Bendita entre todas las mujeres

Marilyn Garbey • La Habana, Cuba

Ave María es la obra que el dúo Meira y Toirac presentan en la Fortaleza del Morro, como parte del programa de la 12 Bienal de La Habana. Se trata de un altar consagrado a la Virgen de la Caridad del Cobre, contenedora de 55 imágenes escultóricas de la Patrona de Cuba, que descansan sobre un pedestal de madera en el cual no se establecen jerarquías. Todas están situadas a la misma altura, sin importar el origen, el material de confección o el acabado, y van sostenidas por una frase de José Martí, tomada del discurso conocido como Con todos y para el bien de todos, pronunciado en el Liceo Cubano de Tampa, en noviembre de 1891.

Podría hacerse una extensa relación de las obras dedicadas a la Virgen. Artistas plásticos, músicos, cineastas, poetas, dramaturgos y bailarines se han inspirado en lo que es para muchos fe para la vida y pura leyenda para otros. Pero las Vírgenes de este altar no fueron hechas por artistas profesionales, son frutos de la creación popular. Se compraron en mercadillos de Cuba y de Estados Unidos, y no llevan firmas reconocidas por la historia del arte o por su mercado. Fueron talladas en barro, en madera o porcelana fina por manos anónimas. A los artesanos les motivó la necesidad de expresar su veneración por la Virgen, o el deseo de agradecerle su protección. Son de diferentes escalas y distintos colores, algunas pueden parecer muy bellas, otras son de acabado más  rústico. Pero, más allá de las calidades manuales, lo que importa aquí es la carga simbólica que porta cada una de las imágenes, aún cuando tales muestras de afecto—la de los artistas y la de los artesanos— han sido mediatizadas por la comercialización, en práctica muy extendida por el mundo, de estos artículos religiosos.

La leyenda de la Virgen de la Caridad del Cobre acumula más de 500 años. Cuentan que su imagen apareció flotando entre las aguas embravecidas de la bahía de Nipe para salvar a los tres Juanes, suerte de representantes del pueblo cubano. Mito construido entre todos sin importar el color de la piel, el estamento social al que pertenece, el género o la orientación sexual, el  oficio o la profesión que ejerza, ella asiste a cada suceso de la nación. Dicen que su estampa acompañaba a Carlos Manuel de Céspedes durante la Guerra de Independencia, que era venerada en el barrio santiaguero donde se gestaba la batalla contra la dictadura de Batista. En el santuario de El Cobre hay numerosas ofrendas de fieles agradeciéndoles su protección. Deportistas que alcanzaron el oro olímpico, estudiantes que recibieron su título universitario, enfermos que sanaron, guerreros que regresaron victoriosos a su hogar, y hasta la medalla acreditativa del Premio Nobel de Ernest Hemingway está allí.

Como tantos devotos, los artistas no hacen distinción entre la advocación católica de la Virgen María y  Ochún, oricha a la cual se le atribuyen el color amarillo y el número cinco, a la que le ofrendan miel y girasoles, dadora de vida que protege los ríos y vela por la maternidad. El culto a la Virgen va asociado a la madre, tal vez sea una de las  razones por las que la Caridad fue trasmutada en Ochún, para ser ambas veneradas como sostén de la familia, y de Cuba. Porque pareciera que la Virgen de la Caridad emergió del mar para convertirse en símbolo capaz de aglutinar a su pueblo. Aún recuerdo la acogida que le fue tributada a la llamada Virgen mambisa en su recorrido por el país en el 2012. En cada rincón de la isla recibió el agradecimiento de todos, ateos y creyentes. Con el mismo fervor la veneraron en una callejuela de Alamar o en la fastuosa Catedral habanera, sus fieles detuvieron el tráfico de vehículos en la calle Reina para darle paso o subieron la Loma del Angel para ofrecerle flores.

La investigadora Olga Portuondo, quien ha estudiado a profundidad la leyenda,  afirma rotunda: “Donde quiera que existan cubanos está la representación de la Virgen de la Caridad y los tres Juanes para significar el poder de la idiosincrasia cubana”.1

Muchos son los que llevan consigo una estampita de la Virgen o un trozo de piedra de la minas de El Cobre. Muchos somos los que le endilgamos a Martí  cuanta frase nos parece la más justa para explicar la más difícil de las circunstancias. El pedestal que sostiene a las 55 Vírgenes de Meira y Toirac también evoca a José Martí,  “símbolo y síntesis de la nación”. 2

No es casual el hecho de que las imágenes religiosas que hoy exhiben las compraran en ciudades norteamericanas donde se asentaban cubanos que escucharon la prédica martiana, clamando por la independencia de Cuba del yugo español. En Tampa, Nueva Jersey, Cayo Hueso, encontró el Apóstol hombres y mujeres que contribuyeron de distintas maneras a construir la Patria.

Pareciera que con ese gesto, que tiene de artístico, de fe y de comercial, Meira y Toirac tendieran puentes entre ambas naciones; esos que hoy, al fin, echan por tierra duras décadas de hostilidad. Quiero imaginar que este ir y venir de la Virgen de la Caridad entre las dos orillas también contribuyó al entendimiento entre los dos pueblos.

Cinco años ha durado el proceso de construcción del altar. En ese período los artistas han cruzado las 90 millas que separan a Cuba de los Estados Unidos en varias ocasiones, han ido a llevar su arte aprovechando una de las pocas brechas para el diálogo que dejaba el bloqueo. Todo comenzó con la exposición Queloides, que indagaba en la racialidad, y desde allí salió la Virgen mulata a recorrer la geografía estadounidense durante largos cinco años—cinco, el número atribuido a Ochun— para regresar a La Habana en circunstancias impensables en 2010. Ahora están a punto de abrirse las embajadas de ambos países, se ha realizado un encuentro deportivo entre equipos de fútbol de las dos orillas y algunas estrellas del pop eligen a la capital cubana como escenario para sesiones fotográficas.

Estados Unidos, como apunta el investigador Pedro Pablo Rodríguez,  fue “el laboratorio social en que Martí vio, estudió y denunció los problemas del mundo moderno”.3

En ese sentido añade: “la lógica martiana no fue la de la ganancia capitalista, ni la de la conquista de la naturaleza por el hombre, ni la del progreso rectilíneo y uniforme, sino la de la permanente búsqueda de la armonía del hombre y la sociedad como entes naturales, la de la liberación espiritual de los seres humanos, y la del reconocimiento de las diversidades culturales y civilizatorias”.4

Esa lógica también acompañó a Meira y a Toirac en sus ires y venires, en las reflexiones que los llevaron a erigir un altar “con todos y para el bien de todos”. Altar de imágenes artesanales, que se desliza entre el arte religioso y el arte político, construido sobre la base del estudio y el esfuerzo, hechos con trozos de sus vidas, de sus sueños.

 



[1] La Gaceta de Cuba, enero-febrero 2012; pág 5

[2]Pedro Pablo Rodríguez; Pensar, prever, servir. El ideario de José Martí, Ediciones Unión, 2012; pág 173.

[3]Ibídem; pág 10

[4]Ibídem; pág 181

 

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