Teatro

A puerta cerrada por el grupo Punto Azul: Otra espera trágica en el purgatorio

Antonio Enrique González • La Habana, Cuba
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No hay peor tortura que la propia conciencia. Esta moraleja parece levitar sobre los tres personajes centrales de la obra A puerta cerrada, puesta de Carlos Sarmiento sobre el original homónimo de Jean Paul Sartre para el grupo Punto Azul, el cual se halla de temporada en la capitalina sala Adolfo Llauradó, en la conocida Casona de Línea.

Imagen: La Jiribilla

Inés (Gleibis Conde), Garcín (Hamlet Paredes) y Estelle (Massiel Rubio) se ven reunidos en un sofisticado círculo infernal dedicado a los asesinos, como piezas de un ignoto juego asociativo de Satán, o quien quiera que sea la fuerza abstracta a cargo de pulsar los hilos del destino —¿karma? Quizá solo son el resultado de un mero azar que hizo coincidir las tres muertes, las consecuentes condenas de estos seres impíos y su arribo a esta asfixiante esfera —hace recordar el túnel circular sin boca de la obra de Jodorowsky, donde Dios oculta sus fallos.

Pues al final ¿hacia dónde conduce la roja puerta, que como una inquietante presencia ajena y terrible rompe con el sobrio equilibrio cromático de la escena? Puerta que permanece cerrada, para desesperación de los tres protagonistas condenados a soportarse a fuerza de confesiones y traiciones múltiples, suscitadas en el triángulo sádico que intersecta el círculo que los ciñe.         

Más allá de percatarse de la nueva fase de la existencia en que se hallan, como sucede en la desconchada comisaría del filme Pura formalidad (Giuseppe Tornatore, 1994) —proceso concebido precisamente para que el occiso tome conciencia de su nuevo estado, bajo la tortura psicológica de un misterioso policía—, los protagonistas se van despojando de las máscaras habituales con que han (sobre) vivido en la sociedad de los vivos, ocultando sus oscuridades a los congéneres. Son interrumpidos por las ocasionales intervenciones de otro personaje misterioso (asumido por Yordan Castro), pero no tan decisivo como el Comisario que Polanski interpreta para Tornatore; sino más bien un mayordomo, un auxiliar que lubrica un tanto el proceso con el cínico hieratismo y la naturalidad de un verdugo contemporáneo que “sólo está haciendo su trabajo”, así reitera cada vez que interviene.

Imagen: La Jiribilla

Con no pocos guiños a la obra de Eduardo Pavlovsky intitulada La espera trágica, que a su vez bien pudiera derivarse del texto sartriano, predecesor en el tiempo, las relaciones entre los protagonistas se van caldeando de una manera no muy diferente de cualquier grupo humano que es encerrado forzosamente. Y ahí su concomitancia con las dinámicas de las relaciones carcelarias, verdadero sepulcro de lo vivos, como lo clasificó Dostoievski, que se replica tanto en la “beca” cubana como en los reality shows contemporáneos: el ser humano, en condiciones extremas, no siempre tiende a la solidaridad, si no que experimenta un retorno a su génesis animal-tribal y a la natural propensión a sojuzgar a los semejantes y liderar la manada.

Por culpa de lo peor de sí, cada uno está condenado a obsequiar al prójimo lo peor de sí, involucrados en un loop terrible donde sucede una virulenta alternancia jerárquica. Por momentos, Garcín seduce a la aparentemente frágil Estelle, quien es defendida por la enamorada Inés. Luego, Inés humilla a Garcín, para subsiguientemente ayudarlo en la humillación de Estelle. En menos de un pestañazo, Estelle revela sus garras y los terribles secretos de su pasado vivo, burlándose de ambos pretendientes.

Imagen: La Jiribilla

Para A puerta cerrada, Sarmiento opta por desarrollar una puesta intensa, visceral, extrovertida, cuyos personajes danzan con los lobos de sus culpas hasta los extremos de un pandemónium, que por momentos —más de los recomendables— tiende a desbordarse hacia excesos grotescos que conspiran en detrimento de la solidez y el equilibrio de los personajes y la propia fluidez dramática.

A una Gleibis orgánica, expresiva, contenida en los momentos más graves, y precisamente explosiva, se contrapone un Hamlet un tanto desmedido, que oblitera las complejidades psicológicas de su personaje con intemperancias más epidérmicas que orgánicas. Massiel, aunque también exagera los mohines de atolondrada damisela indefensa, reivindica bastante satisfactoriamente este sino caricaturesco, al develar en climático instante sus vilezas solapadas bajo la piel de cordero, estallando en una ordalía malvada —que, no obstante, pudo contener un poco más.    

Necesitada de ciertas regulaciones de tono, A puerta cerrada sostiene un ritmo y una evolución de las acciones bastante ágil, con un sutil pero preciso tufillo de misterio casi policiaco (más bien noir) que cataliza el interés y las emociones.

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