Dragún, un tiempo, una vida

Omar Valiño • La Habana, Cuba

No recuerdo ahora exactamente cuándo conocí a Osvaldo Dragún. Tal vez leí primero, por los años del ISA, Milagro en el mercado viejo. Quizá había visto antes, por aficionados, su recurrida Historias para ser contadas —obras estas que lo dieron a conocer en los 50-60. O él llegó, en la intensa despedida de los 80 hasta el mismo Instituto para dialogar con nosotros, anónimos estudiantes entonces.

En aquel encuentro, eso sí lo recuerdo bien, sostuvo con vehemencia nuestro latinoamericano derecho a la diferencia teatral, afincada en la pobreza como desafío y destino de la escena más imantadora.

Desde esta última perspectiva, el autor de Heroica de Buenos Aires (uno de sus dos premios Casa de las Américas que demoró casi 20 años en estrenar en su país, Argentina) animó algún tiempo después como director la Escuela Internacional de Teatro para la América Latina y el Caribe (EITALC), una experiencia que lo sedujo en varias direcciones. Vio en ella su utilidad formativa en el aspecto profesional, pero sobre todo en la capacidad de inducción de sentido hacia las nuevas generaciones de teatristas, en un momento en el cual, con el derrumbe del socialismo real, todo parecía desplomarse. También le resultó una inapreciable fuente de intercambio con la gran familia teatral del continente —cuyo marco aquí no es estrictamente geográfico sino de pertenencia a un ideal común—, permitiéndole ser el joven que siempre fue. Y constituyó una nueva oportunidad de vivir en Cuba, un espacio de tierra que lo fascinaba y con el cual volvía a encontrarse en un periodo cenital de su historia reciente.

Si este apresurado viaje por su tiempo sirve, además, para repasar su obra, concluiremos que el dramaturgo, siempre comprometido con la caleidoscópica, justiciera y poética verdad  del ser humano,

Osvaldo Dragún había impartido en La Habana, a principios de los 60, un Seminario de Dramaturgia cuya huella es orgullosamente reconocida por toda una promoción de dramaturgos y directores cubanos. Aprendió desde entonces a reconocerse en un país que, como confesaba, podía ser acusado de todo, menos de aburrido.

Si este apresurado viaje por su tiempo sirve, además, para repasar su obra, concluiremos que el dramaturgo, siempre comprometido con la caleidoscópica, justiciera y poética verdad  del ser humano, había llegado a ser en la década de los 80 un nombre imprescindible en las carteleras latinoamericanas y no sólo con sus piezas clásicas. Ahora escribía sin culpas y sin límites, creando un espacio poético donde todo era posible, donde el sueño, la memoria y la utopía se constituían en material y sentido para reconocer al hombre. Ahí está para demostrarlo ¡Arriba Corazón!

Lo vi por última vez en Buenos Aires al frente del estatal Teatro Cervantes. Muchos lo habían criticado por parecerle inconsecuente que el ideólogo de Teatro Abierto —aquel enorme desafío a la dictadura argentina desde el teatro y la creación a inicios de los 80— aceptara un puesto oficial. Él nos mostró con énfasis las posibilidades y la proyección de la sala chica, donde después vimos un memorable espectáculo; nos procuró a mí y a mis compañeros de Teatro D’Dos medios muy prácticos de sobrevivencia en la gran ciudad, y yo encontré al Osvaldo de siempre, pegado a sus fidelidades y creencias, aprovechando (para) bien, un resquicio, una puerta, un lugar.

Solemos asociar ciertos placeres con eso que llamamos vivir la vida. Al recibir la inesperada noticia de su muerte observé al fumador empedernido, al bebedor de añejo Havana Club, al cazador del eterno femenino… Estas imágenes se amalgamaron velozmente con las anteriores y me dije: Osvaldo Dragún tenía derecho a morirse porque vivió sus placeres, sus conquistas, sus grandes y pequeñas aventuras. Maestro sin poses, fiel a sí mismo, hacedor de un espacio, poeta dramático de un tiempo, Chacho vivió su vida.

 

Texto publicado en la Revista Conjunto, Casa de las Américas, La Habana, nos. 112-113, enero-junio, 1999, pp. 126-127.

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