Carlos Celdrán y Antonia Fernández:

Dos maestros hablan

Norge Espinosa • La Habana, Cuba
Fotos: Claudio Sotolongo 
 

Conectar energías, personalidades e inquietudes de diversas generaciones de teatristas a partir de la pauta específica de un taller es siempre complejo. ¿Sobre qué bases organizaron ustedes sus talleres y sobre qué expectativas de intercambio con sus participantes?

Carlos Celdrán:

Organizamos el Laboratorio sobre la idea lanzada desde su título, “Realismos, escenarios urgentes”. Intentamos una reflexión sobre cómo abordar este tema en la escena y la dramaturgia hoy en Cuba, su necesidad, sus características y limitaciones. Sobre todo abrir debate sobre las estrategias que ponemos en juego para hacer posible un realismo contemporáneo capaz de comunicar, sorprender y penetrar con teatralidad la idea del presente que somos.

Imagen: La Jiribilla
Omar Valiño y Carlos Celdrán, de izquiera a derecha, durante las jornadas del taller
 

Antonia Fernández:

Intenté asomarme a la cuestión técnica, a la trasmisión del conocimiento básico con el que opera lo teatral, a la actualización del vocabulario propio de nuestro arte, me dirigí hacia aquello que muta más lentamente de una generación a otra, porque constituye por así decir el ADN, complejo, pero sin duda identificable desde el cual hacemos nuestras construcciones escénicas. Es real que diferimos en estéticas, intenciones, perspectivas, caminos de búsqueda, y un sin fin de otras singularidades divergentes, pero también es real que desde la noche de los tiempos escénicos, existe un “modo humano” de abordar el acto cuasi absurdo de representar esas cosas que ya existen en la realidad especular de la vida, y sin embargo el teatro es porfiadamente útil... Por tanto, para mí, hay un momentum, que llamo cuanto de acción, desde donde podemos entendernos, porque la realidad humana que se somete a representación, es al fin y al cabo eso: un producto de nuestra humanidad: cerebros, músculos, cordialidad (leída en el antiguo sentido de emociones, e interrelaciones básicas. Que solo después deviene política, enciclopedia, etc.

Este es el foro que yo puedo proponer, y ese el espacio desde donde siento que soy humildemente útil: el terreno previo a las divergencias estéticas. Voy a la raíz de la acción, me aplico para encontrar un modo de que nazca descontaminada —en lo posible—, y luego discurra por el espectáculo suficientemente fiel a sí misma como para que se conserve Real. A mí no me basta con decir “eso ya lo dijeron los maestros de antaño”, tengo que sumar mi inteligencia polémicamente a la cuestión hasta convertirlo en una experiencia. Hacia esas zonas dirigí el taller, o la conversación, que fue lo que ocurrió.

Imagen: La Jiribilla
La maestra Antonia Fernández
 

Crear espacios de diálogo y crecimiento, no solo estético, es una gran necesidad de la escena cubana, sino de la vida cubana toda. En ese sentido, ¿qué creen puede aportar un proyecto como este, y qué
podrían sugerir para su devenir en talleres futuros?

Carlos Celdrán:

Fue fundamental durante el Laboratorio el diálogo con cada participante, debatir cada proyecto presentado por ellos al colectivo, escuchar y sostener  un cruce de ideas lo más cercano a nosotros mismos en lo posible, sin atrincheramientos ni discusiones  estériles. Creo que funcionó como espacio ideal para saber quiénes somos, qué queremos, qué buscamos, dónde estamos, para dar una medida exacta de las personas que somos detrás del oficio y los territorios a los que de algún modo profesional pertenecemos. En lo personal me sentí menos solo y menos aislado. El futuro de este tipo de eventos sería mantener su escala humana, su tranquilidad, su atmósfera desinteresada y enfocada a la conversación, el intercambio, la reflexión y el altruismo de ser polémicos sin antagonismos.

El futuro de este tipo de eventos sería mantener su escala humana, su tranquilidad, su atmósfera desinteresada y enfocada a la conversación, el intercambio, la reflexión y el altruismo de ser polémicos sin antagonismos.

Antonia Fernández:

Algunos de nosotros ya ni nos acordamos que hubo un tiempo donde se debatía, se discutía, y la gente hablaba de sus realidades, que hubo verdaderas y sangrientas batallas en el campo teórico y estético. Que una vez sí fuimos protagonistas, abrimos foros. Y que no es ilusión que un individuo que dialoga, está participando ampliamente de la vida. Nosotros mismos abandonamos los espacios de diálogo, en buena medida, es mi opinión, por algo peor que el miedo, que es el egoísmo. La generación de “islas flotantes” se fue convirtiendo en asteroides a la deriva. Claro que tienen que existir diferencias generacionales, tienen que existir divergencias en el gusto. Ya sabemos que el hombre difiere por naturaleza para afianzar su identidad, y esto es casi un recurso de sobrevivencia, pero no tenemos por qué ignorarnos, como si todos fueran fantasmas, excepto uno mismo. Eso sociopatologiza. El olvido del otro, su anulación, el escudo de defensa para no contaminarnos, termina en la autofagia y la muerte. En el arte significa, si lo vemos desde la posteridad, un período de silencio y esterilidad. Cuando el hijo de Peter Brook presentó El Funambulista en La Habana, alguien le preguntó cómo era vivir con aquel “monstruo”, aquella “vaca sagrada” que es su padre, asumiendo al preguntar que le debería resultar muy difícil y doloroso conciliar un diálogo con él y realizar con libertad su propia obra, a lo que le respondió casi molesto por el absurdo: “por qué, ningún problema, se trata de mi padre”.

El olvido del otro, su anulación, el escudo de defensa para no contaminarnos, termina en la autofagia y la muerte

Si hay, o percibimos barreras de generaciones es por gusto. El teatro se afirma en términos de eficacia: si tu teatro cumple lo que se propone como acto, o no. Si yo como espectador o crítico estoy de acuerdo o no, eso no es tan importante como que tu acto haya sido eficaz y no estéril. No deberíamos proclamar tanto que lo que hacemos es importante si esa importancia no es tangible y factual en la obra,  no deberíamos querer convencer con manifiestos armaditos en las compus, sino dar una obra todo lo contundente que se pueda, con la máxima sinceridad posible, con el mayor riesgo del que seamos capaz. La cuestión generacional  siempre pasa por el tamiz de si lo novedoso es realmente nuevo,
si es moda o estética, si es renovador o transformador. Yo asumo que hay jóvenes en la escena cubana haciendo un excelente trabajo, y asumo que hay teatristas que pasamos de los 40 y continuamos investigando un presente de realidades con la máxima calidad. En el saco de las generaciones puedes encontrarte un joven arando con bueyes fósiles mientras están vivos y firmes los de “un viejo”. Y esto lo pienso para todos: los que sentimos o creemos que llegamos a “alguna parte”, y los que están por llegar. Para mí no hay formas fijas, todas las formas están en tránsito... afortunadamente.

Quizá en el próximo “Traspasos”, los jóvenes maestros deban impartir sus talleres. Escuchar como teorizan, ver sus clases abiertas, o procesos de dirección. Ir más adentro, y aunque la dosis de nostalgia fue agradable, atrevernos más, osar más, abrir y oxigenarnos.

Imagen: La Jiribilla

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