Círculos y ombligo: El “egomapa” de Luis Miguel Rivero

Antonio Enrique González • La Habana, Cuba

Nada más sincero que la combinación de términos escogida por el joven artista Luis Miguel Rivero para titular su exposición inaugurada en la galería Génesis, de Miramar: Círculos y ombligos, compuesta por alrededor de una docena de óleos sobre tabla de breve formato y proporciones casi cuadradas, adscritas a la serie homónima de reciente concepción (2015), cuya sumatoria de autonomías configuran una suerte de mapa del Yo del propio artista, o “egomapa”, para que suene más armonioso.

El autorretrato ha sido una de las mayores constantes de las artes plásticas occidentales en el último milenio, aunque sus precedentes se remontan al Egipto Antiguo. Más allá de un acto de egolatría —que no deja de serlo en distintas medidas— resulta un acto de sinceridad y valentía creacional, donde el artista, que aprehende y domeña la “realidad” y sus disímiles elementos en su muy propio universo, en su reino donde es señor omnipotente, pues se desdobla en entidad recreada y por ende igualmente dominada. Es un momento de sinceridad, expiación y revelación pública de sus esencias morales; un ejercicio de autorreconocimiento, donde expresa sus mayores sentimientos, esperanzas y críticas hacia sí mismo en una suerte de desnudamiento espiritual o místico acto de exorcismo mediante la creación de un doppelgänger expiatorio.

Quizá bajo el espíritu de creadoras como la Khalo o la más contemporánea Sirenaica Moreira, que han tenido a su efigie como sujeto y medida de su discurso, Rivero apela al autorretrato en estado más puro como principal modo creativo para desarrollar una serie de estudios con apariencia de boceto —¿quizá una nostálgica referencia a su época de alumno de escuela de arte?—, donde la pincelada gruesa “ensucia” la nitidez de la forma, entrampa la percepción. Revela a la vez que escamotea su Yo y establece un juego algo travieso con el espectador que casi por obligación establece paralelismos entre el modelo y su representación.

El círculo sugiere un universo que gira alrededor de un eje, en este caso el ombligo de Luis Miguel, quien en estos cuadros gira sobre sí mismo, se asume como medida de todas las cosas, como entidad metonímica por excelencia. Comparte momentos de íntimo recogimiento, ensoñaciones erógenas, paz, tranquilidad, autoindagación. En casi todas las tablas aparece con los ojos cerrados o entornados. ¿Duerme? ¿Sueña? ¿Oculta algo? ¿Los ojos como última frontera antes de revelar la definitiva intimidad y los párpados como última línea de defensa? ¿Las figuras que lo acompañan son sueños, alucinaciones o comparten el mismo espacio diegético? ¿Hasta dónde la figura femenina pudiera ser el otro o es emanación, segmentación del propio artista?

Quizá si el Luis Miguel de óleo y madera abriera los ojos, todas estas preguntas serían contestadas. Pero creo que es mejor así, pues nada más triste que la explicitez sin misterios, sin ambivalencias; sin posibilidades de que cada uno reconfiguremos lo visto a nuestra imagen y semejanza, lo arrastremos hacia nuestros círculos y lo hagamos girar alrededor de nuestros respectivos ombligos, convirtiendo a estas piezas en autorretratos de cada uno.

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