Manuel Mendive: los colores de la vida

Nancy Morejón • La Habana, Cuba

La obra de Manuel Mendive (La Habana, 1944) como ha afirmado Adelaida de Juan [1], sigue siendo imprescindible para las artes plásticas cubanas. No por azar, el pintor Roberto Fabelo —amigo y compañero de generación del artista— lo ha considerado como una de las más sobresalientes figuras de esta época pues “nunca ha dejado de dibujar, pintar y fijar, para nosotros, lo más puro de nuestra identidad” [2].

Imagen: La Jiribilla

Más allá de su palpable repercusión en ámbitos del Caribe, África, América Latina, Europa y los EE.UU., entre otros, la producción de este extraordinario creador abarca casi todos los géneros.

Habiendo comenzado su carrera, recién egresado de la Escuela San Alejandro, a finales de los años sesenta, Mendive cultivó la escultura con una prioridad que, mucho tiempo después, sería insuficientemente considerada por la crítica establecida como una de sus expresiones medulares. A pesar de la innegable combustión que sus componentes afrohispanos asentaron en la zona más popular de nuestras tradiciones el creador trae a su tiempo de vida —ocurrida en una época de profundas transformaciones sociales— la singular y enérgica huella de los esclavos africanos traídos a las Américas desde fines del siglo XV.

El fenómeno religioso cubano, integrante natural del legado vivo, diverso y esparcido por las Antillas Mayores y Menores, aparece en su pintura con una fuerza insólita, como un signo de vitalidad y reconocimiento de una cultura que estudiaran, a lo largo del siglo XX, los maestros Don Fernando Ortiz, Lydia Cabrera, Argeliers León, Rogelio Martínez Furé, Natalia Bolívar y Miguel Barnet, entre muchos otros investigadores de gran escala.

Su pintura se había impuesto gracias a sus espléndidos valores formales.  Recuerdo su serie sobre la trágica travesía de los barcos negreros a lo largo de los siglos XVI y XVII compuso orgánicamente pintura y escultura, matizadas ambas por el uso de la madera. Ya a fines de los 60, a consecuencia del accidente en el que perdió buena parte de un pie, Mendive hace irrumpir un colorido no antes visto en sus primeros objetos escultóricos de tonos sepia o carmelita.

El deslumbramiento generalizado ante su creatividad pictórica fue unánime.  Sin embargo, el mundo mágico de Mendive dejó de cultivar la escultura que había sido, como ya dije, inicio y centro de su oficio.

Es un acontecimiento y una alegría, a la vez, apreciar la exposición Los colores de la vida que acoge la Galería Víctor Manuel, asentada en la legendaria Plaza de la Catedral de La Habana Vieja, casi a un costado del popularmente conocido Callejón del Chorro que desemboca en la sede del emblemático Taller de Grabado. Allí —siempre al amparo del tierno e incansable espíritu del pintor de La gitana tropical, asiduo parroquiano de aquellos predios— los amantes de las artes plásticas podrán disfrutar de una memorable exposición no sólo importante por sus hallazgos formales y su belleza sino porque estamos ante el retorno de Manuel Mendive al cultivo de la escultura, su primera expresión.

Imagen: La Jiribilla

A la entrada de la galería, a mano derecha, hay una pantalla con un video que reproduce la danza remota del 25 de mayo de 2015 en que los pobladores de la capital fueron desplazándose desde el Anfiteatro de la Avenida del Puerto hasta la Catedral. Concebida como una instalación al uso, bajo el título de Energía para el amor y la bondad, Mendive pone en práctica su original cosmovisión cuando invita a los habaneros, en procesión, para que acompañen a tres bailarines cuya hermosa danza iba desplazándose mientras cargaban sacos a color. Al pie de los ventanales yacen los sacos a color que trajeron consigo los bailarines en su danza remota.  Los sacos son una metáfora del pintor para advertir que siempre llevamos una carga; lo cual indica que cada cual trae la suya, o sea, la carga de su propio destino al nacer.

Alrededor de quince esculturas y, en la pared frontal, un lienzo de grandes proporciones que un sinnúmero de palomas intentan alcanzar —blancas aunque iluminadas con puntos de color azul— integran el conjunto. Inspiradas en ciertas costumbres de las religiones populares afrocubanas como lo es, por ejemplo, llevar consigo un macuto[3].

Mendive las recrea al engrandecer el tamaño habitual de estos abalorios, colocando en su superficie signos rituales como pequeños resguardos pegados a esa piel y también cauris, plumas iluminadas. Estas piezas están instaladas como en un marco de hierro que engloba sus cuerpos. Estos macutos traídos por la mano del pintor se convierten en lienzos y el espectador disfruta entonces de colores muy tenues, predominando una variedad de azules, escoltados por blancos y sepias. Aparecen máscaras, peces, cabezas y figuras antropomórficas bien volátiles y, en dos o tres casos, una cabeza de Eshu en la parte inferior derecha, realizada en un tono naranja de gran contraste.

Estamos ante un lenguaje plástico plural que, reconociendo las raíces y temas habituales en Mendive, renace en su novedoso estilo ritual para darnos esa lección de amor,  recogimiento, convivencia y respeto mutuo que tanto reclamamos en tiempos tan convulsos.  La obra de un gran artista, como Manuel Mendive, puede lograrlo a plenitud.

 

1. Ver Juanamaría Cordones-Cook: El mundo mágico de Mendive.  Documental.  Universidad de Missouri.  Su estreno tuvo lugar en el Museo Nacional de Bellas Artes en mayo de 2015 como parte de la programación de la XII Bienal de La Habana.
2. Roberto Fabelo: Palabras de elogio para Manuel Mendive durante la ceremonia efectuada en la sede de la Universidad de las Artes, a fines de mayo de 2015, en ocasión de habérsele otorgado al artista la condición de Doctor Honoris Causa del ISA.
3.Ver Juanamaría Cordones-Cook: El mundo mágico de Mendive.  Documental.  Universidad de Missouri.  Su estreno tuvo lugar en el Museo Nacional de Bellas Artes en mayo de 2015 como parte de la programación de la XII Bienal de La Habana.

 

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