Salidas del coloquialismo en la década de 1970

Virgilio López Lemus • La Habana, Cuba

Para plantear con mejor claridad cómo comienza a salir la poesía de Cuba del coloquialismo, hay que partir de los rasgos distintivos que desarrolló, en la década de 1960 y que de algunas maneras concluyó “su definición mejor” en la de 1970. Llegó a ser la más importante corriente surgida en la poesía cubana en la segunda mitad del siglo xx. Para ello, creo de manera muy sincera que no hay mejor fuente que mi propio libro Palabras del trasfondo (1988),[1] desde donde resumo las siguientes características in situ de la que considero una poética colectiva:

Estilísticas: tono conversacional, verso libre, versículo, líneas versales, prosa poética. Influjos del surrealismo, del realismo narrativo, intertextualidad. Lenguaje cercano al periodismo, al tono épico de los discursos políticos, modos epistolares. Casi destierro de la métrica tradicional hispánica. Prosaísmo. Estructuras gramaticales sencillas, propias de una poesía discursiva, cercana a la objetividad. Reducción de la tropología, sobre todo de la metáfora y mayor empleo de las llamadas elegancias del lenguaje.

Lexicales: lenguaje propio del tono conversacional y del diálogo común. Desenfado con uso de vocabularios tenidos como “palabrotas”, si bien menos frecuente de lo que se suponía.

Ideostéticas: poesía política de compromiso y de militancia con la Revolución (o lo contrario en el exilio), ideologización de izquierda, en algunos casos marxista, poesía de la circunstancia “exteriorista” y “antipoética”. Testimonio colectivo por encima de la confesión personal. El “nosotros” sobre el “yo”. Eticidad y presencia de los valores del hombre revolucionario.

Temáticas: historia reciente, héroes y mártires de la Revolución, la vida en la ciudad, infancia, recuentos (o historias) de vida que incluyen a la familia y a la presencia de los llamados temas eternos: el amor, la muerte, con menores subjetividades que en otras corrientes líricas. Presencia de las lecturas y de los viajes realizados.

Otras características: conciencia de grupo generacional, rechazos del neorromanticismo, de la poesía pura o intimista y del orbe de la revista Orígenes. Características narrativas o épicas, sin abandono de ciertas dosis de efusión sentimental. Cierto sentido de la violencia expresiva.

Ya en 1979 Salvador Arias ofrecía una conclusión que bien caracteriza a la evolución epocal de la poesía cubana: “No puede estrictamente hablarse de coloquialismo o antipoesía como tendencias permanentes, pues las influencias y las búsquedas son muchas e incluso en no pocos casos se advierte ya la reacción al estilo predominante en los años anteriores.”[2] Pocos críticos se opusieron al exceso de coloquialismo (a sus rasgos más prosaístas, politizados, versolibristas casi versiculares o de rompimiento con el concepto tradicional de verso, para mejor ser clasificable como “línea versal”), pero ninguno con mejores definiciones que Juan Marinello, quien en 1973 escribió: “Cabe a nuestros críticos de hoy [señalar] la irrelevancia de cierta poesía coloquial, que no es coloquio ni poesía; así como negar beligerancia al torrente de malas palabras —que bien suenan en la boca de Cambronne o en la brava mujer de Fuenteovejuna—, pero que son como piedras tiradas al lector desde muchas páginas de ahora...”[3]

Imagen: La Jiribilla

Se evidenciaba en esta corriente un deseo manifiesto de expresar lo histórico como cotidiano y de referirse a las circunstancias a través de un lenguaje en apariencia efímero, desde el diálogo estéticamente reelaborado.

La opinión de Marinello de 1973 y el juicio de Arias de 1979, advirtieron sin duda los cambios que se fueron produciendo hacia un gradual alejamiento del coloquialismo, que entonces era todavía muy fuerte entre una mayoría de poetas, en esencia de la Generación de los Años 50, algunos de los cuales mantendrían su fidelidad a los presupuestos coloquiales de contenidos, formales y estilísticos hasta el propio fin del siglo xx y hasta la consumación general de sus orbes poéticos.[4] Se evidenciaba en esta corriente un deseo manifiesto de expresar lo histórico como cotidiano y de referirse a las circunstancias a través de un lenguaje en apariencia efímero, desde el diálogo estéticamente reelaborado.

La poesía coloquialista cubana había comenzado a ofrecer muestras de agotamiento, reiteraciones de modos expresivos, estereotipos léxico-sintácticos y de recursos tropológicos; el prosaísmo alcanzó un tope tal que el poema comenzó a ser más narrativo, más próximo a la prosa de contenido “realista” (¿incluso “realista socialista”?) y más distante de la musicalidad versal de la métrica tradicional hispánica, todo lo cual se presentaba en los inicios evolutivos de esta corriente, pero llevado entonces, en algunos casos, hasta índices de saturación. Como reacción a ello, el coloquialismo perdió de modo gradual la hegemonía, sin que fuese sustituido por ninguna otra corriente o línea de manera predominante.

La corriente no se habría de disolver por completo durante lo que restaba de siglo, gracias a la constante presencia del tono conversacional como factor constructivo del poema. Es muy difícil marcar fechas de extinción de corrientes tan fuertes como el modernismo en su tiempo, o el coloquialismo. Al final de los años 70 es indudable que grupos cada vez más numerosos de poetas intergeneracionales readoptaron un intimismo subrayado por el aludido tono conversacional, pero con un retorno a las formas clásicas de la lengua, en especial al soneto y a la décima.

Imagen: La Jiribilla

 Esta reacción se advirtió sobre todo en las promociones anteriores y posteriores a la Generación de los Años 50 (desde Félix Pita Rodríguez hasta Jesús Orta Ruiz, quienes en un momento de los 60 habían adoptado modos típicos de la corriente coloquial), y sobre todo en las promociones entonces emergentes, formadas por poetas nacidos entre 1946 y 1959, entre las cuales se distinguían dos vertientes esenciales: la inclinación no absoluta hacia las formas clásicas y los elementos de experimentalismo desde la palabra, para escapar del tono conversacional. Por lo general, estos últimos iban a ofrecer el rumbo decisivo de sus obras en la década siguiente, de modo que los 70 fueron para ellos, en su mayoría, la génesis creativa. Sería poco acertado obviar el movimiento objetivo del surgimiento y entrecruzamiento de las promociones literarias y sus consustanciales y sucesivas génesis, floración y rezagos en el surgimiento de los poetas que las constituyen. 

Al final de los años 70 es indudable que grupos cada vez más numerosos de poetas intergeneracionales readoptaron un intimismo subrayado por el aludido tono conversacional, pero con un retorno a las formas clásicas de la lengua, en especial al soneto y a la décima.

Que alguien pertenezca o no a una determinada promoción (y de hecho a una generación), podría ser artículo de arduo bizantinismo de discusiones, pero el fiel de la balanza lo daría su poesía, portadora o no de un cierto “espíritu de época” que dona en ella asuntos estilísticos, formales y de contenidos capaces de reunir tales producciones literarias en un inevitable testimonio (siquiera considerando solo el estético) de época.

A partir de los años 70, y sobre todo al arribo de 1980, ya no podía decirse, sin incurrir en injusticia, que una exigua minoría de poetas fijaron su residencia fuera del territorio nacional. Si bien en los años 60 pocos de ellos se fueron de Cuba en las horas de mayor colectivización de la vida nacional, en la década siguiente y tras el “caso Padilla” o en el momento del éxodo del Mariel, la cifra aumentó incluso con muchos que ni siquiera habían publicado sus primeros textos en la Isla; todos, dentro o fuera del país, pasaron años duros en los que el referente identitario fue tratado de muy diversas maneras, acentuándose la nostalgia [5] entre los que tuvieron o no otros tipos de fidelidades sociales o estéticas en relación con los que siguieron residiendo en Cuba, con mayor o menor grado de integración y compromiso social.

Desde el punto de vista estético y de la evolución inmanente del género literario, las diferencias fueron, en algunos casos, solo de contenidos o de enfoques divergentes de esos contenidos, en tanto que las formas, los estilos, los tonos expresivos, resultaron semejantes a los que presionaban a la escritura epocal dentro del país. La selección de Ana Rosa Núñez Poesía en éxodo (Miami, 1970), representó muy bien la dispersión del exilio de los años 60. Hay en ella un material de síntesis muy útil para los investigadores. Allí pueden subrayarse varias características esenciales: 1) poesía tanto neorromántica o conversacional de franca oposición a la transformación revolucionaria; 2) presencia de los temas íntimos a veces asociados al desarraigo de la salida del país y con componentes intimistas emotivos neorrománticos o próximos a tal corriente lírica; 3) continuidad formal con la poesía de la década de 1950; 4) alejamiento considerable de los orbes creativos de Orígenes, 6) indudable presencia del tono conversacional pero sin que la mayoría de los poemas integrasen por entero los credos coloquialistas. La poesía de la emigración fue adoptando en los 70 temas más universales o de cubanía implícita y hasta explícita, signada por la nostalgia, con menos énfasis en el referente político “anticastrista”, que en lo sucesivo comenzaría a darse más bien en poetas aislados o en poemas propios de circunstancias. La salida del coloquialismo fue en ella más rápida, dada la dispersión territorial en que estos poetas se asentaron.

De ninguna manera este momento de la poesía editada en libros durante la década de 1970, puede considerarse de estancamiento, lapso “gris” o de poco mérito, si bien se advierten las ausencias de voces singulares, silenciadas en las ediciones, pero no en sus respectivas creaciones, como se habría de evidenciar en los años subsiguientes. 

Desde 1971 hubo auges inusitados de la décima y de la poesía para la infancia, ellos fueron fenómenos esenciales y distintivos de la década de 1970, en los que también alcanzó un buen momento el post coloquialismo métrico, la reasunción de temas nacionales relativos a la flora y la fauna y cierto reconocimiento de la oralidad. Dentro de la poesía para la infancia, resultó natural y necesario el retorno a las formas clásicas para lograr una mejor comunicación con el lector ideal de las obras creadas. Los dos libros de tales líneas creativas que dejaron las mejores zagas fueron el decimario Alrededor del punto, de Adolfo Martí Fuentes, de 1971, y Juegos y otros poemas, de Mirta Aguirre, poesía para la infancia editado en 1973. La reivindicación de los metros clásicos del idioma que realizaron estos dos poetas, iba a dejar huellas muy visibles incluso hasta nuestros días.

De ninguna manera este momento de la poesía editada en libros durante la década de 1970, puede considerarse de estancamiento, lapso “gris” o de poco mérito, si bien se advierten las ausencias de voces singulares, silenciadas en las ediciones, pero no en sus respectivas creaciones, como se habría de evidenciar en los años subsiguientes. 

Creo necesario ofrecer un breve panorama de lo que aconteció en líneas generales en materia de publicaciones de libros [6] en la referida década, muestra de manera más objetiva el desarrollo post coloquialista de la poesía cubana. A continuación, cito solo algunos títulos y autores como referencia.

La corriente coloquialista tenía sus fieles continuadores, lo que se muestra en el siguiente esquema de ejemplos por años: En 1971, César López publicó (en España) su Segundo libro de la ciudad, y Pedro de Oráa (en Cuba) Apuntes para una mitología de La Habana; en 1972 apareció La pedrada de Fayad Jamís, si bien con textos de las décadas de 1950 y 1960, quien al año siguiente publicó Abrí la verja de hierro; quizá Fayad fue uno de los coloquialistas más dados a la metaforización que le donó su inaugural surrealismo de los años 50; en ese 1973, Roberto Fernández Retamar dio a conocer Cuaderno paralelo, ya situado como uno de los poetas paradigmáticos de esta corriente lírica, mientras Jesús Orta Ruiz ofrecía su único libro conversacional: Entre y perdone usted. En 1974 tuvo alguna repercusión Juracán, de Manuel Martínez Matos. Luis Marré publicó en 1975 Voy a hablar de la dicha y al año siguiente Alberto Rocasolano Es de humanos. Fernández Retamar volvió con Circunstancia de poesía en 1977 y Domingo Alfonso el Libro del buen humor en 1978. Con estos y varios otros libros de diferentes autores, la corriente coloquialista mostraba plena vigencia y desarrollo vivo. Había una franca poesía testimonial visible en el cuaderno de evocación vietnamita de Retamar, en el libro de Martínez Matos sobre el ciclón Flora, y en Queriéndolos, nombrándolos, de David Chericián, edición de 1971 sobre la llamada Zafra de los Diez Millones, entre otros. Algunos poetas más jóvenes en edad que los referidos (pongo los años de nacimiento de 1938 a 1945 para mi referencia), publicaron por entonces un coloquialismo mucho más politizado, acentuaron el “realismo” y el prosaísmo y se identificaron con los presupuestos estilísticos, formales y de contenidos de la corriente coloquialista.

El llamado “Caso Padilla” trajo consigo una penosa etapa de silencio editorial para un grupo de poetas no todos de ortodoxia coloquial. Predominaron entonces matices de desconfianza y cierto temor ante las circunstancias no estéticas, sino políticas, que dañaron el mejor desarrollo de la poesía in situ. El propio Heberto Padilla, desde su polemizado Fuera de juego de 1971 (en verdad de 1968, cuando ganó el Premio de la UNEAC), no volvió a publicar nuevo poemario hasta hallarse en Barcelona, con El hombre frente al mar, de 1981. Antón Arrufat extendió el plazo de silenciamiento desde Escrito en las puertas, de 1968, hasta La huella en la arena, de 1987. Manuel Díaz Martínez saltó de su exitoso Vivir es eso, de 1968 a Mientras traza su curva el pez de fuego, de 1983. Pablo Armando Fernández no se apartó de ningún sitio, pero no vio ediciones de poemarios desde Un sitio permanente de 1969, hasta Aprendiendo a morir, de 1983. Rafael Alcides Pérez hizo extensivo el silencio editorial desde La pata de palo de 1967 hasta Agradecido como un perro, en 1983, y repetirá tal separación de las ediciones dentro de Cuba desde la mitad de la década de 1990. Raúl Luis pasó de su coloquial Las pequeñas historias de 1967 al muy post coloquial El resplandor de la panadería, de 1982. Dentro de Cuba, César López vibró en silencio tras publicar en 1967 Primer libro de la ciudad y volver sobre las ediciones con Quiebra de la perfección, de 1982, y sobre todo con Ceremonias y ceremoniales de 1989, muy importante para comprender los años 70. Pareciera que el deshielo llegó para todos estos y otros poetas durante la década de 1980, ya para entonces con rasgos post coloquiales bastante definidos, pero sus silencios de publicaciones en la Isla pueden ser tenidos como rasgo no positivo de la década. Francisco de Oráa pasó de Con figura de gente y en uso de razón de 1968 a un coloquialismo mucho más atenuado en Ciudad, ciudad, de 1979. Diferente Rolando López del Amo, quien de un libro inicial de 1971 fuera del orbe coloquialista, Antiguas comuniones, se incluyó en esa corriente con Los nombres y los días, de 1977.

Asimismo un grupo de autores se saltaron la década, poetas que usaban el tono conversacional pero no fueron ortodoxos con la poética colectiva coloquialista y a veces se alejaron bastante de ella. Carilda Oliver Labra solo volvió a editar desde sus Versos de amor de 1963, Las sílabas y el tiempo en 1984, con su personal mezcla neorromántica, surrealista y coloquial. Carlos Galindo Lena dio otro gran salto desde el muy lírico Hablo de tierra conocida de 1964 hasta Mortal como una paloma en pleno vuelo de 1988, de muy bello post coloquialismo. Roberto Friol estuvo 26 años sin publicar y voló de Alción al fuego de 1962, no bien recibido por los coloquialistas más intensos, a Turbión, de 1988, como Cleva Solís, quien editó dos libros en 1961: A nadie espera el tiempo y Las mágicas distancias, y ninguno más hasta Los sabios días, de 1984. Friol y Cleva recibieron injustos tratos de “epígonos” de Orígenes, siendo ambos poetas notables en la superación del más testimonial coloquialismo, con un uso muy mesurado y lírico del tono conversacional, que puede ser mejor tenido como un elemento distintivo de la poesía de los años 80. Rafaela Chacón Nardi, sentimental y subjetiva, no podía ser bien entendida como una coloquialista a menos que usase, como lo hizo, dosis de tono conversacional, pero ella cruzó desde De rocío y de humo de 1968 a Del barro y las voces, de 1978, con abierto sentido post coloquial.

La Editorial Letras Cubanas y Ediciones Unión desempeñaron papeles decisivos en estas ediciones, con libros de influencia para que el coloquialismo no continuara siendo la única corriente cubana del final de siglo.

En la década de 1970 se publicaron libros capitales de grandes poetas cubanos, cuyos orbes creativos pudieron tener estaciones conversacionales, pero no fueron coloquialistas. Resultaron de hondas influencias para el surgimiento de una nueva poesía las Obra poética de Nicolás Guillén, en 1972, y de Regino Pedroso en 1975, y la Poesía completa de José Lezama Lima, en 1976, cuyo gran orbe de resonancia creció en la década siguiente al de su deceso. La Editorial Letras Cubanas y Ediciones Unión desempeñaron papeles decisivos en estas ediciones, con libros de influencia para que el coloquialismo no continuara siendo la única corriente cubana del final de siglo. Como se advierte, sigo el tractus esencial de los libros publicados, pero en las revistas literarias de aquellos tiempos hay muestrarios de diferentes voces y diversos enfoques de la escritura lírica.

Baste recordar tres obras de Félix Pita Rodríguez: Historia tan natural de 1971, Tarot de la poesía de 1976 y Cantigas de 1978. Los dos primeros fueron una escuela bien recibida para las nuevas promociones de poetas nacidos en Cuba tras el fin de la Segunda Guerra Mundial. Eliseo Diego dio a conocer otros dos libros vibrantes para los más jóvenes poetas de la época: Nombrar las cosas, de 1973 y La casa del pan, de 1978. Muchos creadores jóvenes, nacidos sobre todo desde 1946, observaron las obras de estos dos poetas con subido interés, sin imitarlos, pero conscientes de los aportes que ellos hacían para las búsquedas de nuevos cotos poéticos.

Con menor intensidad de influjos pero no poca significación para la superación del coloquialismo, aparecieron Copa de sol en 1978, de Ángel Augier, Ayer de hoy en 1980 de Mirta Aguirre, o cuatro obras de Nicolás Guillén: La rueda dentada y Diario que a diario de 1972, El corazón con que vivo y Poemas manuales de 1973. La Poesía de amor de Guillén habría luego de tener repercusiones, como su El libro de las décimas de 1980 y El libro de los sonetos, de 1984. Décimas y sonetos siguen siendo muy cultivados hasta hoy.

En tanto, en particular la promoción nacida alrededor de 1940 a 1945 tuvo en José Z. Tallet un buen maestro, sobre todo cuando en 1978 apareció su Vivo aun. Muchos de estos autores mantuvieron sus obras dentro de los parámetros coloquiales, buena parte de ellos no se parecen en sus tan coloquiales obras ni estilística, ni formal ni en los contenidos a los poetas que les siguen de inmediato en edad. Algunos de ellos hicieron circular en los 80 con carácter despectivo el término “tojosista”, para referirse a asuntos temáticos agrestes de los más jóvenes, si bien ese apelativo solo contemplaría a un grupo de las dos siguientes promociones de creadores, cuya caracterización general contempla otros muchos aspectos post coloquiales, y que pueden entenderse mejor en las reales proyecciones editoriales de la mayoría en la década de 1980.

En todo caso, lo que importa no es el asunto generacional tan discutible, sino las familiaridades o diferencias estéticas entre poetas o grupos más o menos grandes de ellos y sus aportes de novedad.

El estudio de cada una de estas promociones (de los coloquiales nacidos entre 1940-1945 y las dos post coloquiales, una de 1946 a 1950, y la otra desde ese mismo año hasta 1959, en apretado esquema de nacimientos biológicos), ofrecería una mejor huella desde un coloquialismo militante hacia un tono conversacional menos comprometido con la poesía política anterior. En todo caso, lo que importa no es el asunto generacional tan discutible, sino las familiaridades o diferencias estéticas entre poetas o grupos más o menos grandes de ellos y sus aportes de novedad.

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