Tabito

Aracelys Avilés Suárez • Santiago de Cuba, Cuba

La luz de la vela deformaba los objetos de la cocina y los proyectaba en movimiento sobre la pared. Octavio, tapado hasta el cuello con una sábana percudida que le dejaba los pies afuera, se incorporó de golpe, con la respiración agitada. Se quedó un momento mirando a todas partes como reconociendo el lugar. Despacio, con los ojos entrecerrados en medio de la penumbra, se levantó de la cama, calzó las botas, se puso el pantalón que tenía tirado encima de una silla, la camisa colgada de un clavo de la ventana, y salió a la sala, donde la vela se chorreaba y casi se acostaba sobre su propia cera.
Enfrente estaba la puerta, cerrada. Vio las curvas en la madera, las hendiduras entre los tablones y zafó el pestillo. La noche era una bola negra compacta cuando Octavio salió al portal. Con trabajo subió la pequeña elevación frente a su casa. Segundos más tarde comenzó a distinguir siluetas de árboles, cruzó un camino de tierra y reconoció la hilera de maíz, con sus hojas bien espigadas. Se enfrentó luego a un terreno de glebas de fango y yerba como rotulados por una antigua batalla. Tropezaba y seguía, con firmeza. Tenía frente a sus ojos el dibujo del trayecto, que a veces cambiaba, pero solo de manera sutil. Aún tenía que pasar el sendero estrecho entre las cañas, cruzar la cerca, el río, y luego desandar un camino largo y recto. En algún momento y sin que se diera cuenta apenas, el paisaje iba aclarando; a la vibración de los grillos le sucedía el canto de los gallos y el chillido disperso de los gorriones. Las luces y los ruidos se le iban acumulando en la cabeza como un murmullo y le hacían apretar el paso, como el trote ligero de un animal pesado, sofocado y primitivo.
A veces confundía la noción de la distancia recorrida y su mapa era la luz, como si transitara invariablemente por una paleta de matices que iba declinando del negro-azul al amarillo luminoso.
Minutos más tarde llegaba cansado a un segundo cruce del mismo río que había encontrado antes. Allí se detuvo, miró el árbol situado en la otra ribera y esperó. Al instante, los primeros rayos de sol comenzaron a filtrarse entre las ramas. Cerró los ojos y dejó que los hilos silenciosos le dieran de frente. Luego miró en derredor, las piedras del río claro, los gajos a contraluz, la yerba mojada bajo sus pies, el anamú. Octavio se tapó la cara con las manos y se sentó. Ya en el suelo comenzó a sollozar. Un rato más tarde observó la hierba, de nuevo el agua clara, se paró, se limpió el pantalón, y se fue.

¿Cómo andas mijo? le dijo la mujer de la cocina secándose las manos en el delantal hecho jirones. Octavio respondió con un gesto, tomó el azadón y se fue al terreno a desyerbar. Ya casi al mediodía, cuando tenía dos aureolas de sudor bajo las axilas y la espalda empapada, regresó a la caseta a tomar agua y el almuerzo. Los otros dos trabajadores del puesto lo acompañaban, mudos, apenas sonando con estrépito la cuchara contra el plato metálico. Octavio los observaba y a veces ellos a él.
Después del mediodía no se escuchaba en el campo más que el bramido de los bueyes del arado que descansaban en la sombra. Octavio también se echaba un rato, trabajaba luego un poco más en lo que le mandaran y casi al oscurecer regresaba a su casa.
Esa noche sacó el caldero grande y cocinó sopa para varios días. Cuando guardaba el recipiente en su vieja nevera de queroseno sintió que una sombra se posaba en la pared del costado.
–Buenas –dijo desde la puerta una muchacha joven y huesuda con un vestido más grande que su talla y las manos cogidas adelante.
Octavio la vio a la luz del candil. Cerró la nevera y dio dos pasos cortos hacia la puerta.
–Dime.
La muchacha vaciló un poco y dijo:
–¿Cómo estás?
–Bien.
–Llegué hoy por la mañana, estaba esperando que vinieras para verte.
Octavio no respondió.
–Dice tu tía que debes ir a ver la casa, todavía tienes cosas de valor allí y hace unos días encontró una ventana rota y…
–Dile que no se meta en mis cosas –la interrumpió– y que deje la casa como está –le dio la espalda.
–Tabito –dijo ella en susurro mientras lo tomaba por el brazo.
Él se quedó quieto un segundo, y luego se volteó. La muchacha bajó la cabeza y se quedó muda. Octavio le miró los rizos y la frente amplia. Luego la dejó allí parada en la puerta, tomó un caldero pequeño e hizo como que estaba ocupado lavándolo. La muchacha se fue.
Esa noche estuvo dando vueltas en los huecos del colchón, intentando dormir. Soñó que era un niño que iba sobre los hombros de su padre mientras cruzaban un río. El niño volteó la cara riendo y los primeros rayos del sol le dieron en la frente a través de un árbol gigante y tupido. Luego dejaba de ser el niño y era el árbol, o al menos lo observaba todo desde su altura. Recibía el sol en la nuca y veía cómo se marchaban el niño y su papá.
Despertó más agitado que de costumbre y salió corriendo hacia los contornos de aquel río. La paleta de colores le indicó en algún momento del camino que ya estaba cerca, que se aproximaba al sol, como si el astro estuviera tras aquellas hojas, esperando a que él apareciera.
Cuando estuvo frente a la ribera y sintió los rayos de luz, el recuerdo del sueño le vino a la mente. Escuchó el sonido de sus botas contra el agua, sintió la presión del arroyo, el fondo pedregoso y no se detuvo. Tomó un sendero ya dibujado en el suelo por el trasiego humano y unos metros más adelante divisó la casa de madera, lánguida y empolvada.
Se acercó despacio, sacó unas llaves, maniobró en el candado y abrió. Se quedó parado, como si un perro le estuviera enseñando los dientes del otro lado. El vaho y la oscuridad fueron cediendo a la vez que Octavio caminaba, y la madera crujía bajo sus pies. Abrió las ventanas, y una nube de polvo coloreó la luz. Se sentó entre la mesa y la vitrina y le pareció que todo estaba más estrecho que de costumbre. Tomó del aparador un jarrito de lata esmaltada, y se detuvo en cada detalle: los dibujos de flores, el desconchado con forma de cabeza de perro. Cada rasgo calaba en él, tragó en seco, una sensación de miedo le vino al pecho de repente.
Lo guardó de nuevo en la vitrina, junto con los platos y los vasos de cristal de distintos tamaños. Caminó por la sala, se asomó al pasillo oscuro que conducía a los cuartos y sintió como si algo feroz saldría de allí para atacarlo. Retrocedió y antes de salir levantó un retrato acostado sobre la mesa. Un hombre joven con traje blanco y pajarita lo miraba desde un sillón con las piernas cruzadas y un sombrero en la mano. Octavio lo dejó en el mismo lugar, con la cara amarillosa y gastada contra la mesa, y fue a cerrar las ventanas. Cerró también la puerta, puso el candado y se marchó.
En la tarde, cuando volvía del campo, encontró a la muchacha sentada en el piso de la casa, cabizbaja y con los rizos sobre la frente. Octavio le pasó por al lado y le rozó el hombro con el pantalón. Dejó la puerta abierta y ella entró.
Lucila se encargó de la comida. Encendió el fogón con destreza y puso a cocinar una carne que sacó de la nevera. Botó la sopa que encontró del día anterior porque le pareció que olía mal. Barrió la casa y pasó paño en las repisas y las ventanas. Octavio la miraba en silencio. Al anochecer comieron y se acostaron en la misma cama.
La luz de la vela proyectaba los objetos en movimiento sobre la pared y ambos miraban al techo.
–¿Fuiste a la casa? –preguntó ella.
–Sí, fui –dijo Octavio y se volteó. Miró un rato la pared.
– Yo quiero ir contigo –dijo en medio de la quietud.
– No –respondió él sin virarse. Luego se durmió.
Al otro día salió como de costumbre. Antes de tomar el rumbo habitual, despertó a Lucila para que se fuera. Después de acomodarse el tirante de la blusa y de alisarse el pelo, siguió a Octavio hasta la puerta. Se alejaron en silencio, hasta que llegaron a un trillo que desembocaba en una casa oscura. Lucila bajó por el sendero y Octavio siguió recto, sin despedirse ni mirar atrás.
Unos metros más adelante fue percibiendo cómo el paisaje aclaraba y se volvía más ruidoso. Esta vez no quiso ir a encontrarse con el límite del río y tropezó con el sol casi llegando a la caseta, donde los bueyes comían el pasto en una escudilla.
Ese día trabajó arduo, sintió que el sol lo quemaba más fuerte y se le colaba entre los agujeros del sombrero. Le dolía la sien y se fue más temprano.
Al llegar a la casa Lucila volvía a esperarlo. Lo miraba sentada en el quicio del portal, con sus ojos mustios y la boca pequeña, apretada. Era la misma de antaño, pero diferente.
–¿Qué haces aquí?
–Por si necesitabas algo…
–Estoy bien, no necesito nada –caminó hacia ella y la miró fijo–. Lucila, no vengas más –dijo y siguió.
–Tabito.
Octavio se viró y repitió convencido:
–No vengas más.
Estuvo casi una semana yéndose del campo a media tarde con el sol hostigándole la nuca. En casa se acostaba a veces temprano, sin cocinar ni comer en las noches. No volvió al camino del río a encontrarse con el sol en las primeras horas del día, ni vio más a Lucila.
Poco a poco fue recuperando el apetito y el ritmo normal. Se iba directo a la caseta y trabajaba más que de costumbre. Pasó la cosecha de maíz y tuvieron que sembrar de nuevo, remover la tierra, poner los granos. En ocasiones, después de almuerzo, se ponía a mirar el terreno sembrado con detenimiento como si esperara que de un momento a otro asomara alguna espiga.
Se iba casi de noche y llegaba silbando del trabajo, saludaba a la gente que encontraba en el camino y algunos fines de semana se iba al pueblo, a sentarse en el parque.
En uno de esos días, cuando llegó del campo con las botas enfangadas y las marcas de sudor en la camisa, encontró un sobre tras la puerta. Dentro un papel de telegrama decía: “¡Felicidades! Cuídate mucho, Lucila”.
Octavio se desconcertó, su cumpleaños no era hasta dentro de varios días, pero no le molestaba que Lucila se confundiera, sino más bien la certeza de que aquella pesadilla podía alcanzarlo aún desde la distancia.
Se acostó agitado y al otro día, minutos antes de que el sol asomara la frente, se lanzó de nuevo al camino marcado por la hilera de maíz, el terreno de fango que ahora era un sembrado de frijoles, las cañas, la cerca, el río, y el sendero largo y recto que remataba en el segundo encuentro con el arroyo.
Justo antes de meter las botas en el agua sintió el fresco y el alivio de las cosas, que a esa hora parecen en reposo. Cruzó el río, pasó el atajo entre los matorrales y otra vez vio la casa.
Se acercó, subió los escalones, despacio, como si no quisiera despertar a nadie. Abrió el candado y entró a la oscuridad que disipó de inmediato cuando las ventanas de hoja quedaron abiertas de par en par.
Octavio se enfrentó directamente al pasillo en penumbras y lleno de retratos, de rostros conocidos que lo miraban sonrientes. En el primer cuarto encontró en la oscuridad una cama grande sin sábanas y no quiso entrar. Imaginó la soga en una esquina, las chancletas enormes de su padre, la ropa vieja en el armario. Siguió de largo.
En el otro cuarto había una cama más estrecha, tendida con una sábana llena de polvo. Entró, quitó el cerrojo de la ventana y escuchó cómo chirriaban las bisagras. Se sentó en la cama a mirar el paisaje, que había cambiado un poco, pero era el mismo de su niñez. Descorrió la sábana empolvada y se acostó en el colchón fino y sin muelles. Se acurrucó, cerró los ojos. En ese momento sintió pasos en la sala.
Se levantó de prisa y fue a ver.
–¿Qué tú haces aquí?
–Nada, estaba cerca.
–Pero, ¿cómo cerca?
–Sí, cerca.
Lucila vestía una bata de casa, tenía la piel quemada y el rostro cansado como si nunca se hubiera ido. Con paso lento se acercó a la mesa y levantó por un extremo el retrato que estaba tapado. A la altura de unos centímetros lo volvió a bajar.
–Te lo puedes llevar, si quieres –dijo Octavio.
–No, no hace falta.
La presencia de Lucila lo inquietaba, como si algo terrible fuera a pasar.
–Vete, por favor –dijo mirándole a los ojos.
Viéndola allí, rodeada de la casa, como si fuera su ropaje, tuvo la impresión tenue de que ella también pertenecía a ese lugar.
–Vete –dijo como si se convenciera de algo.
–Tabito… tu papá te quería mucho –bajó la cabeza y se marchó.
Octavio estuvo sentado un rato más, sin hacer nada. Luego cerró todas las ventanas, la puerta y se fue. A unos metros se detuvo, miró por encima del hombro y pensó nuevamente que Lucila y ese lugar se pertenecían.
Cuando llegó a la casa recogió toda su ropa, que cabía en un maletín pequeño, se cambió de zapatos, sacó un rollito de dinero metido en una esquina del escaparate y se marchó del pueblo.

 

Tomado de la página web del Centro Onelio
Ficha: Aracelys Avilés Suárez (Santiago de Cuba, 1983) Narradora. Egresada del XV Curso de Técnicas Narrativas del Centro de Formación Literaria Onelio Jorge Cardoso. Se licenció en Estudios Socioculturales en el 2006. Es diplomada en Periodismo desde julio de 2008 y en Antropología desde agosto de 2012. Textos suyos han aparecido en publicaciones nacionales como La calle del medio y en otras fuera del país como la revista española Cuadernos Hispanoamericanos. Ha trabajado, además como guionista de programas de televisión y productora de cine. Actualmente forma parte del proyecto editorial Encaminarte con sede en Las Tunas. Con el cuento que le presentamos ganó mención en el Concurso César Galeano (2013) que promueve el Centro Onelio.  

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