha gente interesada en conocer qué  está pasando en Cuba en relación con las artes visuales, y eso entraña un privilegio que nos hemos ganado, entre otras razones, por el nivel de respuesta que ha tenido la plástica —cada uno a su modo y manera— lo que propicia una situación muy atractiva para coleccionistas, galeristas, críticos, curiosos y todo el que mire hacia Cuba.

Imagen: La Jiribilla

Hace unos años, conversando con Ud. en Santiago de Cuba, me dio la impresión que, en gran medida, se sentía un guardián de la ciudad, es decir, de los espacios públicos santiagueros, ¿sigue siendo una obsesión para Ud.?

Es una responsabilidad grande porque es una ciudad con historia y con misterios; es la cuna de muchas cosas, entre ellas la Revolución y de múltiples aspectos de la vida cultural y espiritual de la nación.  

Siento a Santiago como una especie de templo universal y el privilegio de haber nacido en esa provincia es la principal razón para que continúe habitándola y —como uno más— trate de preservar lo que atesora. Si por eso se me considera un guardián, pues sí, soy un humilde guardián que trata de reconocer y cuidar esos valores que tienen que ver con la esencia de lo cubano.

Soplan nuevos aires sobre Cuba, con los negocios emergentes surgen nuevas estéticas, ¿hasta qué punto influye en la visualidad de su ciudad estos cambios que se operan en la economía?

La nueva y creciente dinámica, efectivamente, ha abierto muchas iniciativas y surgen proyectos colectivos e individuales que tendrán que insertarse en el tejido cultural a lo largo de toda la Isla. Santiago de Cuba está próximo a cumplir 500 años y las autoridades y el pueblo están tratando de darle un sentido a este aniversario que parta de lo nacional, pero que se inserte en lo internacional.

Pero, ¿se podrán controlar algunas estéticas que, a veces, no son muy felices y que ya afloran?    

Eso es un fenómeno natural que ha existido en todas las épocas y momentos; el mundo de la creación, de la inventiva, de la experimentación es abierto e infinito y también hay que decir —por qué no— que dentro del universo tan subjetivo en que nos movemos los artistas de la plástica aparecen algunas personas que no son artistas, pero sí aprovechan esos elementos subjetivos para ‘colarse’; como en todo existe el oportunista, el falso artista y, a veces, se confunde un poco con los verdaderos creadores, pero todo eso con el tiempo y, sobre todo, con el curador  principal —que es la sociedad— se irá decantando. No me preocupa.

Imagen: La Jiribilla

En una ocasión me dijo que la escultura al cimarrón era “lo que más feliz lo había hecho, la obra de la que se sentía más satisfecho”. Al paso del tiempo, ¿continúa teniendo un lugar de privilegio dentro de su quehacer?

Creo que el cimarrón ha ido como cimarroneando mi obra. Siento el espíritu de ese trabajo en muchas cosas que hago, lo cual no me alienta mucho porque uno no debe repetirse, pero creo haber encontrado un camino abierto, nada esquemático ni dogmático: los códigos expresados son universales.

De alguna manera el cimarrón me habla y se manifiesta en la pintura, en el dibujo y me sucede lo mismo que con las caballas. Las caballas son consecuencia del cimarrón y este no es más que una actitud ante la vida de hoy. Considero que el cimarrón no fue un personaje que existió sino que va a existir siempre que subsista una huella o expresión de esclavitud porque implica la actitud de ser libre, de no ser atado nunca y es la postura más humana que he conocido.

¿Obra soñada?, ¿qué le falta por hacer?

Es una pregunta tremendamente sencilla y compleja a la vez. Mi meta más grande es trabajar todos los días un poco. Ese es mi gran monumento porque creo que es la manera de alimentar el espíritu —y eso es algo que le digo a mis colegas, a mis amigos y a mis hijos—: intentar hacer arte es la actitud más bella y humana que puede existir. Independientemente de que uno se proponga objetivos mayores lo más importante es hacerse a sí mismo un monumento todos los días con pequeñas cosas.

¿Cómo sueña que será Santiago dentro de 500 años?

Es difícil imaginarlo, pero la veo como una ciudad que preservando sus raíces será muy moderna: con un metro que va a llegar hasta La Habana,  con un funicular que va a ascendernos sin dificultad hasta el Pico Turquino… veo cosas lindas; visualizo a Santiago de Cuba lleno de colores —como ahora—, repleto de buena música, mezclándose con muchos artistas de todo el mundo. De modo que La Habana y Santiago se van a enlazar como ha sido desde siempre en medio de sus polémicas, préstamos e intercambios.

La Isla es un gran caimán que siempre se acaricia la cola y esa es una gran virtud: se besa todas sus partes porque todos somos cubanos.    

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