Nicolás Dorr:

“Siempre trabajo teniendo en mente el tiempo glorioso del seminario”

María Carla Gárciga • La Habana, Cuba

Iniciaba la década de los 60 en Cuba y con ella, la Revolución daba sus primeros pasos en los ámbitos político y sociocultural. Eran años donde los sueños dejaban de ser utopías para convertirse en realidad. El arte consolidaba nuevos espacios de desarrollo con el surgimiento de instituciones, proyectos, obras y talentos.

En este contexto, se gestó el Seminario Nacional de Dramaturgia, liderado por Osvaldo Dragún y Luisa Josefina Hernández. Nacía así la cantera de los que, años después, se convertirían en las grandes figuras del teatro en la Isla, con la creación de puestas en escena consideradas hoy como clásicos del repertorio teatral cubano.

Dentro de este grupo heterogéneo de jóvenes, cuyas edades oscilaban entre los 15 y 35 años, aproximadamente, se encontraba un adolescente que, a sus 14 años, ya había estrenado en la Sala Arlequín con éxito y elogios de público y crítica las obras Las pericas y El palacio de los cartones. El llamado “niño prodigio” ingresó a los 15 años en el Seminario. Era el alumno más joven desde el punto de vista etario, al mismo tiempo, quizá uno de los más experimentados en la escritura dramática. Iniciaba así el inquieto adolescente Nicolás Dorr, una de las experiencias más grandiosas y decisivas en el mundo del arte dramático: “Allí me forjé, me formé y tuve el privilegio de contar con extraordinarios profesores”.

“Lo que marcó para mí el seminario fue el conocimiento del oficio en serio, pues nos abrió la visión de la técnica dramatúrgica. Ya no era el festín del niño que había triunfado en un teatro, sino el dramaturgo que iba a seguir por esa línea de la escritura. 

“Lo que marcó para mí el seminario fue el conocimiento del oficio en serio, pues nos abrió la visión de la técnica dramatúrgica. Ya no era el festín del niño que había triunfado en un teatro, sino el dramaturgo que iba a seguir por esa línea de la escritura. A partir de ese momento, establecí un compromiso, no solo con Dragún, sino con todos los condiscípulos”.

La dinámica de las clases permitía a los jóvenes alumnos, además del intercambio mutuo, el encuentro con grandes figuras del teatro cubano en aquellos años.

“Lo que más influyó en nosotros fue la presencia de los actores que iban a leer y escuchar nuestras obras, a conversar con nosotros sobre el teatro… Frecuentábamos cada sala donde se estrenaba una puesta en escena para después debatir las obras que veíamos en el seminario. Las piezas que escribíamos también las llevábamos allí. Las horas se nos iban rápidamente, teníamos como seis o siete clases en el día, había algunos dedicados al debate y la pasábamos muy bien porque era un ambiente festivo, el ambiente festivo de la nación cubana.

“Al Seminario le agradezco el reconocimiento de jóvenes teatristas que en aquel momento empezaban su camino en la dramaturgia; el haber publicado por esa vía mi primer libro de teatro que lo prologó precisamente Osvaldo Dragún; conocer a los miembros de la editorial El Puente; tener un grupo de profesores extraordinarios como Luisa Josefina Hernández, Alejo Carpentier, Eduardo Robreño, Argeliers León

“Conocimos a grandes estrellas del teatro de otras épocas como Amalia Sorg, la extraordinaria vedette del Teatro Alhambra, que acudió un día para conversar con nosotros; las grandes Gina Cabrera y Verónica Linn, es decir, teníamos un contacto muy estrecho con los actores más importantes de la época que visitaban el Seminario y escuchaban las lecturas de nuestras obras”.

Varias piezas teatrales fueron estrenadas como resultado del Seminario, entre ellas, La esquina de los concejales, del propio Dorr, considerada por Dragún entre las tres mejores obras breves del año 1962 para ser llevadas a escena en la Sala Las máscaras. No obstante, reconoce el dramaturgo que la obra más importante resultado del Seminario Nacional fue, sin duda, Santa Camila de la Habana Vieja.

“Uno de los elementos más gratificantes del Seminario fue el descubrimiento de José Brene, que era el mayor de todos nosotros. Con poco más de treinta años nunca había estrenado nada, como la mayoría de los que estaban allí, pero a mediados del 62 estrenó Santa Camila de la Habana Vieja, un clásico del teatro cubano. Ese fue el gran orgullo del Seminario: la presencia en la escena cubana de José Brene.

“Además propició un intercambio de conocimiento donde nos alegrábamos del éxito de los otros. El triunfo de Brene no era de él solo, sino de todos nosotros como resultado del Seminario. Eran tiempos muy bellos donde uno amaba al prójimo de manera extraordinaria, todos éramos buenos compañeros y teníamos una edad magnífica para abrigar los mejores sentimientos de amistad y entrega.

“No te puedes imaginar el orgullo que fue para nosotros aplaudir a Brene en el Mella con ese éxito tan grande: aquel hombre, que había sido nada más y nada menos que un marinero, tenía una chispa cubana extraordinaria y un poder de creación de dos personajes magníficos como fueron Camila y Ñico. La frase que inicia la obra, cuando Camila le pregunta a Ñico: “¿Dónde estabas?” y este le contesta: “¡Dentro de mis pantalones!”, fue conmocionante para todos, porque representaba la cubanía y situaba desde el comienzo al personaje con su forma, sus características de altanero, prepotente, machista. Esa expresión la traía Brene desde el ambiente al que pertenecía; nosotros no la conocíamos, por lo menos yo no, porque provenía de un entorno más tranquilo”.   

Nicolás rememora a otros condiscípulos que no quiere dejar escapar de sus recuerdos, y hasta teme que el paso del tiempo y la memoria le impidan evocar a algunos. Surgen los nombres de René Marín, José Corrales, Maité Vera, Ignacio Gutiérrez, Mario Balmaseda, Joaquín Cuartas, Gerardo Fulleda León, José Milián…  

“El Seminario fue una experiencia única y muy valiosa. Desgraciadamente, no se ha repetido nunca más y haría falta, porque actualmente existe un vacío de dramaturgos muy alarmante. Es como si el teatro se hubiera estancado del 80 para acá; seguimos luchando aquellos que forjamos el teatro de los 60, quedo yo entre los siete primeros dramaturgos que iniciaron esa eclosión y no me doy por vencido, siempre estoy trabajando, pero teniendo en mente aquel tiempo glorioso”.

La nostalgia regresa una y otra vez. El ejercicio académico-artístico duró solo dos años, cuando se dio por terminada de forma abrupta aquella estela teatral.

Los incipientes teatristas no se interesan ni acuden hacia los consagrados. Nosotros, por el contrario, aprendimos a escuchar a la gente de más experiencia, creo que fue el gran valor del seminario...

“Nos quedamos en el aire cuando un funcionario tomó la decisión de disolver el proyecto. “¿Ahora qué hacemos?”, nos preguntábamos, porque tampoco recibimos un diploma ni certificado alguno. Curiosamente nos lo entregaron 20 años después. En aquel entonces, le pedí a Roberto Fernández Retamar que me diera la oportunidad de trabajar en la UNEAC y él me dijo: “Puedes ir ahora mismo a sentarte en la biblioteca, porque el bibliotecario murió hace dos horas”. Allí estuve casi dos años, hasta que mi amiga Nancy Morejón me preparó para ingresar a la Escuela de Letras en la Universidad de La Habana, para mí una continuación del Seminario, donde ya había conocido a los grandes catedráticos.

“Desafortunadamente, hoy no se vive una experiencia tan hermosa como aquella. Los grupos teatrales son como pequeños feudos donde no existe relación entre los jóvenes dramaturgos que empiezan y los de experiencia. Los incipientes teatristas no se interesan ni acuden hacia los consagrados. Nosotros, por el contrario, aprendimos a escuchar a la gente de más experiencia, creo que fue el gran valor del seminario: nos enseñaron a aprender de las personas experimentadas en el mundo escénico y estar atentos a las influencias y las lecciones que pudieran brindar. Eso nos marcó extraordinariamente, por ello todos los que pasamos por ese Seminario seguimos valorando el trabajo de los que nos precedieron”.

Comentarios

Magnífico dramaturgo cubano...saludos cordiales, margarita fresco

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