Respeto y admiración para El monte

Ana Cairo • La Habana, Cuba

Saber nunca está delante, está detrás. (Es fruto de la experiencia).
Sabio no puede volverse bruto; el bruto puede volverse sabio.
No búca viví, sino sabé viví.
De la prisa no se saca más que el cansancio.
La haraganería refuerza el cansancio.
[…]
To corazón son colorao.
Negro sómo, no tiznamo, corazón tenemo.
Categoría es categoría.
Respeto quiere distancia.
Si el buey no nace, el negro jala carreta.
Los nietos de la negra el dinero los blanquea.
Mula y mulato un rato.
Odio mata pero no hereda.
[…]
El rico compra esclavo pero no compra vida.
La fuerza siempre tiene esclavo.
El pobre es esclavo del rico, el rico es esclavo de su dinero,
y los  dos son esclavos de la muerte.

Un esclavo tiene padre y madre.
Con Dió me acueta, con Dió me levanta, pero ¡cabué Dió,
que yo no tenga que trabajá tanto! [1]

 

De la prisa no se saca más que el cansancio

La habanera Lydia Cabrera nació en la calle Galiano el 20 de mayo de 1899 y falleció a los 92 años en Miami, el 19 de septiembre de 1991.

Ella fue la benjamina de una familia de intelectuales. Don Raimundo, su padre, había sido uno de los jóvenes abogados del Partido Autonomista en la década de 1880. Era famoso como autor del ensayo político “Cuba y sus jueces”. Con el inicio de la Revolución de 1895, se alineó con el independentismo. En París, trabajó con el patriota puertorriqueño don Ramón Emeterio Betances. Se estableció en Nueva York, donde fundó en 1897 la revista Cuba y América, vocera de las comunidades de emigrados en los EE.UU., México y Centroamérica. Volvió a ser famoso cuando publicó la novela Mi vida en la manigua. Memorias del coronel Ricardo Buenamar, con estructura de folletín en su revista.

Imagen: La Jiribilla

Retornó a La Habana en 1899. Reestructuró Cuba y América para una segunda etapa. Tenía buenos amigos entre los dirigentes del Partido Liberal, aunque oficialmente no hacía política. Mantuvo el prestigio como narrador, ensayista y presidente de la Sociedad Económica de Amigos del País.

En 1908, Fernando Ortiz se casó con Esther, una de las hermanas mayores de Lydia. Ambos multiplicaron los alcances de la hermandad, porque a los vínculos familiares se sumaron las búsquedas investigativas.

Lydia eligió ser una autodidacta. Creció rodeada de intelectuales que le facilitaron las opciones para convertirse en periodista adolescente, pintora apadrinada por Leopoldo Romañach y copropietaria exitosa de Alyds  (decoración de interiores, taller de ebanistería y tienda para vender muebles 0antiguos). Con las ganancias, viajó por España e Italia y decidió residir en París (1927).

El 6 de enero de 1923, participó en la fundación de la Sociedad de Folclor Cubano que presidía su cuñado Ortiz. Hizo amistad con José María Chacón y Calvo (uno de los vicepresidentes), quien se convirtió en uno de sus maestros para el aprendizaje de las técnicas investigativas filológicas e historiográficas.

En 1925, conoció a la narradora venezolana Teresa de la Parra. Juntas recorrieron Italia y España al año siguiente.

En mayo de 1927, Ortiz decidió reorganizar la Sociedad de Folclor porque resultaba estratégico privilegiar las búsquedas en torno al legado de los esclavos africanos y sus descendientes. Se apoyaba en las cifras alarmantes  del último censo. Exhortaba a todas las personas sensibles a que entrevistaran a los ancianos; transcribieran sus relatos y hasta los difundieran con la mayor rapidez posible. Para dar el ejemplo, escribió y publicó “Cuento de ambecó y aguatí”.

En marzo de 1928, Teresa retornó a La Habana para asistir al congreso de la prensa latina. Se alojó con los familiares de Lydia. Como se interesaba por la vida cotidiana de los negros pobres, estableció contactos con la Sociedad de Folclor. La llevaron al barrio obrero de Pogolotti, donde conoció y retrató a la anciana Calixta Morales (Oddedei), quien a partir de 1930 se convertiría en una de las más famosas informantes de Lydia.

Por sus relaciones con la familia del presidente Gerardo Machado, Lydia consiguió  que se le otorgara una beca a su amiga Amelia Peláez. Las dos realizaron estudios sobre artes plásticas contemporáneas y aprendieron técnicas con la rusa Alejandra Exter.

Probablemente con la cercanía, descubrió que no tenía la gran creatividad de Amelia y decidió abandonar la pintura. Como alumna de la escuela del Museo del Louvre (1927-1930), se concentró en la historia del arte oriental. Así, descubrió las múltiples alternativas que podría tener la investigación folclórica comparada. Se autoenrolaba en el proyecto de Ortiz.

Por la correspondencia de Lydia con Chacón y Teresa, por fichas de entrevistas en su archivo, se confirma que comenzó a trabajar con informantes en el barrio obrero de Pogolotti en 1930.

Teresa enfermó de tuberculosis y Lydia decidió acompañarla en distintos sanatorios. Para entretenerla escribió textos, que fueron discutidos entre ambas. Algunos circularon traducidos en revistas francesas (1933). La colección fue publicada bajo el nombre de Cuentos negros de Cuba (1936, París, traducción al francés; 1940, La Habana, con prólogo de Ortiz).

En 1937, Lydia retornó a su ciudad natal, porque con la Guerra Civil Española ya había comenzado la Segunda Guerra Mundial en Europa. Vivió hasta el 24 de julio de 1960 en la Quinta San José, propiedad de María Teresa de Rojas, quien le facilitó la holgura económica para dedicarse profesionalmente a la investigación.

Imagen: La Jiribilla
 

Negro sómo, no tiznamo, corazón tenemo

La génesis de El Monte podría remontarse a mayo de 1927, cuando Fernando Ortiz publicó el “Cuento de ambecó y aguatí”. En la polémica  generada por la restructuración de la Sociedad de Folclor, se delinearon dos opciones:

Los hispanistas (como Chacón y Carolina Poncet), quienes prosiguieron el acopio del legado español.

Los interesados en el aporte africano, quienes también querían legitimar la pasión vanguardista internacional por los imaginarios de los negros. A ellos se asociaban, minoritariamente, quienes indagaban sobre lo tributado por los chinos, los judíos y otros grupos étnicos.

El historiador Ramiro Guerra difundió Azúcar y población en las Antillas también en mayo de 1927. De este modo, la actualización historiográfica coincidía con otras ramas de las ciencias sociales y de las humanidades.

Lydia optó por el autodidactismo con la máxima profesionalidad. Estaba muy bien asesorada (Chacón, Ortiz). Dominaba el inglés y el francés. Sabía orientarse en instituciones francesas y españolas. Había profundizado en estrategias sicológicas y en las distintas técnicas de entrevistas. Podía cruzar informaciones, decantarlas. Había conseguido ya que los informantes (“documentos vivos”) se  sintieran cómodos, relajados, porque dialogaban con una amiga confiable y agradecida, que respetaba los acuerdos. Avanzaba hacia la construcción de una red, o primera alternativa de equipo, en la que los propios informantes ayudaban a conseguir y a entrenar a otros.

La preservación de las fichas de 1930 indicaba que Lydia había vencido  en la primera etapa de su formación como investigadora. Quedaba por resolver un aspecto estratégico: el del financiamiento. No fue hasta 1937 que logró solucionarlo.  Ya podía  disponer de una secretaria que le mecanografiaba textos y podía viajar en busca de informantes a los pueblos  y ciudades de las provincias de La Habana, Pinar del RíoMatanzas y Las Villas.  

La construcción de una familia fue mutuamente enriquecedora. María Teresa se había convertido en fotógrafa; estaba apasionada por la investigación en torno a los muebles antiguos y a la creación de un museo; acudía al Archivo Nacional para consultar documentos del primer siglo colonial.

Josefina Tarafa, con más dinero que María Teresa, también auxiliaba a Lydia como fotógrafa, o haciendo grabaciones de cantos rituales, y hasta podía organizar un trabajo de campo en la laguna sagrada matancera San Joaquín en las cercanías de uno de sus  ingenios.

No búca viví, sino sabé viví

En la Revista Bimestre Cubana, dirigida por Ortiz, Lydia publicó el ensayo “Eggue o vichichi nfinde” (1947, volumen LX), versión de los primeros capítulos de El monte.

En la revista Orígenes, dirigida por José Lezama Lina y José Rodríguez Feo, apareció “El sincretismo religioso de Cuba. Santos. Orishas. Ngangas. Lucumís y congos” (1954, número 36). En  abril de ese mismo año, está fechado el prólogo de El monte.

Bajo las iniciales C. R. (¿Cabrera Rojas?), ellas fundaron un sello editorial, que hacía más rentable la producción de sus libros.

Cuando se analiza la estructura profunda de El monte, queda demostrado que sí hubo objetivos metodológicos de naturaleza científica plenamente cumplidos.

Probablemente, la tirada de la primera edición de El monte sobrepasó los 500 ejemplares, pero no alcanzó los mil. Se trataba de una inversión riesgosa porque se manifestaban públicamente los prejuicios religiosos. Además,  la impresión se encarecía por la calidad especial del papel para el pliego con 86 fotografías. Se organizaron subconjuntos temáticos y se indicaron las autorías de las imágenes. No se volvió a reeditar hasta 1968, en Madrid, cuando su amiga Amalia Bacardí la financió.

Lydia estudió las pautas metodológicas de Ortiz en los prólogos a  La africanía de la música folklórica cubana (1950), Los bailes y el teatro de los negros en el folklore de Cuba (1951) y Los instrumentos de la música afrocubana (1952-1955).

En El monte, ella explicó las dos partes asimétricas que lo conformaban. En la primera se podía admirar un ensayo, en el que se involucraban todas las libertades ficcionales, temáticas y composicionales de las narraciones. En la segunda se ofrecía un diccionario de botánica, en el que se detallaban las funciones para los rituales religiosos; seguía apareciendo la digresión narrativa.

Agradeció y dio crédito público a  los colaboradores e informantes. Con justicia, le dedicó el libro a Ortiz. Reiteró los fines comunes de justicia cultural. Precisó con fina y sutil ironía que ella no era una científica social. Afirmó la originalidad de su obra. Sabía que existía una pluralidad de lectores con los más variados intereses cognoscitivos y que —probablemente— demoraría una aceptación mayoritaria.

Cuando se analiza la estructura profunda de El monte, queda demostrado que sí hubo objetivos metodológicos de naturaleza científica plenamente cumplidos.

Se trataba de un texto innovador al adelantar las audacias cognoscitivas dentro de los imaginarios culturales. Se avanzaba en una historia de las creencias, una modalidad de la historia de las mentalidades.  Estas categorías no se utilizaban en la Cuba de los 50.

Se explicaba la historicidad de los sistemas de creencias religiosas. Se describían las formas simultáneas de espiritualidad, los sincretismos, justipreciando que podían ser acciones individuales, colectivas, grupales, etc.

Se partía de Ortiz y de la validación de su categoría de los procesos transculturales permanentes.

Se había diseñado un corpus minucioso de temas bien jerarquizados, articulados y desglosados, para contrapuntear matices individuales y tendencias de opiniones.

Se aspiraba a una claridad expositiva, con fines didácticos.  No obstante, en las mejores páginas del libro este propósito se abandonaba. A continuación, emergieron algunos bloques narrativos caracterizados por un ordenamiento caótico. Se yuxtaponían los narradores- personajes. Cambiaban con rapidez los puntos de vista; la autora implícita como narradora veía disputada su hegemonía por otros narradores-personajes.

Podía suceder que se alternaban roles y funciones. En una escena, un personaje-informante podía ser el narrador y poco después la función de contar había pasado a otro personaje y ninguno de los dos había desaparecido de la escena.

El planeamiento metodológico, pormenorizado, de las entrevistas favorecía las preguntas reiteradas  de múltiples formas a numerosas personas.

Se explicaba la historicidad de los sistemas de creencias religiosas. Se describían las formas simultáneas de espiritualidad, los sincretismos, justipreciando que podían ser acciones individuales, colectivas, grupales, etc.

Las decenas de informantes estaban debidamente clasificados. Se construyeron  perfiles sicológicos y de saberes para jerarquizarlos. Se organizó un archivo con carpetas ya temáticas, ya de individualidades, en el que se materializaban las prioridades.

La autora implícita mostraba sus preferencias por algunos personajes-narradores  en los capítulos.

Esta labor confirmaba un dominio adecuado de las técnicas modernas de investigación social, a las cuales Lydia accedió por las variantes del autodidactismo, o por el intercambio con colegas.

Se ofrecían cosmovisiones individuales en diálogo con las colectivas. Para lograrlo, se yuxtaponían puntos de vista; se diseñaban collages y secuencias narrativas para argumentarlas.

Se organizaba un texto coral, polifónico.

Se operaba con un sistema de personajes-narradores (mayoritariamente equiscientes, de manera excepcional omniscientes), de personajes-testigos o no, los cuales desempeñaban funciones y roles. La autora implícita (el personaje Lydia) sugería las coordenadas del intercambio de puntos de vista en cada capítulo (o unidad temática); los que se subdividían en capitulillos (motivos) y epígrafes. Podría ilustrarse con los capítulos dedicados a los bilongos, a la ceiba y a la palma real.

El sistema de narradores garantizaba la co-creación como principio democrático de justicia cultural. Había que respetar los imaginarios de las creencias en la exposición de los más variados puntos de vista. Podrían asumirse o no como inverosímiles,  o como eficientes o no, para exaltar la originalidad artística de una imagen surrealista. Su amado informante el personaje-narrador José Calazán Herrera le decía al personaje Lydia:

«Vi se lo juro por mi alma […], la cabeza de un negrazo, peludo como una araña, que le salían los pies de las orejas, guindando por una pata de una rama». [2]

Se operaba con la multiespacialidad (interiores y exteriores) y la multitemporalidad (subjetiva y objetiva). La autora implícita, a veces, pretendía ordenarlas; a veces, promovía la digresión para el realce de una  información histórica sorprendente y hasta inédita. Podría ilustrarse con la secuencia de la historia de la ceiba del central Socorro en Matanzas, la cual había sobrevivido a las acciones para cortarla; se transitaba al comentario breve de otro intento fallido en una ceiba del pueblo de Cimarrones; por último, el personaje Lydia relataba:

«La del Parque de la Fraternidad tiene su leyenda. Se pretende que algunos hombres, entonces prominentes, enterraron bajo esta ceiba sus “macutos”. Y “no habrá tranquilidad ni orden en este país, hasta que no se saque de allí y se desmonte la nganga que el general Machado enterró hace unos veinte años. Está tan fuerte esta prenda, y tan herida, que todo lo tiene revuelto, aunque no lo parezca y costará mucha sangre”. Otras aseguran que esa prenda se encargará de vengar a su dueño de la ingratitud del pueblo cubano. (Debería considerarse suficientemente vengada)».

«Para todos los creyentes —esotéricos y exotéricos— los actos oficiales que se celebraron con motivo de la inauguración de la Plaza de la Fraternidad de La Habana, en el que se convirtió el antiguo y señorial Campo de Marte, tenían, abiertamente un carácter mágico. ¡Con razón! Las flechas de hierro que adornan la verja que rodea a la ceiba en medio de la plaza son las de Oggún, Elegguá, Ochosí, Allágguna, Changó, y con signos de palo monte, de Nkuyo. Nsasi, Siete Rayos; las tierras —veintiuna— que se trajeron para sembrarla, las monedas de oro que se arrojaron en el hoyo, la supuesta injerencia del famoso Sotomayor, un mayombero amigo de algunos políticos influyentes de aquel tiempo, son indicios elocuentísimos de que allí “hay algo” y algo muy poderoso: “Una mañunga muy fuerte”». [3]

El personaje Lydia, usando comillas, narraba intercalando otras opiniones que   aludían a momentos de historicidad diferentes. De manera consciente, ella simultaneaba para construir un tiempo de la memoria que oscilaba entre 1926- 1927 (inicio de la construcción del Parque de la Fraternidad), su inauguración  (20 de mayo de 1929) y los momentos posteriores al 12 de agosto de 1933 (huida de Machado), que llegaban hasta el tiempo de la escritura de esa página (el final de los 40, o inicios de los 50).

Se trataba de una técnica composicional, porque Lydia la repitió con una intencionalidad parecida en el libro Otán iyebiyé. Las piedras preciosas (1970). Hablando de los rubíes, los tipos, símbolos y funciones, acudió a la digresión histórica:

«Aniceto Abreu, alias Bejuco, hijo de Changó, famoso e influyente santero villaclareño, padrino de un buen presidente de Cuba  muy querido del pueblo, poseía un anillo con un bellísimo sangre de pichón, al que se atribuían grandes poderes». [4]

Respeto quiere distancia

El monte fue concebido como un libro-madre, de permanente consulta, de infinitas recepciones, al modo de la Africanía…, o Los bailes… de Ortiz. Lydia  recreaba fragmentos para otros proyectos, como el de los abacuás, los glosarios, los refranes, las piedras preciosas, etc. Esta gran ventaja estratégica, ha sido y será continuamente alabada.

En los ensayos de Tientos y diferencias (1964), Alejo Carpentier elogiaba la categoría musical de las variaciones y la refuncionalizaba para los textos escriturales.  Las afinidades electivas con el libro-madre de Lydia podrían ser el objeto de un ensayo autónomo. Menciono algunos ejemplos:

Miguel Barnet, uno de los mejores alumnos de Lydia, describió poéticamente la universalidad de la comunión entre el protagonista Esteban Montejo y los otros seres naturales. Son páginas memorables de su novela Biografía de un cimarrón (1966).  Insistió en la noveleta Fátima o Parque de la Fraternidad (2007), cuando detalló las formas simultáneas de praxis religiosa en el protagonista  bifurcado en dos roles Fátima y Manolito.

Lázara Menéndez (también buena alumna) organizó en Rodar el coco (2002) una retrospectiva muy novedosa sobre la evolución de las prácticas de la santería entre los 60 y los 90. Modernizó las estrategias analíticas.

Natalia Bolívar (otra buena alumna) y su hija Natalia del Río, elaboraron la novela La muerte es principio no fin. Quintín Bandera (2004), en la que el general mambí fue caracterizado como palero y abacuá. Se ha ofrecido una nueva opción para la búsqueda historiográfica.

Agenor Martí sorprendió con la novela Mis porfiados oráculos (1992), en la que su protagonista defendió la simultaneidad de creencias y de prácticas religiosas. Ha trascendido por la singularidad temática.

En el libro conmovedor Hablen paleros y santeros (1994), Tomás Fernández Robaina hizo reaparecer a José Calazán Herrera para empalmar con Arcadio en una saga abarcadora de los 50 a los 90. Lydia supo utilizar muy bien los recursos del melodrama y  Tomasito los reactualizó.

Joel James Figarola defendió apasionadamente las repercusiones filosóficas, la universalidad de la cosmovisión palera, en el ensayo “Cuba la gran nganga. Algunas prácticas de brujería” (2012).

En Asere núncue itiá ecobio enyené abacuá. Algunos documentos y apuntes para una historia de las hermandades abacuá de la ciudad de La Habana (2014), Tato Quiñones ha proseguido tributando al objetivo estratégico de Lydia.  Recomiendo dos textos con informaciones  novedosas: “Los recuerdos de Juan Manuel” y “Luces y sombras de Simón González (también conocido por “Gran Diablo”)”.

El monte continúa teniendo repercusiones, suscitando respeto y admiración. Se mantiene como un clásico del siglo XX cubano. No debe olvidarse que: Categoría es categoría.

  

   

Notas:
1.   Lydia Cabrera: Refranes de negros viejos, Ediciones C.R., Miami, 1971. La primera edición es de 1955.
2.   Lydia Cabrera: El monte, Editorial Letras Cubanas, La Habana, 1989, p. 22.
  1. Lydia Cabrera: El monte, Editorial Letras Cubanas, La Habana, 1989, pp. 242-243.
4.   Lydia Cabrera: Otán iyebiyé. Las piedras preciosas, Mnemosyne Publishing, Miami, 1970, p. 16. Estaba aludiendo al general José Miguel Gómez, presidente de la República entre 1909 y 1912.

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