África en América

Nancy Morejón • La Habana, Cuba

Tal como se reconoce en muchos textos clásicos sobre el tema, las sociedades caribeñas fijaron sus pilares en una economía de plantación, así como en una dependencia económica solo explicables por el hecho de haberse asentado sobre un insaciable sistema de esclavitud al que el Caribe debe, sin duda alguna, su personalidad. Aquel sistema trajo como mercancías intercambiables, como cosas, a miles y miles de africanos, extraídos con suma crueldad y violencia de sus tribus y asentamientos, para ser colocados a gusto del amo en América, habiendo sido saqueados a lo largo de toda la costa occidental preferiblemente al sur del Sahara.  ¿África negra? ¿África blanca? 

Imagen: La Jiribilla

Un estropeado concepto de raza, bien equívoco, nos traería la imagen reducida de los pigmeos, antropófagos insaciables, para desvirtuar, bajo su cerco manipulador, la esencia de una historia incuestionablemente compartida.

En mi infancia, así se hablaba, así se nombraba, así se banalizaba a un continente que iba a desempeñar un papel protagónico en nuestra historia desde finales del siglo XV hasta principios del XXI. Un estropeado concepto de raza, bien equívoco, nos traería la imagen reducida de los pigmeos, antropófagos insaciables, para desvirtuar, bajo su cerco manipulador, la esencia de una historia incuestionablemente compartida. En la segunda mitad del siglo pasado, aprendimos a clasificar África a partir de un eje: el desierto del Sahara. Y aunque hoy los términos centro y periferia hayan sustituido los que atañen a la relación colonia-metrópoli, desdibujándola, lo cierto es que tan indudable, tan innegable, tan grande es la función y el carácter de la nación que su uso, en cualquier dirección, es ineludible a la hora de arrojar claridad sobre su historia en el marco de los estudios culturales de nuestra época. 

¿Por qué los denominados afrodescendientes no han de poseer la nación que han forjado desde nuestras primeras lanzas, en mano de Simón Bolívar o José de San Martín, contra todo aquel que pretenda aniquilarnos? La nación desempeña un papel irreversible en Nuestra América, definición que marca un concepto avanzado, abierto y plural, inclinado hacia el estímulo de los sentimientos a favor de la independencia siempre concebida por su Apóstol José Martí como factor imprescindible de la nación. No podemos aceptar su cuestionamiento a partir de que hayamos reconocido como legítimos integrantes de la nación a nuestros orígenes africanos. Solo las burguesías y su pensamiento hegemónico, imperial casi siempre, desactivaron, erradicaron y excluyeron a los afrodescendientes del seno de cada nación latinoamericana y caribeña. ¿Por qué los negros, los mulatos colombianos aglomerados en el Chocó deben carecer del derecho a la nación sobre todo cuando es una decisión ajena a su voluntad?  Las clases dominantes estipularon la siguiente regla: “Los afrodescendientes no tienen derecho a la tierra ni a los símbolos patrios. No los queremos en nuestras escuelas, en nuestras instituciones pero sí en el duro cultivo de la tierra, en las labores peor remuneradas y bajo un implacable sol tropical”.  ¿Quién tiene la potestad de determinar en un país en donde se nace quién pertenece a él? 

Lo que quiero traer a estas páginas es la conciencia probada de que las primeras nociones del Caribe, como conjunto, como civilización, estaban y están indisolublemente relacionadas con Afroamérica. Y alguna vez, hasta me atreví a afirmar que el Caribe es su propio corazón. [1]

 

Nota:
  1. A propósito de la conmemoración de una fecha como 1992 en la que se produjeron numerosos análisis sobre el Nuevo Mundo, sobre la circunstancia del primer milenio, escribí para un coloquio en Casa de las Américas el breve ensayo “Afroamérica, ¿la invisible?”, en Nancy Morejón: Poética de los altaresLa Habana, ed. Letras Cubanas, col. Mínima, 2004.

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