Fulgores de un escenario vivo

Rubén Darío Salazar • La Habana, Cuba

Los raíles de la expresiva imagen de la portada de Rieles. Teatro en torno a Camagüey, el más reciente libro publicado por el teatrólogo Omar Valiño, bajo la impronta de la editorial agramontina Ácana, en su colección Suma y reflejo, sugieren ese viaje agradablemente obligatorio, aunque algunos tengamos mejores o peores recuerdos para evocar, a la ciudad de los tinajones. Omar, uno de los teatristas que esperan ansiosos esa cita bienal de las tablas cubanas para tomarle el pulso, más o menos exacto, a lo que en materia escénica fulgura en la Isla, recoge en 21 trabajos de opinión su personal criterio sobre la cita camagüeyana con extensiones al Festival Internacional de Teatro de La Habana.

Dedicado al desaparecido maestro de ballet Fernando Alonso y a otros colegas imprescindibles, tanto en la edición del libro como en la vida personal y artística del autor, Rieles… compendia una existencia consagrada al ejercicio del  razonamiento sobre los ires y venires del arte dramático nacional e internacional, por tanto, al leer cada artículo asistimos también al crecimiento tanto intelectual como físico de un creador que se ha convertido en uno de nuestros más agudos e importantes críticos teatrales, y no solo por sus escritos, sino por un cúmulo de acciones en equipo a favor de la manifestación. Desde las Ediciones Tablas-Alarcos, su gesto compartido incluye revistas, libros, talleres, exposiciones, conferencias, concursos y la promoción en general de personalidades y hechos decisivos de nuestro teatro.

Reseñar de manera global, con apuntes precisos sobre una agrupación, un dramaturgo o un director artístico, los últimos 20 años de la escena cubana, es una tarea harto difícil, en tanto hemos vivido un período de tiempo asaeteado de problemas sociales y económicos que han marcado con fuego la creación dramática y todavía seguimos en el intento. En medio de ese maremágnum inabarcable y tumultuoso, Valiño no ha perdido tiempo a la hora de seguir trayectorias, resultados, hallazgos e interrogantes. Sus conclusiones y razonamientos no han excluido casi nada, artistas e instituciones son analizados con la misma pasión, un ardor donde palpita el sentido de pertenencia y la responsabilidad de apostar por el desarrollo del género en todas las regiones del país. Tras el Umbral o acto de fe del autor en las primeras páginas, el libro abre con Teatro post-59, enjundioso trabajo resumen que habla de una visión de ayer a hoy para entender caminos futuros; allanamiento inteligente para los lectores que se adentren en estos rieles donde fulgura un teatro que a fuerza de ser estudiado con afectuosa lupa se mantiene vivo.

Al analizar el VI Festival de Teatro de La Habana, como un rostro plural de nuestra escena, interactuando con grupos de otros lares, así como  el espectáculo unipersonal como poética de un momento de nuestra historia, los nombres de ayer matizan la memoria y refractan una actualidad cambiada, donde pervive la huella del Teatro Buendía, El Público, Danza Contemporánea de Cuba, Danza Abierta o el Estudio teatral de Santa Clara, junto a los desaparecidos Teatro Mío, Teatro Estudio o Teatro a Cuestas, que existe todavía en Colombia, por no mencionar a otros que permanecen subsistiendo en una muerte en vida proclamada desde el silencio o la medianía de sus resultados artísticos.

Cuando leo Teatro en crisis, al borde del futuro o VII  Festival de Teatro, máscaras sin rostro, no puedo dejar de pensarme a mí mismo y a tantos de mis colegas en medio del teatralmente nombrado “período especial”, cuya exclusividad o especificidad de duro lapso marcan el nacimiento de mi propia agrupación (Teatro de Las Estaciones), y de otras que ya no están o continuaron su labor en otros partes del planeta. Seguimos por acá en esa lucha a brazo partido, sin dejar caer el estandarte, por eso vale la pena rememorar aquel diálogo iniciado por medio de señales entre la oficialidad y la escasa realidad material que vivíamos. Lo relatado por Valiño adquiere resonancias entre los sueños de Casandra y las miradas visionarias de Aureliano Buendía, en un repaso que no deja de poner el dedo en la llaga, sintiendo el dolor de la labor mal hecha como propio.

La aparición de Camagüey en el paisaje festivalero, que no festivaloide, de Rieles… significa también el concierto de preguntas reiteradas años tras año, con respecto a la función de los coloquios de la crítica en esa indispensable cita teatral: “¿No está diseñado el festival para este tipo de discusiones? ¿Impedirá el nivel empírico una discusión a fondo sobre cuestiones técnicas? ¿Se sigue menospreciando el papel de la reflexión conceptual? ¿Se teme a la verdad y a la crítica?” Tal parece que los artículos de Omar en 1996, saltaran hasta el presente, obstinados en la construcción de un andamiaje sólido entre la teoría y la práctica de nuestro teatro.

A partir del artículo Fragmentos a su imán: repensar el encuentro teatral en La Habana, ya nada es igual. La publicación entronca por un camino cuestionador que conforma una especie de parte aguas en el discurso general del crítico, dueño a estas alturas de herramientas contundentes que le aportaron su trabajo como profesor,  asesor dramático, experiencias de viajes internacionales, la creación de nuevos planes de promoción y  discusión teórica. Del teatro para niños y jóvenes al teatro experimental o el de origen comunitario y popular, pasando por los clásicos, Valiño transita sin prejuicios enlazando ideas y proposiciones, no deja muchas veces ni títere ni actor con cabeza, oportuno a la vez que inconforme, una marca que lo acompañará en los proyectos a que tendrá acceso posteriormente y que en trabajos como Escena cubana actual: oscilaciones. Notas sobre teatro, institución y espacio social, dejan en claro la madurez alcanzada y su preocupación por el futuro y sus desafíos, las implementaciones de las estrategias artísticas, los vínculos con los creadores, los posibles conflictos con la institución y la necesidad de salvaguardar por encima de todo la cultura nacional.

Los inicios del siglo XXI aparecen reflejados con intensidad en varios trabajos que se suman al Índice de Rieles…, uno puede encontrar el rostro disímil de lo que hemos sido y lo que somos, cuanto queda de aquellos 90 y cuanto no, también lo que hemos alcanzado y lo que nos falta. Me gusta el lenguaje empleado por Omar en sus aproximaciones teatrológicas, consigue armar un texto leíble por todos, y no porque desconozca o no utilice la cientificidad de la voz del arte escénico, sino porque en varias ocasiones mezcla o engarza vocablos técnicos con el giro popular de una palabra transparente que define un suceso o sostiene un criterio, sin que las herramientas gramaticales especializadas tornen oscura la afirmación o la percepción personal de un acontecimiento teatral.

La Habana, Camagüey, el mundo, otra vez Camagüey y La Habana. El espejo del pensamiento es colocado frente a frente, para hablar de sistema social, estructuras anquilosadas, encuentros, cimas y descensos, mutaciones y autocríticas en tiempos de autobombo. Recomiendo este ejemplar a todos aquellos que miran y viven el retrato del teatro cubano de ahora mismo, los invito a ser protagonistas de un viaje a lo desconocido y lo conocido. Veintitantos años de entrenamiento del juicio crítico en el teatro, permiten el acceso a verdades defendidas con explicaciones que hallan su autenticidad en la pertenencia fiel a la manifestación, año tras año. Nombres, fechas, pronósticos y hasta adivinaciones nos regalan un mohín cómplice a aquellos que hemos vivido lo contado, para los que llegan acaso serán fulgores, resplandores de un brillo alcanzado a fuerza de sudor o tela palleteada para la ocasión. Los rieles de un tren imaginario se preparan para viajar una vez más en torno a Camagüey, ciudad destino, sitiada por las artes escénicas, como si purgara la culpa de una maldición benefactora.

Comentarios

Fue un placer para Ácana editar y producir este libro.

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