Hostal 51

Alexy Dumenigo Aguila • La Habana, Cuba

— ¿Qué comerán los extraterrestres?

Nunca me había hecho la pregunta hasta que lo tuvimos en el comedor, sentado a la mesa. Ni siquiera estaba seguro de que tuviera hambre, pero movía aquel cuello largo como si estuviera impaciente. El abre y cierra de sus mandíbulas nos estaba poniendo nerviosos.

—Vaya usted a saber. — Rezongó Marta— Yo le voy a servir lo que tenemos, si no le gusta que vaya a un restaurante.

—Quién sabe. ¿Y si le da por comernos a nosotros? — dije yo.

Sí, era hambre lo que tenía el engendro. Me sentí más tranquilo cuando le cayó encima al arroz con frijoles y el huevo frito. Modales no tenía. Aunque las manos se parecían bastante a las de un hombre, no usó los cubiertos sino que agarró el plato por los bordes y lo barrió con su lengua larguísima y pegajosa, la misma que después metió en el vaso de agua que le pusimos. Terminó la comilona con un soberbio eructo y se reclinó en la silla.

—Dime Sergito, ¿satisfecho?— le pregunté, aunque el extraterrestre solamente chillaba una jerigonza que parecía su idioma.

— ¿Sergito? ¿Ya le pusiste nombre?— Marta me miró sorprendida.

—Sí, y dime que no se da un aire con tu primo Sergio... Vamos, no me mires así. No todos los días tienes un extraterrestre de visita en tu casa. Además, míralo, es super-chévere. ¿No crees que se merezca un nombre?

Marta se metió a la cocina, negando con la cabeza y suspirando. Yo me senté a la mesa, frente a él, y lo miré por un rato. Esto va a ser una bomba cuando la gente se entere, me decía yo que en ese momento ya tenía la cabeza fría y trataba de imaginar las consecuencias. En mi cabeza le daba vueltas al asunto. ¿Cuál sería la mejor forma de darlo a conocer? Dentro de poco, pensé, vienen los carnavales y el pueblo se llena de gente. “Entre a ver un extraterrestre de  verdad. Por solo 10 CUC”. No creo que sea demasiado, si hay gente que cobra por enseñar puercos embalsamados de tres cabezas y todo tipo de estafas. Esto al menos es real. 

En eso estaba yo cuando Sergito saltó de la silla y se encaminó torpemente, dando salticos con sus piernas que eran muy cortas, hacia la puerta de atrás, por donde mismo había entrado unos minutos antes. Lo seguí hasta el patio y lo vi palpar el aire como localizando algo. Buscó en un bolsillo de sus ropas (que se parecían bastante a un hábito de monje) y sacó una llave, luego oí como la deslizaba en una cerradura que no pude ver y una puerta se abrió chirriando en el medio del patio. Allí dentro había asientos y un tablero lleno de luces. Una nave espacial. Claro, una nave invisible, por eso nadie pudo ver como aterrizaba en el patio de mi casa. El extraterrestre se dio la vuelta, agitó los brazos como haciendo la ola (me imagino que era una despedida), subió a la nave y enseguida, por el remolino de hojas que se formó, supe que había despegado.

Marta y yo decidimos no mencionar nada de lo ocurrido, igual nadie nos creería. Tratamos de olvidarlo, seguros de que aquel sería nuestro primer y último encuentro cercano o como le llamen a ese tipo de cosas. Pero estábamos equivocados. No pasaron ni dos meses y Sergito ya estaba tocando otra vez a la puerta de atrás. En su segunda visita hasta se quedó a dormir. Le preparamos un catre en el comedor y allí pasó la noche roncando a pierna suelta.

Después de aquello sus visitas se hicieron algo frecuente y llegaron a ser semanales. Yo desistí de aquella idea de reportarlo a la policía y también de presentarlo a 10 CUC. Porque el chivatazo iba de seguro y al otro día vendrían a mi casa la policía, el DTI, el ejército, la Defensa Civil, los bomberos, el CDR. Todos haciendo preguntas. Empiezan por el extraterrestre pero luego quieren saber si es verdad que uno le vendió frijoles a tal o mas cual vecino que se fue de lengua. Mejor no pensar en eso. Además, ya Sergito era como de la familia, aunque la comunicación seguía siendo difícil, siempre mediante señas. Incluso mi mujer dejó de ponerle mala cara y se sentía más cómoda con él rondando por la casa.

Cuando nos habíamos acostumbrado a aquello, Sergito nos sacó otro susto. Se apareció un domingo con el familión completo. Por lo que entendimos de las señas y chillidos eran su esposa, sus padres, su suegra y un enjambre de pequeñas alimañas sin patas que debían ser sus hijos o sus larvas. En aquel momento, hubo que correr a inventar, porque no es lo mismo llenarle la barriga a un extraterrestre que a una familia entera. Tuvimos que ir al patio y matar unas cuantas gallinas. Nos sentíamos alagados por el gesto de Sergito, pero al mismo tiempo preocupados, tratando de imaginar cuál sería su próxima sorpresa.

Las sorpresas no tardaron en llegar, y en las formas más extrañas. Extraterrestres de todos los tipos y de todos los colores lo acompañaban en cada visita, siempre en horarios bien calculados: justo antes del almuerzo o de la comida. A diferencia de Sergito y su familia, estos sí causaban estragos.

—Estos bichos nos van a arruinar — se lamentaba Marta.

—No te preocupes que yo hablo con él — dije tratando de calmarla.

En la siguiente visita, llamé aparte a Sergito y traté de hacerle entender, en unas pocas señas y de la forma más sutil que me fue posible, que éramos personas de bajas posibilidades económicas, una simple ama de casa y un pequeño agricultor de una zona semirural, de un país económicamente bloqueado y que, por si no lo sabía, en este planeta no llueve dinero.

—Entiendo, entiendo. No hay lío. — fueron las primeras palabras que oí salir de su boca. Y las dijo con una soltura que me sorprendió aún más.

El extraterrestre sacó de uno de sus bolsillos unas cuantas piezas metálicas que dejó caer sobre la mesa. Eran pequeñas, cuadradas, ¡y de oro! En aquel momento yo, que soy guajiro pero no comemierda, estaba convencido de que Sergito se había estado aprovechando de nosotros, jugando el papel de E.T. para comer y dormir gratis en nuestra casa. Tuve ganas de romperle aquel cuello flaco, pero la vista del oro me hizo reaccionar. Allí había posibilidad de hacer negocio, y del bueno.

Según me dijo, y fueron sus palabras exactas, Sergito se dedicaba a “tirar pasajes por esta zona de la Vía Láctea” (si, el muy cabrón era botero espacial y llevaba rato haciéndolo) y le venía bien, a él y a sus clientes, hacer escala en la Tierra. El único problema era que no podían quedarse en ningún hotel.

—Mira lo que les pasó a los grises cuando visitaron Roswell. — me dijo él y yo recordé haber visto algo de eso en Pasaje a lo Desconocido.

Si lo que necesitaban era un lugar donde descansar, comida y mantenerse en el anonimato, entonces nosotros se lo podíamos ofrecer por una cantidad razonable de aquellas piezas doradas (la moneda oficial de la galaxia, según Sergito) y así lo acordamos.

Aunque primero lo primero. Había que crear las condiciones, así que levanté tres cuarticos detrás de la casa con ayuda de las monedas y de los ahorritos que teníamos. Los construí bastante alejados y con su baño para no tener la casa llena de extraterrestres todo el día. Lo más importante cuando le alquilas a ese tipo de cliente es mantener las distancias, aunque eso lo fui aprendiendo con el tiempo. Los primeros meses fueron duros, y tuve que probar unos cuantos tragos amargos, como el incidente con los grises, que no puedo dejar de mencionar.

Los grises. Seres simpáticos y sociables... demasiado simpáticos y sociables, diría yo. Al principio nos parecían graciosos con sus cuerpos menudos y sus cabezotas, correteando desnudos por todos lados, aunque aquello no nos molestaba porque no tienen genitales visibles. En las manos siempre llevaban unos tubos con lucecitas, que vibraban. Yo pensé que eran juguetes pero Sergito me contó para qué usaban aquellas cosas y de las orgías que les gustaba hacer. Por eso viajaban en grupitos de seis o siete y se quedaban en el mismo cuarto. Por eso la pegadera con nosotros. Nada, que en el Universo para que sea Universo tiene que haber de todo. Sin embargo fui tolerante, como un buen anfitrión, hasta que se pasaron de la raya. Fue una noche que desperté y mi mujer flotaba por encima de la cama. Le grité, pero no se despertaba y así fue saliendo por la ventana. La estaban abduciendo los muy cochinos. Cogí el machete que siempre guardo bajo la cama y fui hasta el cuarto de los grises. Entré hecho una fiera y los hombrecillos se amontonaron asustados en un rincón. Entonces Marta dejó de flotar. Cayó de nalgas en el medio del cuarto y empezó a dar gritos como una loca.

—Escuchen bien— les dije yo, zarandeando el machete sobre sus cabezas—. ¡Mañana mismo cogen la nave de Sergito y se están largando para su planeta!

Por suerte la sangre no llegó al río y cuando se me pasó la bronca seguí hospedando grises. Claro que a los de aquella noche no volví a verles la cara, pero pensé que no era correcto juzgar a una raza entera por aquel incidente.

Sin embargo, siempre hace falta conocer las distintos tipos de extraterrestre, para saber a qué atenerse y cómo ofrecer un servicio de mayor calidad. De esta forma supe que los hubuk no pueden mojarse porque el agua los quema como ácido; que si dejas muebles de madera en el cuarto de los termitoides, los pierdes; que los Shoggoths son alérgicos al picadillo de soya y los hace explotar, llenando la habitación de restos de protoplasma y de ojos, aunque después todo se vuelve a unir.

Por lo general, todos son bastante tranquilos y no dan problemas. Sobre todo los Shoggoths que se pueden pasar horas en el mismo lugar sin otro movimiento que el de sus ojos que aparecen y desaparecen encima del cuerpo gelatinoso. Lo malo es que cada vez que se hospedan, nos cae arriba Sanidad preguntando por el extraño color que toma la hierba alrededor de nuestra casa y ese olorcillo tan penetrante. Para colmo hay que estarles explicando todo el tiempo cómo buscar las cosas en la nevera, cómo descargar el baño, cómo apagar y encender las luces. Por eso concuerdo con Marta en que nuestros mejores clientes son los sukiuya, unas flores ambulantes que nada más llegar entierran sus patas llenas de raíces en el patio y basta con regarlas cada cuatro horas.

Sergito cumple con su parte y nos hace muy buena propaganda. Nos trae de todo: grises, sukiuyas, hubuks, Shoggoths, marcianos, selenitas, aliens, depredadores... (Estos dos últimos siempre viajan por separado) Hasta nos recomendó con sus colegas, así que las naves invisibles nunca dejan de aterrizar en nuestro patio.

Cualquiera pensaría que un hostal como este puede volverse un caos total, pero no es así. Tenemos nuestras reglas:

Regla#1: Solo se le alquila a extraterrestres o humanos que vengan como acompañantes voluntarios y no abducidos.

Regla#2: El pago se hace en la moneda galáctica y por adelantado. (Si te descuidas se suben a las naves invisibles y se van sin pagar)

Regla#3: Prohibida la música alta después de las doce de la noche.

Regla#4: Cualquier daño, corrosión o ingestión de los muebles, electrodomésticos o inmobiliario se agregará al pago de los servicios.

Regla#5: Al registrarse, el cliente acepta incondicionalmente las reglas anteriores.

Parece difícil, pero solo es cuestión de práctica. Después de un año éramos los mejores del negocio, y también los únicos. Pero eso ha cambiado.

Primero fue en La Habana. Cuatro hostales para extraterrestres explotaron, y hasta más de un dirigente salió por el techo. Todo el mundo lo sabía ahora, y andaban arrancando cabezas, así que les dije a Sergito y a su gente que íbamos a parar por un tiempo. La cosa se puso fea.

Después vinieron las conversaciones, la diplomacia. A los yumas no le gustó nada pero tuvieron que meterse la lengua donde no le diera el sol. Qué soviéticos ni qué chinos ni que nada, aquello si era cooperación. Un día, así sin más, mientras veía el noticiero, anunciaron la nueva regulación. Se entregarían permisos para los cuentapropistas en el sector del Turismo Intergaláctico (porque ya le habían puesto nombre y todo).

Es increíble la cantidad de personas que se está metiendo en el negocio de los hostales y paladares para extraterrestres. Hay que volverse un mago para seguir en el número uno, pero puede hacerse. Todo lo que se necesita son las tres E: espacio, estómago y ecuanimidad, mucha ecuanimidad. Nosotros además tenemos la cuarta: Experiencia.

Ahora que dejamos de trabajar por la izquierda, decidimos ponerle nombre a nuestro local. Lo del cartel lumínico gigante que apunta al cielo, indicando a las naves nuestra posición, fue cosa de Sergito. Verdad que aquello de los círculos en los sembrados podía traernos problema si los de la cooperativa se enteraban.

—“Hostal 51”, así deberías llamarlo. — me dijo él, seguro de que todos los clientes entenderían el chiste.

Yo no lo entendí al principio. Luego me explicó y más o menos, pero igual me pareció absurdo. Al final, a falta de un mejor nombre y como en este negocio lo absurdo es regla, Hostal 51 se quedó.

Especial para La Jiribilla.

 

Alexy Dumenigo Aguila: Narrador cubano. Placetas, Villa Clara, 1991. Estudia en la Universidad de Ciencias Informáticas (UCI). Es egresado del XVI Curso de Técnicas Narrativas del Centro “Onelio Jorge Cardoso” y miembro del taller literario “Espacio Abierto”. Ganó el V Concurso Oscar Hurtado en la categoría de cuento fantástico y obtuvo mención en el Concurso Mabuya 2013. En 2014 ha resultado ganador del Premio Mabuya, mención en la categoría de cuento de CF del VI Concurso Oscar Hurtado y finalista de los concursos de minicuento El Cuentero y Papeles de la Mancuspia.

Comentarios

Jajajaja me he reido muchisimo con este cuento.. me parece genial la idea.. novedosa y bien contada... gracias a La Jiribilla por proponer esta narracion... Al escritor, Alexy, los mejores deseos de que su carrera como literato continue nutriendose, que se supere y que ojala un dia llegue a ser uno de esos imprescindibles dentro de la literatura de ciencia ficcion de nuestro pais.... oportunidades tienes

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