Marcel Molina en la Bienal: Espacio para meditar(se)

Antonio Enrique González • La Habana, Cuba

El joven y multipremiado grabador cubano Marcel Molina [1] delata una suerte de obsesión —que no obcecación— creativa casi monotemática, emplazada desde su primera muestra personal, intitulada La raíz que no florece [2]: el intenso impacto sociocultural que la abrupta cesación de casi 80 centrales azucareros en Cuba, a inicios del siglo XXI, tuvo en las comunidades (bateyes) adjuntas e interdependientes de tales instalaciones. La muestra Espacio para meditar, inaugurada en la galería Génesis, de Miramar, deviene otro jalón en esta amplia cartografía del dolor y la frustración, a la vez que no es “más de lo mismo”, sino un nuevo agrego a su mapa en perenne expansión. Nuevas zonas conceptuales y aristas discursivas se revelan…

Imagen: La Jiribilla

Íntimamente relacionado con uno de los casos-tipos de esta debacle, Marcel, se aposta más bien en el dolor que en el estrado juzgador. Y ha sustentado todo su quehacer en las complejas implicaciones que tal aciaga estrategia (anti)económica ha tenido sobre una de las médulas de la nación, con protagonismo técnico de la xilografía y la colagrafía. También desde una precisa y sintética parquedad visual, cuyos principales átomos iconográficos han sido una estilización del central y la tumba como derivación y estado actual, como lo muestra la pieza Elegía (2013) donde desarrolla una de sus “coreografías” o paisajes de austera pero expresionista lobreguez.

En este específico caso, una derivación del efecto dominó en una dialéctica espiral de causas y consecuencias inextricablemente interdependientes. La instalación interactiva Dialéctica, propone una autoapropiación y reciclaje de una obra anterior, ahora segmentada en el tablero de “damas” donde se echan las suertes de los seres humanos en su interactiva colisión con las determinantes económicas —las “blancas” son seres-peones y las “negras”, centrales ¿o viceversa?.            

Precisamente como Molina desarrolla a toda máquina un amplio ensayo visual de corte socioantropológico que ya alcanza las cotas de la mitología personal y el universo simbólico complejo, pues no se riñe con la saludable riqueza formal y discursiva de una obra ya amplia, pero en constante desarrollo, redimensionamiento y (auto)descubrimiento de la inagotable riqueza conceptual que subyace en la problemática abordada.

La colagrafía es una bifurcación técnica que va ganando espacio en su quehacer, junto a su más consolidada xilografía, sobre todo a partir de su pieza premiada en el 1er. Concurso Belkis Ayón[3], en la cual debuta igualmente el peón ajedrecístico (nombrado alfil en algunas obras) como un tercer un eje iconográfico, que desde su mayor universalidad semántica, va derivando de a poco el rumbo de Molina hacia el análisis de corte más psicosocial sobre temas más “amplios” como la participación, las relaciones, los conflictos entre individualidad y colectividad, entre pensar y decir, entre consecuencia personal y consecuencia social. En las obras Sólo uno tiene la verdad (2012), la propia Espacio para meditar (2013), que titula la exposición, y ¿Quién dio la noticia? (2014), los centrales y las tumbas que ceden el espacio a multitudes de peones. La multiplicidad, indiferenciación e ínfima escala jerárquica de esta figurilla, es asumida como metáfora prístina de la manada social, chata, mimética y dócil en la cual encarna y se reproduce el poder, para establecer el más eficiente sistema de vigilancia, no requerido de supervisión directa.

Estos “retratos de grupo”, donde la simetría se ve alterada por pequeños agentes del caos, sientan las bases para un nuevo desplazamiento hacia la singularidad, como contraparte ineluctable de la colectividad. Las obras Frente al espejo, Reflejos, Reflejos de mi soledad y Alfiles para la meditación (todas de 2014), prefiguran un ejercicio de autorreconocimiento, autoanálisis y autodiagnóstico, novedoso pero nada deslindado de su universo representacional. El mismo peón es extraído de la masa homogénea y diluente, o más bien, observado con una lupa de particular aumento, que lo despoja de su llaneza estadística para convertirlo en alter ego de Molina, y alter ego de todo el espectador que dialogue con el anónimo rostro de la figura y rellene el espacio en blanco con su propio rostro, con su propia vida.

Estamos frente al peoncillo que “tiene la verdad” entre la multitud unánime de Sólo uno…; quizá frente al anónimo peón que desató el rumor que alarma a la multitud de ¿Quién dio…? O frente a uno de los tantos seres que en Espacio… deciden validar su individualidad a partir del íntimo ejercicio de la meditación, a pesar de los miles de semejantes ubicados abocados en las fronteras de su espacio físico vital. Incluso, estos rehúyen los límites extradiegéticos del grabado de marras, y se esparcen por la sala (curiosamente identificados con el título de Alfiles…), se arraciman en los rincones como cohortes monacales o brahamánicas.

Espacios para meditar revela entonces un sino humanista más poético, que complementa y enriquece la postura socioantropológica de la obra de Molina.

Notas:
1. Premio del 1er. Concurso Nacional de Colagrafía Belkis Ayón, con la obra Sólo uno tiene la verdad (expuesta en Espacio…), y en el 8vo. Salón Nacional de Grabado, con la pieza Plegaria
2. Inaugurada en febrero de 2010 en la Sala Mateo Torriente, de la UNEAC en Cienfuegos
3. Ver primera nota

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