De Martínez Furé y su Pequeño Tarikh

Nancy Morejón • La Habana, Cuba

I

 

 

 

Rogelio Martínez Furé, hablando en plata, es uno de los grandes descubridores de las esencias culturales cubanas. Y, con envidiable constancia, ha dedicado su larga vida, en todas sus vertientes profesional y no profesional, al cultivo incesante de los estudios y la investigación sobre el arte y la literatura de las culturas africanas trasplantadas a las Américas.

Imagen: La Jiribilla

 

Difícil labor la de intentar definir su personalidad, o el carácter de su decisivo aporte al conocimiento de África —esa tierra casi incógnita todavía para un pasado reciente—, a través de sus múltiples dimensiones, a lo largo de Cuba, el arco de islas antillanas hasta la Tierra Firme de países que, a ambos lados de las costas tanto del Atlántico como del Pacífico, conforman una civilización que el martiniqueño Édouard Glissant concibiera, partiendo de la sabiduría de sus compatriotas Frantz Fanon y Aimé Césaire, como toda una civilización inserta en la modernidad de nuestro tiempo, en su insurgente diversidad.

Olumo, demiurgo, shamán o hechicero, su humilde magia consiste en haber asimilado las lecciones de la academia así como el tono enriquecedor de esos conocimientos que vuelan por los aires, de boca en boca, de padres a hijos, libres, como las olas del mar que llevan y traen de una orilla a la otra el quehacer fundamental de la condición humana.

No hay mejor aliciente ni nada más fructífero que una sencilla lectura a su bibliografía o a sus escritos precisos; aquellos destinados a comprender el papel que ha desempeñado el folclore en la cultura popular de Cuba pero, sobre todo, a sus traducciones de poesía africana iniciadas en la década del 60.

En fecha tan temprana, Martínez Furé, discípulo sin par del sabio políglota Don Fernando Ortiz, pudo y supo crear una vasta obra amparada en el aprendizaje de las fuentes orales de la cultura cubana trasmitiendo, a su vez, la flor de su gracia, tan inesperada a veces como los aguaceros de un agosto insular.

Es imposible definir a Furé, como lo llamamos a diario sus amigos, sus colegas, sus alumnos y sus lectores. Olumo, demiurgo, shamán o hechicero, su humilde magia consiste en haber asimilado las lecciones de la academia así como el tono enriquecedor de esos conocimientos que vuelan por los aires, de boca en boca, de padres a hijos, libres, como las olas del mar que llevan y traen de una orilla a la otra el quehacer fundamental de la condición humana.

En Furé, la tradición oral se torna raíz incuestionable, insustituible vehículo para alcanzar el estudio sistemático que toda academia proporciona. Tiempo atrás, ya había tenido yo el privilegio de percibir esta cualidad y observarla como un paso distintivo en su naciente obra, y había apuntado lo siguiente:

Desde tiempos remotos, los proverbios que he mencionado andaban de boca en boca, de un lado a otro del archipiélago, saltando de isla en isla hasta alcanzar Tierra Firme. Fuera del aporte que en este aspecto hiciera el nombre emblemático de Lydia Cabrera, no conocíamos una recopilación de la trascendencia de la que publicara en 1963 la editorial El Puente. Rogelio Martínez Furé, un joven etnógrafo, [casi] graduado también en Leyes y, por aquel entonces, entusiasta fundador del Conjunto Folclórico Nacional, nos daba una singular lección de amor a la literatura y a las lenguas… [2]

La aparición de Poesía yoruba fue todo un acontecimiento editorial y cultural, una revelación rotunda que inclinó nuestra mirada y la de los investigadores más rigurosos hacia el componente de origen africano de la cultura nacional. El saldo fue esa joya de la poesía universal que abrió puertas y derrumbó barreras hasta entonces imposibles de vencer. Tantas puertas abrió que dio paso a la creación de una de las colecciones más importantes de la literatura africana en lengua española.

En este sentido, su trabajo como editor ha ocupado un sitio de primera magnitud en su labor intelectual. Desde finales de los años 60, fue Furé quien introdujo el conocimiento de las diversas literaturas africanas en el público de nuestro país. Nombres como el de Amos Tutuola, Chinua Achebe, Kateb Yacine, Léopold Sédar Senghor, Alex Laguma, Wole Soyinka, Nadine Gordimer o Keorapetse (Willie) Kgositsile, entre otros muchos, se convirtieron en referencia obligada. La lectura de sus obras enriqueció no solo al lector común sino a muchos instructores de arte, coreógrafos, dramaturgos y poetas quienes, junto a vastos sectores de la población, comenzaban a comprender por qué África es componente esencial de nuestro acervo. Es el legado que complementa y enriquece este Pequeño Tarikh que la editorial Arte y Literatura, del Instituto Cubano del Libro, nos ofrece ahora como una deliciosa golosina de su catálogo excepcional para las literaturas del continente africano difundidas en lengua castellana.

Al calor de su trabajo como etnólogo en el Conjunto Folclórico Nacional que fundara en 1962, creó una red y un sistema que aparecieron en la vida intelectual cubana, en los escenarios y en los llamados medios masivos no solo gracias a las informaciones de los más legítimos protagonistas del acervo musical isleño reclutados para esas tareas desde Fernando Ortiz —sino ensamblando la experiencia de su familia matancera a aquella que había adquirido tanto en la Universidad de La Habana como en el Instituto de Etnología y Folclore de la Academia de Ciencias.

Reconociendo a África como la fuente inexplorada de numerosas expresiones del arte y la literatura cubanos durante más de cinco siglos, su consagración por examinar casi todos los procesos de transculturación en la Isla, lo condujo por un camino de hallazgos, verificaciones y sorpresas.

El aprendizaje sistemático de todo lo que se desprendiera de aquellos procesos le agudizó su sentido de pertenencia a un mundo donde se hallaban, la mayoría de las veces contrapuestos, elementos afrohispanos de una cubanidad a flor de piel, más poderosa aún que los orígenes o las diferencias de clase.

Reconociendo a África como la fuente inexplorada de numerosas expresiones del arte y la literatura cubanos durante más de cinco siglos, su consagración por examinar casi todos los procesos de transculturación en la Isla, lo condujo por un camino de hallazgos, verificaciones y sorpresas. En ese camino aparecen en primer plano, reverenciados por su infinito amor a la palabra y a los idiomas que de ellas se desprenden, de forma primordial, sus antologías (siete tomos) y su diccionario, ambas figuras como polos complementarios de un conjunto, es decir, como las dos caras de una misma moneda.

 

II

Al cabo de unas cinco décadas, aparecen ante el lector cubano y, de hecho, ante los lectores de lengua española, diseminada como sabemos por las más diversas latitudes del globo, estos Apuntes para un diccionario de poetas africanos, vasta obra que ejemplifica en sí misma un nuevo sentido de lo que puede ser y debe ser un diccionario.

A pesar de su título, este, como casi ninguno, no llega a ser pequeño en sus dimensiones sino que ofrece a sus consumidores un catálogo bibliográfico de una literatura, con vocación unidimensional, que registra en su seno numerosas expresiones literarias que son cuerpos independientes pero complementarios, en lenguas antiguas y modernas, legítimos tesoros de las oralidades y escrituras poéticas o de ficción del quehacer de un continente como es África. Como reclamaba Aimé Césaire, el poeta único del Cuaderno de un retorno al país natal [3]: un África “múltiple y una”, riquísima en sus civilizaciones y escrituras, manifiestas en lenguas autóctonas y de origen metropolitano que han dado lugar a una enorme producción literaria que abarca numerosos países e incontables experiencias.

 

III

No sabemos aún cómo se ha producido el gran milagro pero lo cierto es que este “pequeño Tarikh” despliega el conocimiento buscado sobre autores en las más heterogéneas fuentes —libros, revistas, periódicos e historias de la literatura africana—, concebida erróneamente por muchos como un producto continental y no como el conjunto de arcos, de diferentes expresiones que debemos observar, estudiar y difundir como puentes comunicantes pero instalados en su centro y periferia, determinados por las diversas áreas lingüísticas tradicionales africanas, y por lo que dejaran los idiomas impuestos por las antiguas metrópolis.

Es preciso confesar que los asientos de las antologías de Furé que han precedido a esta magna obra, nacieron de un indoblegable sentimiento de indagación, búsqueda y curiosidad intelectual. Estas tres características tuvieron como denominador común: una conducta de resistencia ante la ignorancia, la adversidad y la incomprensión de los prejuicios. Muchas veces, muchas horas, vi a Rogelio encorvado delante de aquellas maravillosas cajas de zapatos en donde habitaron sus fichas, sus notas, sus observaciones, volúmenes enteros y todo el conocimiento que hizo posible, tiempo después, esas antologías de poesías africanas y este diccionario, o sea, un “pequeño Tarikh” engrandecido por los oídos y los ojos de alguien que ha sido capaz de arriesgar los suyos propios en aras de dar a conocer la historia de las culturas que trajeron los esclavos aherrojados en las bodegas, escasamente descritas en nuestra memoria colectiva.

Creado con sus manos, sus ojos y su corazón, Furé ha sido capaz de vencer innumerables dificultades de comunicación, de aislamiento y, como sus antepasados, ha logrado vencer el maleficio de los enemigos, y no precisamente de las mariposas. De ahí que este compendio pueda considerarse el resultado más trascendente de sus indagaciones en cualquiera de las disciplinas escogidas por el poeta cubano que se inspiró en Eshu [4] para sobrevivir de tanto naufragio programado.

Dejemos que el propio Furé defina esta magna obra:

Estos apuntes para un diccionario de poetas africanos desde la Antigüedad a los tiempos presentes, son el resultado de más de cuatro décadas de incesante hurgar en periódicos, revistas, folletos y libros, tras los datos bio-bibliográficos dispersos —como rompecabezas apasionante— de miles de hombres y mujeres.

El Pequeño Tarikh se inspira en la tradición literaria que produjo el Tekmilet ed Dibadj, diccionario biográfico dedicado a juristas, poetas, matemáticos

y otras personalidades originarias de Tumbuctú o residentes allí, y escrito por el gran erudito Ahmed Baba, nacido en esa ciudad en 1556; tradición a la que también pertenece: el Tedzkiret-en-mistân, redactado por los cadíes de Tumbuctú y Djenné; el Diwán de los sultanes de Bornu; las Crónicas de Kilua, de Mombasa y de Pate, y otras obras, testimonios imperecederos de la vida intelectual del África precolonial.

Es decir que en este libro, de amplia factura, resuena la vocación literaria de Rogelio Martínez Furé que ha fijado para su época la sabiduría y la belleza de una expresión poética compartida por miles de autores, de todas las eras en que pudieron manifestar sus sentimientos, sus ideales, sus diferentes estilos. Aquí, el más extraordinario conocedor de esta materia, recoge y explica de forma ordenada, en varias lenguas, en varios idiomas, los nombres de escritores (poetas, filósofos, narradores, ensayistas) creadores incuestionables de la producción africana de todos los tiempos. En fin, una lección de amor que supo encontrar su propia naturaleza, su propia técnica, nacida de una tradición oral junto a la selección de los principios teóricos en que se basa la composición de los más útiles e imperecederos diccionarios. Cuba, el Caribe, nuestra América, la España secular, que fue una de sus fuentes, te agradecen con el alma esta mirada de tus ojos que ven y miran, y alcanzan la plenitud de lo indefinible.

 

Notas
1.   Prólogo a Rogelio A. Martínez Furé: Pequeño Tarikh.  Apuntes para un diccionario de poetas africanosLa Habana, ed. Arte y Literatura,  2014,  p. 7 – 12 
2.    Me refiero a Poesía yoruba. Nancy Morejón: “Elogio de Rogelio Martínez Furé”. Palabras pronunciadas en el acto de entrega del Premio Nacional de Investigación Cultural 2001 a Rogelio Martínez Furé en la Biblioteca Nacional "José Martí" el martes 23 de julio del 2002. Ver Pluma al viento. Prosa periodística. Santiago de Cuba, ed. Oriente, 2005, p. 35
3.   Ver el maravilloso volumen Aimé Césaire: Retorno al país natal. Traducción de Lydia Cabrera y Lourdes Arencibia. Prefacio de Benjamín Péret. Con un postfacio “Aimé Césaire y su traductora Lydia Cabrera. Dos formas de asumir lo antillano”, de Lourdes Arencibia. Zamora [España], ed. Fundación Sinsonte, col. El Sinsonte en el Patio Vecino, 2007.
Escribí un ensayo sobre este tema en la escritura de Martínez Furé, a propósito de la aparición de Rogelio Martínez Furé: Eshu (Oriki a mí mismo) y otras descargas. La Habana, ed, Letras Cubanas, 2007. Ver Nancy Morejón: “Rogelio Martínez Furé y la experiencia literaria de Eshu”, en La Gaceta de Cuba, n. 3, La Habana, mayo-junio, 2008, 15-17.

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