¿Abstracciones resilientes? o la vocación antimítica de Godoy

Virginia Alberdi • La Habana, Cuba

La Fundación Antonio Núñez Jiménez de la Naturaleza y el Hombre, fiel a la vocación intelectualmente integradora de sus promotores, el siempre recordado científico, Capitán del Ejército Rebelde, espeleólogo, explorador y defensor del patrimonio nacional construido y natural, y su compañera Lupe Véliz, abrió en su sede del reparto habanero Miramar una galería para la promoción de las artes visuales. Galería 11 se nombra el nuevo espacio que coincidentemente tuvo su inauguración en el contexto de la Bienal de La Habana 2015, con la exposición Resiliencia, del  artista cubano Jorge Godoy, en presencia del ministro de Cultura, Julián González Toledo, y Miguel Barnet, presidente de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba. 

Imagen: La Jiribilla

Todo en ti es un milagro, técnica mixta de Jorge Godoy

No hace falta un entrenamiento visual previo para calificar como abstracciones a la docena de obras con las que Godoy participa en este hito de la Bienal. Su firma avala una trayectoria que en el último lustro se ha afianzado dentro del panorama insular de quienes con mayor rigor y éxito cultivan esa tendencia que, dicho sea esquemáticamente, apunta a las antípodas de la figuración.

Pero si a la rápida mirada inicial a los cuadros sucede otra mucho más atenta, el espectador tendrá la posibilidad de relacionar textos, subtextos y contextos que le permitirán una valoración mucho más ponderada y efectiva de la propuesta del artista.

El título, por sí mismo, indica una toma de partido. En la ciencia contemporánea, el concepto de resiliencia ha adquirido entidad propia en la definición de procesos que tienen connotaciones muy precisas en diversos campos del saber.

De acuerdo con el espacio en que se proyecta esta exposición de Godoy —la Fundación Antonio Núñez Jiménez de la Naturaleza y el Hombre— pudiera inferirse la identificación del pintor con el manejo ecológico y ambientalista del término, que da cuenta de la capacidad de determinados sistemas de absorber perturbaciones, sin alterar significativamente sus aspectos estructurales y funcionales, de modo que a la postre conservan el estado original.

Sin embargo, la acción plástica, por sí misma, rebasa los tópicos de una asociación unidireccional. Cada obra plantea un particular entramado de tensiones que complejizan el discurso y en consecuencia el nivel de percepción del espectador.

Con esto quiero sugerir cómo al contemplar las imágenes no debemos quedarnos en una lectura ontológica de la composición, aunque esta, desde luego, sea válida. Variaciones cromáticas, distribución de manchas, disquisiciones geométricas y trazos matéricos implican una afirmación.

Pero la cualidad que se despliega a partir de las texturas y el ensamblaje de los planos expresivos —más la vocación literaria, aunque enigmática,  de los títulos de las piezas— insinúa un patrón conceptual que se deriva de una conflictiva imbricación entre espacio y tiempo.

Uno está determinado por la cobertura expansiva de la pintura que se reivindica como protagonista del lenguaje; el otro se percibe en la concentración de los avatares: la piel rugosa, la sensación de humedad, el tránsito de la memoria, la erosión de los sentidos. Todo ello soporta una carga reflexiva que se desliza en los intersticios de la totalidad representada.

Es como si Godoy, desde la agudeza subliminal, aludiera a la capacidad resiliente del lenguaje abstracto para reinventar el paradigma compositivo que quisiera compartir. Un paradigma en el que deconstruye el mito de la no figuración como gesto consagratorio de la ausencia de significado y la negación de la producción de sentido.

A fin de cuentas Godoy, como una especie de Prometeo desenfadado, se niega a ser portador de una llama purificadora, para acercarnos a un fuego mucho más humano y cercano que cada pupila debe hallar en la más desprejuiciada contemplación.

Post scriptum: El día que Godoy me mostró los cuadros que integran esta exposición, llegó a mi buzón electrónico un decálogo de recomendaciones para mantener la mirada fresca. Me detuve en uno, el que aconseja evitar gestos habituales como apoyar todo el día la barbilla sobre la mano. Esa postura estira la piel alrededor de los ojos, las mejillas y el óvalo facial y con el paso del tiempo todas esas zonas pierden firmeza y elasticidad. Si se trata de mirar el arte, vale la traslación. A  buen entendedor, estas palabras.

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