Vientos del 20 de mayo

Jorge Sariol • La Habana, Cuba

Después de tres años y cuatro meses de régimen militar interventor, luego de siete años y un día de la caída en combate del más grande inspirador de nuestras luchas libertarias —el más lúcido antiimperialista por demás— y en medio de una situación confusa, a las doce del mediodía del 20 de mayo de 1902 Cuba nacería disfrazada de república.

Entonces se celebraron «las fiestas más entusiastas que había gozado la isla».

Un decreto presidencial casi un año después —marzo de 1903— lo declaraba día de fiesta, a  la par que el 24 de Febrero y el 10 de Octubre.

Imagen: La Jiribilla

En verdad hubo muchos jubilosos aquel día; unos con total conocimiento de causa; otros, por una ingenuidad que ni la Enmienda Platt pudo despejar.

Los que vislumbraron el drama por venir no cejaron en sus causas emancipadoras.

Sin embargo, cada 20 de mayo subsiguientes, todos recordaban la efeméride. Aunque algunos aniversarios fueran vergonzantes.

El de 1912, por ejemplo, fue aciago. Miembros de Partido Independiente de Color se levantaron en armas contra el gobierno que presidía el general José Miguel Gómez, con todo lo que eso suponía en momentos urgidos de unidad.

El de un año después parecía soslayar lo trágico, pues llegaba felizmente al Mariel, el aviador Agustín Parlá, después de volar desde Key West (EE.UU.) —lugar al que los cubanos llamarán por siempre Cayo Hueso—. Parlá descendía de patriotas de ese territorio, fragua de emigrados revolucionarios que tanto aportaron a la revolución. ¿La fecha fue escogida al azar?

Un año después otro aviador volaría, esta vez de la ciudad de Cienfuegos hasta la capital. Muchos reconocerán la coincidencia, como parte de las ansias de “volar”  de la joven república.

El 20 de mayo de 1916, dos actos distintos servían de escenarios para la celebración.

En el antiguo convento de San Francisco se instalaba un flamante  Departamento Central de Correos y Telégrafo de la República de Cuba.

Ese mismo día, frente a la Casa de Beneficencia, en la famosa calle San Lázaro, se develaba una estatua ecuestre de otro grande de Cuba.

Sobre la plataforma general del monumento se colocaron cuatro grandes figuras representativas: en el frente la Acción y el Pensamiento; detrás la Justicia y la Ley.

Y en toda su magnitud, aparece coronando el conjunto, el lugarteniente General Antonio Maceo, con uniforme militar, con la cabeza descubierta y machete en mano. La mirada al frente parece arengar a un pueblo de Cuba, adormilado o  desencantado.

El monumento realizado en bronce del escultor italiano Boni, ocupa el centro de un parque que lleva el nombre del Titán de Bronce, quien no ocultó nunca su animadversión contra el vecino poderoso, con el cual nunca deseó tener deudas de gratitud.

La Acción,  el Pensamiento, la Justicia y la Ley, simbolizadas en el conjunto estatuario, seguían teniendo un amplio margen de interpretación, expresión tal vez de que la visión política cubana anduviera en direcciones opuestas.  

El 20 de mayo de 1921 el general Menocal traspasó el  poder presidencial al nuevo mandatario Alfredo Zayas, según cuentan, con un tesoro nacional sobregirado —muchos aseguran que casi en quiebra—, con la incertidumbre de haber malgastado 800 millones de pesos en  solo ocho años. Para más desastre, el nuevo gobierno debía enfrentar una deuda flotante de unos 40 millones de pesos.

En la misma tónica, 32 años y nueve días tendrían que pasar para que después de grandes debates se arrancara el derecho contractual de los EE.UU.  a intervenir en los asuntos de la República de Cuba, documento que muchos llamaron apéndice perverso o agudo arpón yanqui y que la historia recoge como  la Enmienda Platt.

Se abolía el  29 de mayo de 1934 —se había firmado un día 22 de mayo de 1903—, pero nos dejó una espina que sigue siendo un obstáculo para todo entendimiento, porque la falta de visión política de un cuantos —o tal vez una visión muy definida y peor intencionada— lo permitió. 

Desde 1902 cada 20 de mayo ha sido recordado desde entonces de modo diverso: multitudinario o discreto, descaradamente anexionista o profundamente patriótico. En algunas lejanas riberas se sigue celebrando como una fiesta de la dignidad.

Pobre fiesta, pobre dignidad.

En honor a la verdad la culpa no la tuvieron los yanquis.

 

 

 

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