Luces y sombras del arte contemporáneo

Nelson Herrera Ysla • La Habana, Cuba

El arte contemporáneo se ha desbordado más allá de los límites de su propia historia forjada a lo largo del Siglo XX, en especial de su segunda mitad. La mayoría de los espectadores encaran cada vez más dificultades para asimilar las nuevas propuestas de artistas a un lado y otro del mundo, pues al carecer de una formación académica o informaciones sistemáticas, les resulta difícil comprender nuevos lenguajes y técnicas; nuevos contenidos —incluso—;nuevas apropiaciones y contaminaciones de la creación y circulación de las obras. Con asombro, estupefacción, duda, se enfrentan al suceso artístico, validado solo por el hecho de que las obras se exhiben en un evento de arte o en los espacios legitimados de las instituciones, a pesar de que sus intuiciones les susurran que algo ha cambiado en esta época en la que no solo es arte la pintura, la escultura, el grabado, el dibujo, la fotografía o la arquitectura, tal como habían escuchado desde la infancia.

Imagen: La Jiribilla

Un evento de arte como es una Bienal, comporta una especie de desbordamiento total y pone a prueba las intuiciones, la sensibilidad, los gustos, la formación de cada uno de los espectadores, y hasta la propia historia del arte. Nada queda en pie cuando se trata de sacudir esquemas, provocar tensiones e ideas, reflexionar, y asumir nuevos territorios que nunca antes, o muy poco, pertenecían a nuestro imaginario individual o social.

Un evento de arte como es una Bienal, comporta una especie de desbordamiento total y pone a prueba las intuiciones, la sensibilidad, los gustos, la formación de cada uno de los espectadores, y hasta la propia historia del arte.

La Bienal de La Habana, que comenzó algo más de 30 años atrás mostrando obras de solo dos dimensiones en el Museo Nacional de Bellas Artes y el Pabellón Cuba, somete ahora a la consideración de los espectadores un conjunto heterogéneo de propuestas que van desde destruir espejos a martillazos en el interior de una vieja iglesia, hasta colocar arena y sombrillas para recreación pública a plena luz del día y en la sombra de la noche. Entre estas acciones y actitudes pululan también visitas al interior de una hermosa y antigua fábrica de electricidad, sesiones de tambores batá complementando grafía esotérica en tiza sobre paredes; hilos y piedras de río colgando de techos; pantallas para interacción digital; torres inmensas de alta tensión alterando el orden interior de edificaciones coloniales; cocina colectiva de alimentos en plena calle; sonidos emergiendo de tuberías de metal; puentes falsos truncados a la orilla de una calzada; explosión de petardos y fuegos artificiales en pleno barrio popular; árboles colgados boca abajo en medio de un pasaje interior solariego colmado de balcones; sinfonía orquestal estremeciendo la academia y la enseñanza artística.

¿Cómo definir esta pluralidad de obras y acciones ahora devenidas medios expresivos al lado de la pintura y la escultura, el grabado y el dibujo, la arquitectura y la fotografía? ¿Cómo explicarlas, hacerlas comprender, asimilarlas e incorporarlas a una sensibilidad forjada en siglos de rica e inmensas tradiciones a lo largo del planeta, pocas veces estremecida por cambios y rupturas, formalizada en ejemplos que la historiografía y la crítica se han encargado de ensalzar y validar en academias e instituciones poderosas?

Imagen: La Jiribilla

Ese es el desafío de un evento de arte contemporáneo, esa es la mística y el desafuero de una Bienal que se desarrolla en un país de escasos recursos materiales, de carencias de todo tipo menos de imaginación y audacia. Muchas obras expuestas son disfrutadas en los más variados niveles de percepción y receptividad; otras permanecen ahí, solas, a la espera de un curioso espectador que trate de conocer su sentido y significación. Unos artistas acaparan la máxima atención mientras otros se pierden en el fárrago de calles y calores y lluvias que asaltan la quietud de otro verano ardiente. Pero el desafío no es sólo para los curadores y organizadores de la Bienal sino también, y casi más, para el público nacional y extranjero que se agita entre tanta variedad de propuestas, que se anima ante ellas o pasa por su lado indiferente.

Porque se trata de una oportunidad única de sacudirnos mental y espiritualmente, aún cuando nos sintamos satisfechos con los resultados o nos dispongamos a reprobar tanta complejidad, tanta sana locura.

Muchas obras expuestas son disfrutadas en los más variados niveles de percepción y receptividad; otras permanecen ahí, solas, a la espera de un curioso espectador que trate de conocer su sentido y significación.

Lo interesante en esta nueva experiencia vivida entre mayo y junio de 2015 en varios enclaves urbanos de La Habana (desde Casablanca al borde de la bahía hasta Romerillo situado en el lejano oeste de la ciudad) es el surgimiento de numerosas interrogaciones acerca del arte mismo, de su rol en la conciencia del hombre, de la importancia de la ciudad y su arquitectura, acerca de la interactividad entre disciplinas diversas, saberes y conocimientos, y la forma en que estos, o todo en realidad, se mezcla, se contamina hoy en el corazón de una época signada por la sobreproducción de objetos y valores culturales.

No podemos menos que asombrarnos al constatar la variedad y riqueza de lo que hoy se conoce como arte contemporáneo, y como en sus expresiones se han quebrado todos los órdenes establecidos, sus leyes, sus parámetros, como en ninguna otra expresión de la cultura. A riesgo de simular por momentos un carnaval, un festival, una romería, una feria de arte, una celebración indistinta de la artesanía, el buen oficio y la sofisticación tecnológica, la Bienal de La Habana encara hoy su redimensionamiento y su historia luego de alcanzar, sin duda, un posicionamiento internacional como pocos otros eventos en el mundo de igual naturaleza.

La validez de su presente y futuro dependerá de las prioridades que asuman y vislumbren sus curadores en medio de un mundo globalizado que tiende a homogeneizar valores por encima de contextos particulares: un mundo aferrado a la noción de espectáculo y escasas reflexiones que nos impide disfrutar, a ratos, la maravilla de nuestras verdaderas y profundas expresiones.

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