Maité Vera, en busca de historias para contar

Ana Lidia García • La Habana, Cuba

Para la guionista cubana Maité Vera Morúa, “en una telenovela los personajes con historias profundas y atractivas, bien construidos desde el punto de vista dramatúrgico, son más importantes que el propio tema”. Sin embargo, en el teatro, donde la obra es unitaria, “encontrar un buen tema es fundamental”. En ambos casos, “se escribe para que otros representen” y debe “cautivarse al espectador”. Los aspectos relacionados con la televisión Maité los aprendió con facilidad pues los conocimientos básicos sobre el arte de la composición de un drama los tenía incorporados luego de muchos años de estudio y práctica. Sobre su vida, una historia conformada por hechos que bien pudieran convertirse en material interesante para representar, conversó con La Jiribilla. Primero, relató sus inicios en la Dramaturgia, en aquellos años posteriores al triunfo de la Revolución.

Había estudiado Pintura y Dibujo en la Academia San Alejandro, luego Construcciones civiles en Artes y Oficios. Trabajaba como dibujante en el Instituto de Geodesia y Cartografía; pero esa labor le parecía “demasiada mecánica”. Casada, con un hijo pequeño, había comprendido que su vida no estaría ligada a las artes plásticas ya que para ello necesitaba una libertad de la cual no podía gozar. Pero quería que su vida estuviera ligada a la cultura, a la creación.

¿Cómo llega entonces a la Dramaturgia? 

Siempre me había encantado el Teatro pero no había escrito nada. Tuve la suerte de encontrar un curso de Dramaturgia que impartía la escritora Mirtha Aguirre en la Biblioteca Nacional. Como resultado de ese acercamiento inicial redacté mis primeras obras cortas. Nuevas raíces, por ejemplo, surgió en aquel periodo y resultó ser galardonada con el Premio de Instructores de Arte en 1961 y formó parte del repertorio del teatro de aficionados. En fechas cercanas a esta, otros dos textos de mi autoría fueron reconocidos con el Premio La Edad de Oro. Seguía trabajando como dibujante de mapas hasta que un día me anuncian la posibilidad de comenzar en el Seminario de Dramaturgia del Teatro Nacional, que comenzaba con escritores que habían presentado sus primeras creaciones, habían alcanzado premios, pero que no eran conocidos en el mundo intelectual. Este proyecto estuvo dirigido por el argentino Osvaldo Dragún, quien trajo la idea tomando como referente una experiencia similar que se había realizado en Argentina.

¿Cómo recuerda esos años en el Seminario?

Fue difícil comenzar pues no podía abandonar mi puesto en el Instituto de Geodesia y Cartografía. Al principio teníamos clases durante seis horas, lo cual me permitió llevar a la par mi trabajo. Fueron días muy intensos porque debía combinar las jornadas en la biblioteca, la asistencia a puestas en escena, las obligaciones como madre y las labores como dibujante profesional. En el segundo año me fue imposible continuar de esa manera, acepté la beca que nos otorgaba el Seminario y solicité una licencia sin sueldo en el Instituto. Se incorporaron más alumnos, eran dos sesiones de estudio y como el movimiento teatral estaba muy activo, casi todas las noches íbamos al teatro.

Fueron cerca de tres años y se estudiaba todos los días menos el domingo. Tuvimos el privilegio de tener profesores extraordinarios como Alejo Carpentier quien nos impartía literatura, Adelaida de Juan en Historia del Arte, Ferrer en teatro cubano, entre muchos otros. Recibimos clases de los más prestigiosos intelectuales y artistas de la época. Además, las personalidades de reconocimiento internacional que llegaban a Cuba, también compartían con nosotros. Recuerdo que conocimos, por ejemplo, a Mijaíl Kalatózov, director de Cuando vuelan las cigüeñas; así como a otros grandes directores de teatro de Latinoamérica

La formación que recibíamos allí era muy completa. Teníamos un abanico muy amplio de asignaturas. En el Seminario tuve mi primer acercamiento al folclor, yo no sabía nada de eso. Además estudiábamos música, español, gramática, redacción, teatro cubano y universal, literatura, marxismo, historia... Fue un programa que nos elevó mucho el nivel cultural. Por otro lado, veíamos obras de teatro frecuentemente y luego las discutíamos. La asignatura más importante era el taller, donde escribíamos: primero una escena, luego el primer acto y finalmente terminábamos el guion.

Estas creaciones se presentaban a grupos profesionales y existía la posibilidad de que fueran estrenadas. De ahí salieron cosas como Santa Camila de La Habana Vieja. La primera obra grande que hice en el Seminario se titula Las yaguas, una comedia musical, y el Grupo Rita Montaner la llevó a escena. Fue una gran oportunidad, pues había visto trabajos míos protagonizados por aficionados, pero nunca antes por profesionales. Recuerdo también que íbamos en grupo al montaje de los textos de cada alumno y eso era muy enriquecedor.

Ya en el tercer año cuando Dragún no pudo continuar dirigiendo, lo sustituyó una profesora mexicana magnífica que se llamaba Luisa Josefina Hernández. Ella completó nuestra formación teórica, aprendimos los géneros dramáticos, leímos los grandes clásicos, analizamos todas las obras griegas, las de William Shakespeare, Henrik Ibsen, conocimos a los autores norteamericanos. Eran muy profundos los análisis de los caracteres de los personajes.

El Seminario de Dramaturgia fue un momento único, nacido de un momento único en Cuba que fue el triunfo de la Revolución y sus primeros años.

El Seminario de Dramaturgia fue un momento único, nacido de un momento único en Cuba que fue el triunfo de la Revolución y sus primeros años. De ahí salimos un gran grupo de escritores, muchos de los cuales después se hicieron directores de teatro como José Milián, Eugenio Hernández, Gerardo Fulleda León, Nicolás Dorr, entre otros. Algo que debe resaltarse es el hecho de que una gran cantidad de alumnos persistieron y llegaron a ser figuras imprescindibles dentro del movimiento teatral cubano.

¿Y luego volvió al Instituto de Geodesia y Cartografía?

Tuve que volver. Después que terminó el Seminario, la mayoría de los integrantes fueron ubicados como asesores en distintos grupos de teatro. En mi caso, tenía un puesto laboral al que podía retornar, aunque alejado de la Dramaturgia. Sin embargo, cuando regresé tuve problemas con el jefe y entonces llegué al Instituto Cubano de Radio y Televisión en busca de trabajo y fui aceptada. Comencé como asesora y luego empecé a escribir algunos programas. En esa época seguía vinculada al teatro, estrené dos nuevas obras musicales porque es lo que más me gusta.

Pero continuó los estudios de Dramaturgia...

¡Sí, cómo no! Ingresé en el Instituto Superior de Arte (ISA) a los 45 años, cuando fui abuela, y me gradué a los 51. Realmente nunca me interesó hacer cualquier carrera universitaria solo para obtener un título. Quería cursar una que me gustara de verdad. Muchas de las personas que trabajaban en la televisión en esa época, estudiaron Licenciatura en Historia del Arte, pero como soy graduada de San Alejandro no quería volver sobre algo que ya conocía. Finalmente cuando se creó la carrera de Dramaturgia y Teatrología, me presenté para comenzarla. Empezamos Tomás González, José Antonio Brene y yo. Debo decir que no me fue difícil terminarla porque la preparación que teníamos del Seminario era muy integral.

¿Cuánto le sirvieron los conocimientos aprendidos en el Seminario para su desarrollo como escritora de telenovelas?

Todo me sirvió de mucho. La creación de literatura dramática, tiene el mismo principio ya sea para Teatro, Televisión o Cine. La forma de construir los personajes es igual. Se escribe un texto para que suceda la acción. De modo que los principios de la Dramaturgia y de la acción dramática que aprendí me fueron muy útiles. Seguía escribiendo para que fuera representado.

En el caso de la Televisión, quien te capta primeramente no es el público sino la cámara, pero esas son cuestiones técnicas que aunque es fundamental dominarlas pueden irse aprendiendo poco a poco.

Usted ha escrito tanto novelas que abordan temáticas actuales como otras de corte histórico, ¿cuáles prefiere?

Me gustan mucho los temas históricos, pero sobre todo lo relacionado con la identidad nacional, por lo que siempre intento transmitirlo en mis trabajos. Cuando era joven me propuse abordar nuevos contenidos, pues como todos los jóvenes quise innovar, cambiar, y tuve la suerte de que mis propuestas fueran muy acogidas. El viejo espigón, Oro verde, La peña del león, en todas trataba temas novedosos para la Televisión.

Empecé escribiendo aventuras históricas, la primera fue una relacionada con Cristóbal Colón, que me sirvió mucho para luego crear Eleguá y las tres reinas, que fue lo último que hice para el teatro en los años 90 del siglo pasado y tuvo mucho éxito internacional, recorrió casi toda Europa porque trataba algo muy conocido pero de forma diferente. Muchos decían que nunca habían pensado en el descubrimiento de América desde esa perspectiva, pues para los europeos este hecho histórico fue un favor que ellos hicieron a quienes vivían en esta otra parte del mundo. El argumento se centraba en el descubrimiento, pero desde la mirada de los orishas del panteón yoruba. Es toda una fantasía que se desarrolla a través de la historia de tres mujeres cubanas que se van transformando, que muestran la mezcla de las culturas europea, africana e indígena que tuvo lugar en nuestro país.

¿Qué elementos considera imprescindibles para escribir una obra, sea para teatro o televisión?

En el teatro lo más importante es el tema a tratar y los personajes. Si estos últimos no son capaces de representar al primero, de darle vida, la obra falla. De la contradicción entre la temática y las anécdotas, así como de su incidencia sobre los distintos roles, se va formando una historia. Ahora bien, en una telenovela —que es mucho más larga— son más importantes los personajes que el tema porque hay que mantener al espectador cautivado. Si no hay protagonistas fuertes es muy difícil mantener la atención de quien nos mira. Cada papel tiene que estar bien construido para que cuando los sucesos que se inventen, más o menos locos, choquen con ellos, tengan reacciones lógicas. Es una tarea muy complicada construir un buen personaje, y no siempre se logra.

Un escritor no puede evitar hacer la puesta en escena en su cabeza. Cuando el director supera lo que uno había imaginado, es fantástico, uno agradece la labor del equipo en general. Pero cuando queda por debajo de las expectativas, se sufre mucho.

¿Cómo enfrenta las puestas en escena o en pantalla de sus creaciones?

Siempre es un momento difícil porque un escritor no puede evitar hacer la puesta en escena en su cabeza. Cuando el director supera lo que uno había imaginado, es fantástico, uno agradece la labor del equipo en general. Pero cuando queda por debajo de las expectativas, se sufre mucho. A lo largo de mi carrera he tenido alegrías muy grandes, porque he trabajado con directores muy talentosos; pero también he tenido decepciones.

¿Cuáles han dejado una marca más profunda en su vida?

La que más llevo en mi corazón es El viejo espigón, después Al compás del son. Es difícil hacer una enumeración de este tipo porque también me encantó La peña del león y Rebelión que fue el primer gran boom.

El público cubano ha disfrutado de telenovelas de su autoría como Violetas de agua, Lo que me queda por vivir, Añorado encuentro, entre otras. ¿Seguiremos teniendo propuestas suyas en la pequeña pantalla?

Escribir telenovelas a mi edad significa un esfuerzo muy grande. Ahora miro hacia el teatro. Estoy preparando algo para después pasarlo a la Televisión como teleplay. Las personas no se lo imaginan, pero a veces un guion te lleva hasta tres años. Desde que empiezas a pensar el tema, a investigar…pasa mucho tiempo. Al compás del son, por ejemplo, me llevó seis meses investigando la música, las costumbres, la sociedad y la política de esa época.

 

Luego de este diálogo sabemos que la cita nocturna de cada día no será con las telenovelas escritas por Maité Vera, pero continuaremos encontrando sus obras en algún lugar porque ella continúa en busca de historias para contar. 

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