De Narices, Rojas sonrisas

María Laura Germán • Matanzas, Cuba

Recuerdo la primera vez que supe del Narices Rojas, fue en su cuarta temporada; en aquel momento yo trabajaba como parte del elenco del Barquito de papel, y una de las sedes del evento era el añorado Teatro Sauto. Desde entonces continué al tanto de estos encuentros, que considero necesarios y útiles en tanto sea fértil y honesto el intercambio que en ellos se realiza, pero los seguí desde fuera, desde ese silencio que como espectadora siempre me conmociona cuando “tropiezo” con un buen payaso.

Imagen: La Jiribilla

Este año René Fernández, Teatro Papalote, y todos los que nos sentimos parte del colorido fenómeno, celebramos con orgullo los 15 años de Narices Rojas, que más que un hermoso nombre es una familia, un abrazo, una sonrisa compartida, una ilusión lanzada al viento que hoy regresa oronda a los brazos de sus creadores con una carcajada victoriosa.

Algunos grupos cambian, otros se repiten. Algunos no han estado nunca y es triste porque se nota la ausencia. Pero no es momento de hablar de vacíos.

Cada suceso para que sea lo suficientemente grande o maduro ha de errar y superarse. Y si de algo nos hablan 15 años ininterrumpidos de encuentros entre payasos, es de crecimiento.

En la Biblioteca Provincial Gener y Del Monte el público tuvo oportunidad de recibir una lección de vida, de aquello que Martí definió alguna vez como «Honrar honra»: una verdadera muestra del valor palpable del arte del clown. Recuerdo entonces a Patch Adams “el médico payaso”, y cómo no hacerlo al recorrer las instantáneas que como regalo inconmensurable nos traen los Payasos Terapéuticos de La Colmenita.

Imagen: La Jiribilla

Es sabido que el proyecto de La Colmenita ha tenido como eje central la integración social y cultural destinada a niños y jóvenes sin importar procedencia, color, o condición física. Pero esta vez el trabajo pasa de altruista a milagroso, y lo constatamos en la exposición fotográfica Veo, veo… ¡Payasos!... ¿de qué color?, en la que los autores son los niños pacientes del Instituto Nacional de Oncología y Radiobiología de La Habana.

Si cada nueva acción de La Colmenita en este ámbito de trabajo es conmovedora, esta lo es más. Observar a los payasos desde el ángulo particular de cada niño que los fotografió, implica establecer una conexión directa con el alma que —tristemente—no sabemos cuánto más estará con nosotros: algo así como el arte mismo. Sus fragmentos de felicidad congelados para siempre nos hablan entonces también de abrazar la vida cada día con más fuerza y con menos egoísmo.

Está de más agradecer a Hilos Mágicos, Teatro Océano, La Chinche, Los Elementos, El Mirón Cubano, Las Estaciones, a las compañías circenses Fénix y Espectro, y a Papalote, porque más fuerte que nuestro agradecimiento son los rostros sonrientes de los niños. No está de más cantar “¡Felicidades!” a nuestros payasos: los del teatro, los del circo, los de la calle, los de los cumpleaños, los terapéuticos, los que nos inventamos cada día para sobrevivir al absurdo… Nunca estará de más que, al menos una vez al año, podamos salir a la calle con nuestras narices rojas a luchar contra el tedio, el dolor, la maldad, la crueldad, el materialismo o la egolatría, con el arma más poderosa del mundo: la sonrisa.

Imagen: La Jiribilla

 

 

 

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