Saludo lejano

Salvador Lemis • México

 

Han pasado los años. Aquellos que nos despedimos jóvenes y llenos de vida, ¡seguimos llenos de vida, pero ya no tan jóvenes! El tiempo pasa. La “cuota por la libreta” de la mismísima existencia ha sido de obtener unas ocho veces, diez años. Y diez años se van gastando por núcleo familiar.

Recuerdo una vez que vendieron aspirinas rusas. Eran tan grandes, que la gente en la calle decía que a cada aspirina había que darle una mordida cada ocho horas. Así es la vida que nos tocó en suerte. ¡Una mordida cada ocho horas!

Bueno, pero aún permanecemos. Pésele a quien le pese, hemos sido una generación que desde 1980 arrasó con un pasado inconveniente y elaboró un proyecto a futuro. Un futuro de respeto al Arte y a la conciencia de la necesidad, que es la libertad de insistir.

Y por si fuera poco, intentó echar abajo los slogans que no ayudan para nada a seguir estando lúcidos. Decir, por ejemplo: “proyecto a futuro”, nos hace reír. Decir, por ejemplo: “hombre nuevo”, nos suena a aquellas lecciones de Ciencia Ficción. Y al pedante hijo de la Madre, de Gorki.

Y aprendimos que la Ciencia sirve para poco y la Ficción sirve para mucho. Y en esos intríngulis de disquisiciones útiles e inútiles, quedamos gravitando en medio. Azorados. Como Pascal frente a la soledad de los espacios vacíos. Adaptándonos a un dedo con una uña que señala inexorable, forzoso, irremediable, infalible el dedo con su uña, hacia una Ítaca desperdiciada. 

Haciendo Teatro hemos aprendido a hacer vida. Y nos sumamos a aquella voz ibérica que clamaba en el desierto acerca de que todo es ilusión, sombra, ficciones…

He aprendido entonces varias cosas:

·         Que hay gente irremplazable.

·         Que los sueños, realidades son.

·         Que hay mucha gente que insiste en hacer mal teatro, y esto es porque no han tenido los maestros que nosotros tuvimos. Gente que aunque no supiera un tema, conseguía adivinarlo, y nos incitaba a descubrirlo. Allá, en Cubanacán, en el ISA, la Universidad de las Artes de La Habana.

·         Que los congresos y ceremonias no ayudan mucho al teatro, pero nos ayuda a conocernos y a redescubrirlo en mitad de la noche. Como “las palabras que en un crepúsculo se dijeron de una cruz a otra cruz”, al decir de Borges.

·         Que la Historia siempre se construye. Y nos convierte en ladrillos en manos de un albañil cualquiera y no del Constructor eterno, si es que existiera.

·         Que en la filosofía budista hallas más verdades que en la que te meten a fuerza en la escuela.

·         Que en los viajes por el pequeño mundo azul se encuentran más satisfacciones que en cualquier viaje en guagua.

·         Que nos usaron como a servilletas y nos desechan como a navegantes de la Kontiki.

·         Que entre más tiempo pase, algunos envejecen eternamente y otros mueren jóvenes.

·         Que escribir y dirigir teatro nos ayuda a comprender más y más al buen Zenea.

·         Que el mar siempre recomienza y las islas padecen de autofagia.

·         Que el Otro Poema de los Dones, del ciego Borges, llevaba razón. Y que “a la Patria la sentimos en los jazmines.”

·         Que aquellos cuentos de hadas que nos contaba la Dra. Graziella Pogolotti, al inicio de cada generación en Elsinor, eran ciertos y nos fortalecieron las alas.

·         Que la generación de los Novísimos tiene las mismas tristezas y las mismas impotencias que la generación de los Viejísimos. Y que quien los niegue, algo muy feo oculta. Algún interés malsano, algún dilema no resuelto, alguna desconfianza hacia el Arte mutable y colorido de las pesadillas.

·         Que en La Cebra hice un exorcismo necesario, y en mis otros textos también… pero descubrí que esos exorcismos coincidían con limpias ajenas, porque salvaron los restos de mi dramaturgia del naufragio final.

·         Descubrí que uno tiene que ir salvando de uno a uno a los parientes, a los amigos y a la gente amada, mientras las catedrales se sumergen y los templos y estatuas se derrumban.

Antes de terminar quiero dejar la enseñanza de alguien que significó tanto, tanto para mí, que aún permanece en mi comportamiento su amor imponderable: mi abuela paterna Iluminada Romero. Le decíamos: Chicha.

Ella era tan sabia como Úrsula Iguarán. Nació en la misma tierra de Reynaldo Arenas, un sitio con tres nombres a falta de uno: Aguas Claras, Cerro Verde y Jesús María, en Holguín.

Para ella no existía ni lo militar ni la política. Jamás mencionó el nombre de alguien que perteneciera a esos terrenos. Convivía en serenidad con las flores, los aguacates, los mangos moros, las senserenicas, el pozo erizado de helechos… y su tabaco. A veces decía: ¿por qué no hay aceite, por qué no hay arroz, por qué no tengo tabacos? Y en esas preguntas extrañas se basaba el ignorar la razón de esas desposesiones. Era sabia. Ignoraba cada embate de la realidad.

Muchas veces la llamé por teléfono desde el extranjero. Y hablábamos como dos enamorados: mi abuela y yo. Le pedía que no se muriera antes de volvernos a ver. Y ella se aguantaba.

Así pasaron los años y fue envejeciendo, consumiéndose, como una estrella que se apaga, lo mismo que le sucedió a Úrsula Iguarán en Macondo.

Hasta que hablamos por última vez. Y con un hilo de voz me dijo que ya no soportaba más, que tenía que morirse. Yo le dije que bueno, que estaba de acuerdo, porque no podía ir a verla a la isla.

Como yo estaba llorando, ella me dijo una frase magnífica para darme aliento. Me dijo literalmente: “No te preocupes, mi nieto, cuando yo me muera echo alas y voy a verte”.

Y desde el día siguiente una paloma torcaza se empecinó en hacer su nido en los vidrios de mi ventana, se le barría, se le caía y empezaba otra vez. Hasta que terminó por construirlo en la mata de naranja agria cerca de la ventana. Era mi abuela.

Gracias a su recuerdo, a su enseñanza, a su imagen y al pañuelito bordado que me mandó, he logrado sobrevivir en el exilio. Y continuar hallando rutas escénicas que me permiten oxigenar mi Teatro lemisiano. Que desnuda los simulacros y halla la rabia suficiente para conjurar al Mal colectivo.

Porque estoy seguro de que si José Lezama Lima siguiera vivo, si no hubiera gastado su cuota de existencia tan rápido, ahora podría escribir una buena novela titulada Inferno. Segunda parte de la otra, de Paradiso.

Y bueno, aquí termino mi carta, con todo el cariño y la fidelidad teatral de los que soy posible desde mi formación amorosa de Cubanacán hasta el día de hoy, rodeado de nopales, tortillas y volcanes.

Gracias, Eberto, Omar, Vivian, Atilio, Mayito, Flora, Blanquita, Raquel, Graziella, Sacha, Rubén, Yohayna, Ernestico, Joel, Roxana, Folgueira, Eloy, Armandito Suárez, Ricardo, Marcial, Lira, Amado, Esther, Lupe, Oswaldo, Gloria María, Rogelio, Abel, y muchos más, todos… Continúen salvando los últimos restos del naufragio… eso nos llevará al área VIP de la Epifanía y la Resurrección. Y el teatro cubano saldrá ganando.

 

 

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