María Cienfuegos y su mapa de formas inconclusas

Nancy Morejón • La Habana, Cuba

Entrar al patio, casi sevillano, de la Casa de Lombillo cuyas arcas principales dan sombra a la Plaza de la Catedral de La Habana es encontrar una puerta abierta a la aventura de las artes plásticas esparcidas por toda la ciudad pero, sobre todo, en estos ámbitos tan antiguos como hermosos. 

El ojo del visitante encontrará, enseguida, varias muestras entre las que se destaca el aporte, muy original, de la artista María Cienfuegos quien—consagrada en los inicios de su carrera al cultivo de la fotografía— atrae la atención de los espectadores con una pieza única, de grandes proporciones, afianzada contra toda una pared la cual, en apariencia, nos revela su naturaleza como a partir de un lente todopoderoso. 

Un contraste salta a la vista y es la necesidad de expresar su concepto del arte a través de elementos provenientes de una modernidad incuestionable.  Esa modernidad, como es palpable, alienta entre paredes transidas de una pátina acogedora, a la sombra de un patio que nos retrotrae a su tiempo secular. 

Mapa de las formas inconclusas es el itinerario prometido por esta joven inquieta que encuentra, con la fuerza de un antropólogo en su faena de campo, un moderno camino de luz para adentrarnos en una filosofía del objeto, muy suya, arraigada en una búsqueda perenne de lo inasible; de esos extremos que conforman, desde siempre, la necesidad de los seres humanos de hallar un equilibrio entre el paso del tiempo y el espacio en que ha de transcurrir. 

Una hermosa reflexión de Ambrosio Fornet inspira la exhibición de esta pieza de arte, más o menos cerca, de aquellos artefactos ilusionados del gran Marcel Duchamp. Al filo de las imágenes de María, nos dice el filósofo de Veguitas: «El espacio es tiempo y la geografía es historia». 

Una energía telúrica se desprende de estas formas que van rindiendo culto, en su gracia inmóvil, a dos realidades, a dos categorías inaplazables: la geografía como historia; la historia como geografía.

No sabemos cuáles serían las coordenadas que han llevado a María de la mano para ofrecernos este paseo inteligente bordeando, con su entusiasmo juvenil, ahora, este laberinto secreto con sus formas deliberadamente inacabadas. Su propuesta, libre y exploradora, nos da una lección indagadora de la existencia. Porque toda existencia tiene a la tierra como centro de su ser. La tierra como planeta o la simple tierra de las colinas.   Sin duda alguna, un arte poético transparente, como las aguas imaginarias que la recorren, va nutriendo esta instalación lograda y sorprendente. El azoro de un concepto puebla la creatividad que la ha hecho posible.

Cada porción terrestre, encerrada en su filamento, una suerte de bastoncillo, cargado de tierra que la artista cree providencial. Tierras, terruños, en fin, tierra apresada por las manos de la artista, en jaulas de belleza ancestral cuyo lenguaje se percibe en el movimiento trazado como un péndulo, como un arca viviente, como vidrios ahumados hallados tras un naufragio sin tiempo y sin destino.

Quiero volver sobre los términos de Fornet que son: geografía e historia.  Estas palabras se convierten por arte de magia en puertas abiertas que nos arrojan sobre horizontes que no son otros sino los sitios históricos cuya enumeración alerta la sensibilidad de los presentes. Ante nuestros ojos y nuestros oídos retumban los nombres de una experiencia histórica inolvidable por legendaria. Esos nombres nos proponen el resumen de un tiempo, por momentos, inasible en donde se escribieron páginas llenas de futuro. 

Frente a aquel fresco parlante, es una aventura rememorar las sonoridades, es decir, las formas del relieve de estos sitios: Altos de Ocaña, Altosongo, Bijagual, Calzada del Cerro 819,  el Hospital San Juan de Dios, La Gallinita, La Matilde, Majobabo, Naguas, Rancho Mundito, Remanganaguas y San Francisco de Jucaral. Su proceso de creación nos coloca ante este entramado de imágenes innumerables vistas con el ojo de un lente, repito, que se afinca en un discurso antropológico en ciernes.

Estamos ante una obra de arte original, enmarcada en el contexto de un sinfín de estilos, géneros y modos, que respira el aire de los arrecifes cercanos, del puerto habanero, y de todo juego, posible e imposible, de los artistas convocados a dar lo mejor de sí en esta encrucijada de estéticas diversas, todas marcadas por la voluntad de existir mediante múltiples lenguajes de creación.

Con los valores propios de una red virtual este Mapa… de María Cienfuegos no sólo esboza su realización con códigos libres sino que la provoca, mientras recrea esa espiritualidad de una tierra multiplicada, como los panes y los peces, para identificarse con la metáfora de una geografía que se enlaza a la historia en su entramado de formas lineales cuyo único color es su dueña: la tierra madre.

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