Un Seminario ejemplar

Zoila Sablón • La Habana, Cuba

En septiembre de 2014, la Casa de las Américas y la Cátedra de Dramaturgia Rolando Ferrer convocaron a una reunión peculiar. En la sala Manuel Galich se reencontraron, como si estuvieran en las antiguas aulas del Teatro Nacional, algunos de los discípulos de Osvaldo Dragún en el mítico Seminario de Dramaturgia que impartiera el director y autor argentino en Cuba, 55 años atrás.

Allí también estaba sentada, como “escolar sencilla”, la académica cubana Isabel Monal, directora entonces del Teatro Nacional y una de las principales impulsoras de aquella experiencia.

Maité Vera, Ana Molinet, Eugenio Hernández Espinosa, José Milián y Gerardo Fulleda llegaron a la sala Galich, en representación de un grupo más nutrido en el cual también se encontraban René Fernández, Reinaldo Hernández Sabio y muchos más. Algunos han dedicado su vida a la escena (cuatro de ellos son Premios Nacionales de Teatro: Eugenio Hernández Espinosa, José Milián, René Fernández y Gerardo Fulleda), y otros tomaron caminos que de alguna manera rozan la creación. De todas formas, estoy segura que la experiencia de aquellos intensos años, perdura en cada uno.

Atrapado en el encanto del triunfo revolucionario, de los cambios sociales radicales que sucedían uno detrás de otro, el teatro había caído también en esa seducción creativa.

El Seminario era, sin duda, resultado directo de una época hirviente de energías renovadoras. Atrapado en el encanto del triunfo revolucionario, de los cambios sociales radicales que sucedían uno detrás de otro, el teatro había caído también en esa seducción creativa. Esos tempranos años eran momentos de una transición esencial en que la libertad imperaba, las expectativas eran cada vez más crecientes y la rebeldía de los más jóvenes antecedía, con creces, el espíritu que luego se coronaría en París del 68, en los aires hippies de finales de los 60 y los 70, en el fenómeno Beatles, en el feeling y en una bohemia verdadera que luego fue arrasada por la burocracia y el error político.

Con aquel ímpetu los jóvenes saciaron su sed de conocimiento. En aquella bohemia, que no tenía el glamour ni los altos precios de La Habana actual; levitaba también en la atmósfera de los olores repulsivos y frescos del mercado de Carlos III de entonces, donde iban los estudiantes a compartir tragos con su maestro. En ese ámbito popular y estimulante, los noveles, que tuvieron el gran privilegio de ser testigos de un cambio de época, trazaron sus primeras líneas y esbozaron sus primeros personajes.

En aquel encuentro en la Galich, Maité Vera resaltó que el Seminario les había cambiado la vida y Milián comentó que “la idea de la escuela no fue enseñar a escribir a nadie, se suponía que los alumnos ya tuvieran alguna experiencia. Cada cual conservaba su esencia, su manera de concebir el teatro. Nadie se parecía a nadie”.

En ese ámbito popular y estimulante, los noveles, que tuvieron el gran privilegio de ser testigos de un cambio de época, trazaron sus primeras líneas y esbozaron sus primeros personajes.

Fue para todos ellos, una escuela de oficio, de verdadero fogueo para la vida en el teatro. Algunas claves de la escritura fueron compartidas por un maestro que era también un joven en busca de preguntas. Para Dragún el Seminario fue también un lugar para aprender, una experiencia que marcó su relación con Cuba y con la escena nacional definitivamente.

Dragún, Chacho para sus más cercanos, no solo dejó la impronta del Seminario en el Teatro Nacional. Ancló en la Isla un puerto de vida y teatro. Bajo los auspicios de la Casa de las Américas fundó en 1987 la Escuela Internacional de Teatro de América Latina y el Caribe, nacida al calor del III Congreso de Teatristas de ese año y aún se escuchan historias alrededor de los Talleres de Machurrucutu, adonde llegaban los más destacados hacedores teatrales, en calidad de maestros y discípulos. Esos encuentros vívidos en la memoria colectiva del teatro continental fueron un puente que unió a artistas, investigadores, estudiantes; una escuela de liberación y creatividad, que, de algún modo, encontraba sus ecos en el pasado.

Dos veces recibió Dragún el Premio Literario Casa de las Américas: Milagro en el mercado viejo (1963), y tres años más tarde, Heroica de Buenos Aires; y fue de los primeros en recibir la Medalla Haydée Santamaría que otorga la institución desde 1989.

Años atrás, llegó a la Casa, como donación, una carpeta personal con fotos, cartas, carteles, programas de mano y recortes de prensa, fundamentalmente relacionados con el Movimiento del Teatro Abierto, así como la copia de un poema dedicado a Víctor Jara, cuya labor teatral ha sido poco difundida.

Chacho murió en mayo de 1999 mirando una película en el cine Gran Splendid, de Buenos Aires, acompañado de su esposa. Tenía 70 años, una estela de más de 30 obras y un cúmulo de experiencias compartidas con gente de teatro que aún habla de él como si estuviera al doblar de la esquina.

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