Selección de poemas

Luis Manuel Pérez Boitel • La Habana, Cuba

Camino de sauce

                  Iba y venía, delicado y fatal, cargado de infinita energía,
              del otro lado de los firmes barrotes y todos lo mirábamos.

                                                                            [J. L. Borges]

En un abrir y cerrar los ojos la luz serpentea
bajo los árboles y me conmina al silencio. Difícil ha sido
en esta otra temporada rehacer lo que va quedando,
suponiendo que quede lo mínimo. Lo indefinido. Algún indicio.
Cierta cosa pretendo cuando descifro en el dibujo de Miró
la angustia de los cuerpos, un camino de sauce, unas curvas
que vierten sobre mí un largo hechizo. Hechizo de la mano,
providencia esta, hechizo de lo que no pudiera domesticar
en ese paso por la comarca. Llegar - por ejemplo - a Barcelona
y no detenerme en la colina de Montjuïj, sería impensado;
cuando miro atrás sólo queda la Plaza de España, un bosquecillo
por el que voy subiendo, sin percatarme, sin contrarrestar
lo que fue el invierno más cruel. En un abrir y cerrar los ojos,
imagino que esto es España, un camino de sauce, el rostro
irreverente de Miró con una máscara y un espejo, y yo
sólo voy caminando, sólo me dejo llevar, descubro el sur,
cruzo un puerto, no estoy aquí, veo que en la colina
alguien se despide y llego hasta un punto
donde alguien pronuncia mi nombre.
 

 

I
las sombras cobijan
el rostro de los leñadores, el tiempo cubre el dúctil espacio,
las canijas luces sobre el acantilado. suponía el incógnito
transitar entre los bebedores de cerveza.
ya nada sabré de la Estigia. había olvidado a Sócrates:
—Conócete a ti mismo.
pero los navíos ya cruzaban el temporal. y solo quedaban
las sombras, el rumor de las sombras, como si fuese poco.

II
gustaba de los vinillos
en el festín. la acomodadora nos indicaba el sitio perfecto.
alumbrándonos el paso silencioso entre la ciudad, reconocía al paseante.
a deshora, uno puede jugar para reconocerse, y quedar frente al espejo
\ como el héroe que toma una flor en el jardín de Obsidiana
y llega después a simular el acto, a no reconocer
el sitio del encuentro porque es demasiado el otoño o porque no hay otoño
palpable después de todo.

III
si pudiera llegara con el amante
al inhóspito sitio. desde un ciprés escribo cosas
que nadie logra equiparar. suponía un barco, las carpas de un circo
entre la multitud, y creo que hasta Dios pudiera imaginar
la dureza del cuerpo, la sed del cuerpo.
desde un ciprés pretendo revivir la llegada del San Miguel Arcángel,
mientras otros buscan en la trastienda algo que no tendría solución,
la fragancia de un geranio, o el canto de un pájaro que se pierde
\ después del trigal. ahora.

Un día acabaré siendo la nada

quizás vestía de blanco y era aquel hombre acercándose a la multitud de un parque de provincia. buscaba, tal vez, entre los ralos árboles una noche de invierno, un sendero que no conducía a ningún sitio posible. el incoherente paisaje que me advierte de un raro fingimiento, de una utopía, nada tiene que ver con aquel hacedor buscando el soliloquio, el velamen. en la vorágine de un tiempo, un día acabaré siendo la nada, el despertar de un hombre junto a lo extraño, quizá fue un signo de mala suerte. según el ángel de la guarda, nada pudiera contra el que me desconoce entre las caravanas de una ciudad invisible. vestía de blanco, y te­­n­­ía un nombre me­mo­rable y una casa en las afueras pintada de cal y figuras de yeso. cuando amanecí reconocía en el rostro de Rimbaud un sueño parecido, un hombre es siempre un sueño parecido, el sueño dentro del sueño, el hombre dentro del hombre. un poema nos sumerge en el convite, más allá del convite. entonces salgo de la historia, y queda afuera la ciudad irremplazable, el nombre que no tuve, el amigo que llegó para ocupar el sitio. si me dijeran cuál es mi nombre verdadero, yo fuera entre la multitud de un pueblerino parque y me sentara como si fuese domingo, como si fuese un desconocido que escribe un poema para concebir el hierático paso de la noche.

 

                                                               Nadie habrá de suponer
                               que esto es de gran importancia para la nación
                                                                           [W.C. Williams]

mi madre fuma Marboro Light, como si fuese una amenaza
pública. mientras descubro que en la calida habitación duerme
un gato siamés, me olvido del Empire State
y confundo las postales. la observación que hago
de las cosas dispuestas al límite, es irracional. el ser que soy
se diferencia de lo irracional, del negativo?
deambulo. tengo adicción por los breves momentos.
pretender que un instante anterior me nace,
se reproduce en mi sino, es justificar
ese humo que a ras de la cabeza me sostiene,
como la trastienda. y corre marzo sobre el cuerpo.
el fantasmagórico ¿cuerpo del otro?
así fue la impresión que nos dejó ver los peces
en el mercado central.
mi madre mira de soslayo la avenida
donde el que va delante tiene su cuartada y la razón;
parte de la razón. (viendo que la razón es un supuesto
juicio que provoca un ideal abstracto).
el sacrificio es admitir en el otro que la reducción
de tales espacios nos provee de felicidad.
luego se evaporó el gramófono y las cartas
(¿tus cartas?) fueron el pretexto
para adueñarse de lo que quedó.
tengo mal dormir y entre la ventana y el cuadro
del abuelo las cosas fueron desapareciendo.
todo está en marcha cuando busco
en la prensa nacional aquellos otros peces
y la bitácora. Nadie habrá de suponer que esto sea
de gran importancia para la nación.
mi madre fuma Marboro Light y desmiento
cada una de las postales del ilusionista. cada una de sus jugadas
que parecen perfectas. a simple vista es descubrir
cómo se empolva la memoria o parte de la memoria,
y hasta los discos de los Beatles. aquellas fachadas
parecen de mal gusto y enrarecen la quioscos de la multitud,
aún cuando hemos perdido el tiempo. mi madre reconoce
que existe la posibilidad de doblegar ese espacio,
cuando en la calle nos detenemos en un punto preciso
(¿en el mercado?), sólo ella y yo nos damos cuenta
que por un minuto algo de nosotros había cambiado
de repente.

Vida de poeta

                                                Et je m´en vais/ Au vent mauvais
                                                       .Qui m´emporte/ Deçà, delà,
                                                           .Pareil à la/ Feuille morte.
                                                                          [Paul Verlaine]

recordando el Boulevard Saint-Michel,
la tarde se perdía. después de apostar por el otoño
próximo. Verlaine cubría el banquillo húmedo
frente al bar donde los poetas pierden sus anhelos,
quizás. cruzamos unas palabras para distinguir el órfico
enigma. y nada nos pareció tan práctico
como aquel hombre que nos invocaba al poeta.
tenía cierto orgullo por la música que provenía
de los bares de costumbres. allí pasamos la noche.
la incierta morada fue un lujo y el desconocido
nos auguró salvarnos. tenía un papel en sus manos,
que repasaba como algo necesario. la luz de aquel
paraje, por ejemplo, delataba al poema que no pudo
ser diferente. Verlaine a esta misma hora estaría
por aquí, con sus sombrero, y la sombra fantasmagórica
de Rimbaud. ellos tenían una conversación
a orillas de aquel refugio. no me asombré. así
es la vida de poeta. y me voy –igual que Verlaine –
con el viento malo, que me lleva, aquí, allá,
semejante a la hoja muerta.

Bella época

un día en medio del sendero
alguien te preguntará por el advenedizo
hombre que llevas y habrá un silencio.
una demoledora paz cubrirá
en apretado instante la arboladura del verano. los pastos que cubrían
la cabaña donde el fuego se debatía en cubrir
tanta soledad. el incienso nos proveería de la súplica
y sólo habría una abertura para recordar al padre
que dispuso en un páramo, la hora del te.
la renovada imagen de un Dios que se asegmenta y nutre,
entre promontorios, la imagen misma, la falta de lumbre.
cabría decir, son tiempos difíciles,
pero en un poema algo hay de neutralidad;
de esas imágenes que la artista nos impone
en medio de un tiempo. el despertar, sus saudades
como marineros que se aíslan, como cuerpos dispuestas
a la noche o al comienzo, en lo irreverente,
como pudo ser la mano poderosa que se deposita
o la fatiga del viaje. La artista conoce de las sombras
y solo nos enmudece ante la época, el rostro
equidistante de los hombres. son tiempos difíciles.

ellos tomaban vino de Rusia y yo me quedé
pensando en el ocaso donde un cuerpo desaliñado
me convoca. cae la tarde. al final
no estoy tan solo en la cabaña.
vuelve la fe al centro de la mesa y es la hora precisa,
la supuesta hora. ellos beben en vasos de cartón sus glorias
terrenales, sus dudas. podría admitir
que marzo no fue el último reducto, ni la plegaria.
por la filigrana que me conduce al sitio de reposo, admito
la bella época, es decir, el invierno.
no creo que se haya caído
una rama del árbol milenario, por azar. un cuerpo pasa a ras
del poema y enmudezco
para no reconocer su breve estancia.
cabría decir, son tiempos difíciles, pero no me atrevo
a confirmar lo imposible, a ir deletreando un nombre,
en el supuesto nombre. y cae la tarde
con sus mejores luces desde la cabaña donde los cuerpos buscan
el estío, lo efímero del sitio. ellos referían épocas
antiguas donde la lumbre
era la mejor opción. bastaría escuchar en medio del sendero
al hombre que llevas, y habrá un silencio enorme, una demoledora paz.

Al fondo el agreste paisaje. La inusitada noche

hace unas horas, me asomé a la ventana. saldremos de un sitio para entrar en otro, nos ratifica la tarde. deletreo el espectáculo del que somos inseparablemente los cuerpos (¿los únicos cuerpos?). el umbral. la inteligible morada. a nada he renunciado cuando a ciegas descubro al niño que corre detrás de su pelota. y veo al ómnibus cerca. la muerte. en la ventana un geranio se aferra a la frontera por donde las voces penetran agujereando todo lo material, develando el vacío. gustaba de tomar esos vinillos a la hora de la cena. con posterioridad mi mano no pudo alcanzar la pelota y el niño sigue donde antes. al fondo el agreste paisaje, la inusitada noche nos devuelve la arboladura. a ciegas tomo un candil para desmentir el universo que penetra, la desnudez que me abriga. he tenido demasiada suerte de que la lluvia sea irrepetible. un salto. el vendaval. siento el gemido de las ánimas cuando parsimoniosas cruzan la penumbra en desasidas imágenes como un soplo de luz por la ribera.

los días van transcurriendo.

aparentemente gustaba ver en los pastos al pájaro meciendo la neutralidad (¿su neutralidad?). laceraba el antagónico y abrupto relieve, el áspid, donde yacen todos los sortilegios del mundo. la filosa huella que consterna al hombre. ni la nieve ya ronda el ocre de la foto donde la noche penetra los juncos derramados y se escuchan las voces de los muertos. también tuvo suerte el ruiseñor pero una advenediza imagen nos hizo a otros sitios, ya invisibles. si pudiera abrazar la demoledora razón que nos habita, y nos arroja al fuego de estos años, como pétreas máscaras, como torpes animalejos dispuestos a morir en una obsesión que va más allá de los límites, de ese indescriptible aroma que nos impone el nogal, las aguas de un río, o la palabra eternidad.

los días van transcurriendo.

por la ranura admito el vértigo. las canijas luces del Oráculo de los hombres, donde una vez resurgían las sombras, la ceniza, y la tierra del anacoreta era un sitio de reposo. allí hubiera repasado estas –mis- palabras, como ahora deletreo la mano arrugada y temblorosa frente a este sosiego que me impone el mar, el reflejo de las aguas que alguna vez cubrieron esta Isla. el mapa que se distiende invade el lúdico escenario. gustaba tomar esos vinillos a la hora de la cena. la multitud seguía impenitente. la fatiga ha devorado los contornos de un árbol, los trasnochados aromas de una estación que nunca pude precisar. los temores me encumbran y veo que estoy solo en la fachada de la foto, justo donde el ocre se adueña de los que compartían el sitio. adentro hay sombras, y palabras, y algo de luz (¿pudiera ser posible?). afuera, apenas sucede el mediodía y queda, quizás, el rocío entre los geranios del patio. cansado miro el horizonte donde advierto el canto de un ave, el gemido de un animal nocturno, y siento que alguien se acerca y merodea el sitio de reposo. esperanzado, descorro las cortinas.

los días van transcurriendo.

 

Tomado de Alas Cuba
Ficha: Luis Manuel Pérez Boitel: Poeta y abogado. Nació en Remedios, Villa Clara, en 1969. Es Licenciado en Ciencias Jurídicas, y miembro de la Unión Nacional de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC). Máster en Derecho Empresarial. Entre otros, ha publicado los poemarios: Aún nos pertenece el otoño, Editorial Casa de las Américas (2002); Memorial de invierno, Premio Casa de Teatro, República Dominicana (2006); En esta extraña circunstancia, Editorial Letras Cubanas (2008). Ha merecido, entre otros, el Premio Casa de las Américas de Poesía (2002); el Premio Internacional de Poesía Nosside Caribe, Italia, (2004); Primer lugar del I Premio Internacional de Poesía La Venta de las Palabras, Tarancón, Cuenca, España (2010); Primer Premio Iberoamericano de Poesía Juegos Florales de Tegucigalpa, Honduras (2010); y el Premio Internacional de poesía “Manuel Acuña” (2013)

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