Rubén del Valle: “una fiesta del arte cubano”

Maylin Guerrero Ocaña • La Habana, Cuba

Como una fiesta del arte cubano calificó Rubén del Valle Lantarón, presidente del Consejo Nacional de las Artes Plásticas, esta edición de la Bienal de La Habana. No deja de tener razón. Ahí están para confirmarlo la mega exposición Zona Franca, en el Parque Histórico Militar Morro Cabaña, que involucra a más de 260 artistas nuestros; así como los restantes espacios que integran el programa colateral y acogen también la obra de cientos de artistas del país.

Imagen: La Jiribilla

En entrevista con La Jiribilla, Del Valle nos habla sobre lo que ha significado este evento para el desarrollo del arte producido en la Isla, y en especial lo que en este sentido ha logrado la presente edición.

“Antes de la novena Bienal prácticamente todos los proyectos de arte internacional que el centro Wifredo Lam no incluía en la muestra central, pasaban al programa colateral. A partir de la novena edición se decidió que el programa colateral estuviera dirigido fundamentalmente a la promoción del arte cubano, que es también una de las misiones del evento, al ser el principal espacio de proyección internacional, e incluso nacional, del arte producido en la Isla. No se puede hablar del desarrollo y la proyección que ha tenido el arte cubano en los últimos años sino se habla del impacto que ha tenido en este sentido la Bienal de La Habana.

“Aunque en la programación central de esta edición hay 26 artistas cubanos, sobre todo jóvenes emergentes con un discurso muy experimental, cuyas obras responden al concepto curatorial convocado por el centro Wifredo Lam; en esta oportunidad potenciamos mucho más el programa colateral, que como dije está enfocado en mostrar el trabajo de nuestros creadores. Por ello convocamos a los artistas, siempre desde una perspectiva de respeto absoluto a la diversidad, la pluralidad, la defensa de la libertad de creación en sus acepciones más amplias, que no respondiera a criterios curatoriales estrechos, generacionales, estilísticos, estéticos, sino que representara lo que está sucediendo hoy en el arte cubano”, explica del Valle.

El resultado está ahí: la muestra de arte cubano más grande que se ha hecho en la historia. En ella coexisten distintas manifestaciones de las artes plásticas, diferentes discursos, tendencias y generaciones.

“A partir de ahí se organizó la exposición Zona Franca, que originalmente estaba concebida solamente para los espacios de la Cabaña, pero por la gran cantidad de proyectos que se presentaron tuvimos que contratar los espacios del Morro. El resultado está ahí: la muestra de arte cubano más grande que se ha hecho en la historia. En ella coexisten distintas manifestaciones de las artes plásticas, diferentes discursos, tendencias y generaciones que van desde la obra de artistas como Pedro de Oráa, quien desde los años 50 ya estaba en la vanguardia de la producción visual, hasta aquellos muy jóvenes recién egresados de la academia San Alejandro. Por eso el nombre de Zona Franca, porque es un espacio de confluencias, intercambios, libertad.”

Las muestras colaterales se expanden por toda La Habana sobre este suceso, el directivo amplía: “existe también una programación colateral distribuida en diversos sitios de la ciudad —espacios comunitarios, cines, galerías municipales y centros culturales de la Oficina del Historiador— la cual reúne una producción nacional muy diversa, con muchísimas obras de valía y de calidad. Evidentemente la Bienal es una fiesta del arte cubano, que no hubiese sido posible sin el compromiso de los artistas, quienes llevan prácticamente un año trabajando en la producción de sus obras, con su talento, sus recursos, para que este proyecto quedara de la mejor manera posible”.   

Imagen: La Jiribilla

Además de servir como una plataforma indiscutible para la promoción del arte cubano, ¿pudiera funcionar también la Bienal como un espacio para la comercialización de las obras de arte producidas en la Isla?

No nos interesa que sea una plataforma de comercialización, aunque indiscutiblemente en la medida en que tú promueves, estimulas el interés de adquisición de las obras. A nosotros, más que un espacio de comercialización, nos interesa que la Bienal sea un lugar de confluencia, de diálogo con los públicos más diversos. Creo que uno de los fenómenos más agudos que tiene el arte contemporáneo es precisamente que se ha convertido en patrimonio para las élites, para quienes pueden adquirir las obras, los que tienen dinero. Nuestro interés es que el arte, más que un patrimonio de minorías que pueden comprarlo, sea un patrimonio de la sociedad que sirva para mejorar al hombre, para hacerlo crecer, que se cuestione la realidad, la vida, y en última instancia, para que disfrute de su belleza. Esa es la razón de ser de la Bienal.

Cierto que en esta edición ha existido un marcado interés por parte de coleccionistas y galeristas norteamericanos de venir a Cuba a adquirir obras, porque ven a nuestro país como una especie de tesoro escondido, lo llaman así; pero eso marcha con absoluta independencia de la vocación y la voluntad de las instituciones culturales cubanas. Nuestra política defiende más esa vocación social que el puro acto comercial de la venta de las obras.

Imagen: La Jiribilla

¿Qué complejidades logísticas y económicas implica la organización de un evento con estas características en Cuba?

Una Bienal en cualquier lugar del mundo, así sea la más pequeña, cuesta millones de dólares o euros. En Cuba los presupuestos son muy exiguos en relación a otras partes. Aquí se puede hacer gracias a una voluntad, en primer lugar institucional, pues todo el sistema de instituciones del Ministerio de Cultura hace suyo el evento y trabaja en función de él. Además, también hemos recibido gran apoyo del gobierno y el partido de la ciudad, que han tenido un liderazgo tremendo en todo el proceso de organización, logística y aseguramiento.

Por otra parte, la mayoría de los artistas extranjeros cobrarían muchas de las cosas que hacen aquí, sin embargo, vienen a partir de la mística propia de la Bienal de La Habana, que convoca muchas voluntades, muchos amigos, mucha solidaridad, no solo nacional, sino también internacional; y vienen por las cosas que se producen aquí, que no ocurren en otros eventos. En la Bienal de La Habana no hay programas VIP, para las personalidades más importantes. Aquí se le dio el mismo tratamiento a Michelangelo Pistoletto, a Daniel Buren y Joseph Kossuth, que estuvieron con nosotros, que al artista más emergente proveniente de África o América Latina. La solidaridad, ese valor tan imprescindible para la humanidad, es parte de la mística de la Bienal. Aquí la gente viene a relacionarse, a interactuar, a ser iguales, y esa es una  de las cosas que más nos estimula y hace posible este evento.

Por otra parte, la mayoría de los artistas extranjeros cobrarían muchas de las cosas que hacen aquí, sin embargo, vienen a partir de la mística propia de la Bienal de La Habana.

¿Está satisfecho con lo que viene siendo la XII Bienal de La Habana?

Debo decir que se nos quedaron muchísimas cosas por hacer, y hemos aprendido otras que harán mejores Bienales en el futuro. Pero creo que en las actuales condiciones que vive el mundo, de crisis civilizatoria, del concepto del hombre en sí mismo, el hecho de que Cuba, un país sin recursos, sin petróleo, con millones de limitaciones materiales, económicas y de todo tipo, sea capaz de concebir este evento, es una demostración de la capacidad que tiene la Isla de generar utopías, sueños, y con eso estoy muy contento. Ver como el Malecón se desborda todo los fines de semana de familias enteras, personas que no son entendidos del mundo del arte, pero que están disfrutado la experiencia, se están cuestionando, están participando, interactuando con el arte, creo que es la mayor satisfacción, por lo menos en el orden personal, a la que he podido aspirar y creo que se ha venido cumpliendo. Así que estoy contento. 

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