El harén de Oviedo (fragmento)

Marta Rojas • Santiago de Cuba, Cuba

Fue Pepé Caracoles, siendo aún esclavo, quien puso de moda la tonada del dengue en La Santísima Trinidad, y seguramente Oviedo querría que ejecutara esa música durante la velada, o algún ritmo actual de semejante estilo, porque se le antojaba pensar que las piezas cultas que interpretaría White serían desabridas, “simples ejercicios de un pupilo”, comentó con Ruiz Santoyo. 

—Tendremos de nuevo dengue y sangüiches orientales, como los llama Pepé, y quién sabe qué sorpresa más, si él viene —comentó Enriqueta con Florinda cuando esta le anunció con alegría el pronto regreso del maestro Caracoles, de cuyas ejecuciones disfrutaban tanto. Se trataba de un personaje simpático y mejor músico.

El tal Pepé había sido castigado muchas veces por sus travesuras, desde la pubertad. Oviedo lo compró a causa de una de sus tantas majaderías, que, sin embargo, le pareció simpática al señor del fundo. En esa época de mayores diabluras, el morenito criollo Pepé Caracoles, a la edad catorce años, era el más joven director de orquesta con que contaba la villa de Remedios, localidad frecuentada por don Esteban Santa Cruz de Oviedo en compañía del cura Chávez, desde que este le habló, con harto conocimiento y detalles, del hidalgo que fundó aquel poblado, allá en el siglo xvi: Vasco Porcallo de Figueroa, sobrino del gran duque de Feria y pujante conquistador, que en lo florido de su juventud vino por las selvas desde Santiago de Cuba y el Camagüey, cortó con su espada las primeras ramas, plantó una cruz para nombrar a esta comarca —Santa Cruz de Vasco Porcallo— y procreó más de cien hijos en los primeros treinta años de la conquista isleña, “de ellos sobre noventa adulterinos”, según las actas. Esas razones, enumeradas por el cura Chávez, eran de gran peso para que Oviedo se sintiera sobradamente atraído por la villa de Remedios.

El morenito Pepé Caracoles, esclavo, tocaba los domingos en la iglesia de Remedios. El solo anuncio de su presencia convocaba a devotos de esa y otras comarcas, quienes se congregaban dentro y fuera de la casa de Dios por el gusto que les daba el modo como la banda de Pepé —compuesta por tres esclavos más, propiedad del cura, y otro en préstamo o alquilado por la feligresía— interpretaba las tonadas sacras. El atrevimiento y arreglos musicales del morenito, cuya aptitud actoral era inmensa, agradaban a todo el mundo. Así estuvo demostrándolo en la antigua iglesia del hidalgo Porcallo, hasta el día en que fue despedido y vendido a Oviedo, por la sacrílega mixtificación que hacía, hasta la exageración, de los motetes, mezclándolos en argamasa de ritmos y compases paganos, fraseos e improvisaciones insólitas para una casa de oración, recogimiento y, si cabe, arrepentimiento, aun cuando no se exigiera demasiada aplicación, pues había que ganar adeptos.

El incidente fue conocido hasta en La Habana, y de los desmanes de Pepé Caracoles se hizo eco la prensa local, porque un recién nombrado párroco en la iglesia de Remedios protestó por semejantes excesos. Este “santo hombre” sabía distinguir cada armonía, cada melodía, cada ritmo, pues era músico ilustrado y como tal  reconocía hasta la menor nota impura, distorsionada; por consiguiente, resultaba imposible que se le escapara la non sancta melodía del dengue que introdujo el esclavo Pepé en el coro de la iglesia. El párroco, iracundo por la irrespetuosa ejecución musical del morenito y sus cofrades, lo increpó delante de los feligreses, a quienes Pepé complacía a todo lo que daba desde “su trono”, que era el piso alzado del coro. Tocaba con bulla, alentando tanto movimiento entre los fieles, que desde abajo se podía ver cómo el piso del coro temblaba con ritmo contagioso, sobre todo cuando la banda de Pepé Caracoles —cambiándose los instrumentos como quien se cambia de camisa—, tocaba imparable cualquier superficie percutiente. En las filas delanteras, donde oficiaba el cura, cerca del arco del presbiterio, las mujeres blancas también se mecían: primero con disimulo, después a buen tono, mientras las de atrás —las de color—, libres o esclavas, incluidas las negras nodrizas que llevaban un bebé blanco colgado de un seno y al hijo natural del otro, se contoneaban de magnífica forma; tal vez más lentamente las que amamantaban, porque los chiquillos estaban recibiendo el alimento que les formaba el estómago y le fluiría por las venas abonando un criollismo que les entraba también por los oídos con el ritmo alborotador. El grito estridente de alguno de los pequeños indicaba que la nodriza —por cualquier razón— dejaba de mecerse al compás de la música “sacra” de Pepé Caracoles: ya estaban convirtiéndose en cubanos enteros.

El padre Anido llegó a un punto en que no pudo resistir el meneo procaz, y corrió colérico del altar al púlpito, dejando una sandalia en el camino. Ascendió como si lo hiciera al cielo, saltando escalones, dispuesto a imponer orden en la casa de plegaria, pero nadie lo oía o no querían escuchar su imperativo reclamo de respeto para la casa del Señor.

Como si nada censurable estuviera ocurriendo, los feligreses sostenían en sus manos los rosarios mientras en la ejecución de la música litúrgica bien aprendida, Pepé Caracoles continuaba mezclando el ritmo irreverente con el sacro. Los compases que excitaban el cuerpo y, por si fuera poco, el estribillo del dengue  —letrilla improvisada en alusión directa al anatema que el ilustre padre Anido  lanzaba contra los alegres fieles—, les provocaba sumo contento a la inmensa mayoría de la gente que colmaba el templo. El relajo criollo en ebullición parecía indetenible.

—¡Aquí no! ¡Así no! ¡Bajo estas arcadas, no! —se pronunció el humillado sacerdote.

José Caracoles, como poseído, no paraba de tocar.

Y en ese conturbado éxtasis el filo de la voz nasal del morenito Caracoles  estremeció al venerable padre Anido al son  bravo de “La batea, a la batea, tea, tea... negra, a la batea, tea, tea”.

El padre Chávez vio cuando el hermano Anido, en vista de la flagrante desobediencia de Pepé y la pésima conducta de los asistentes a la misa, abandonaba el púlpito y ascendía al coro, muy ligero, ya descalzo, con la firme pretensión de atrapar de una vez y por todas  al profano.

Abrieron, quién sabe quiénes o quién, las puertas de madera, las tres del frente de dos hojas, y cada una giró sobre sus pivotes haciendo bastante ruido.

Oviedo, gozoso por aquella colosal e insospechada irreverencia a las buenas costumbres, salió por la puerta del medio, la llamada del Perdón, y se desplazó por un flanco hasta la calle para ver qué alboroto se había formado allá afuera. Al parecer, había parranda. Tras él salieron los caballeros con sus mujeres, que todavía se balanceaban respondiendo inconscientemente a la música alegre de Pepé Caracoles y su cuarteto, prendida aún al oído interno. La fiesta, como comprobó Oviedo, seguía en la calle pedregosa.

La mayoría de los feligreses —hombres, damas y damitas de variados colores y condición—, exceptuando a los gendarmes intolerantes que respondían ciegamente al jefe de la plaza, hicieron caso omiso a la reprimenda del sacerdote, complacidos con la sandunga que resultó del injerto musical de Pepé Caracoles, innovador anticipado del entrevero de la música sacra con la más popular en el mismísimo templo de Cristo. Contrariando la autoridad eclesiástica y la de Orden Público, se adelantaba siglos a las conclusiones del Concilio Vaticano II.

Oviedo retrocedió: iba a juntarse de nuevo con su amigo el padre Chávez. Lo imaginó confortando el alma atribulada del hermano Anido. En el baptisterio, junto a la pila, que se hallaba justamente debajo del coro de la parroquia, el señor del harén descubrió al amo de Pepé Caracoles recibiendo el solidario mensaje del amigo común, el cura Chávez. El dialogo entre Oviedo y Anido se inició de una lanzada:

—Presbítero Anido, le compro al pecador con su banda e instrumentos.        Después de la desmesurada ocurrencia del morenito con fama bien ganada de revoltoso, a usted le será difícil venderlo entre los parroquianos de Santa Cruz de Vasco Porcallo —por nada del mundo Oviedo mencionaba el sacrosanto nombre de Remedios, otorgado a la villa.

—Tiene usted razón. Entendido como soy en la música, le garantizo que ese sinvergüenza sabe componer y tocar a las mil maravillas, y como si se bebiera un jarro de agua mete divinamente el tango en el ritmo de cualquier pieza y aparece esa sandunga impropia que usted ha escuchado, o las tonadas que al Pepé se le antojen, pues acaban de decirme que hasta las revoltosas piezas Los cangrejos colorados y Ráscame, se han coreado en esta iglesia antes de mi llegada. Sin embargo, en cuanto a prometerle que se lo venda, don Esteban, eso tendría que ser si usted lo atrapa: han salido en estampida por esta puerta que también conduce al coro, el Pepé con el arpa, que fue lo que pudo cargar; Tata con el bombo; el negro Zenón con el violón, y el otro me ha dejado en el coro un tambor salvaje; así como lo está oyendo —le respondió enojado el padre Anido, pero le puso alto precio a Pepé Caracoles, por si acaso Oviedo descubría su paradero.

Y Oviedo halló el escondite y adquirió a José Caracoles, a Tata y a Zenón,  porque desapareció uno de aquel cuarteto de Los Bravos, como se hicieron llamar desde entonces, “y hasta la reencarnación así nos llamaremos”, diría Pepé. No escatimó en regalías por el primero, dada la fama que se había ganado y los elogios del padre Anido a su valía musical.  A partir de ese momento, Pepé Caracoles, aun tan joven, fue nombrado por Oviedo gran maestro de capilla de La Santísima Trinidad, sin que hubiera capilla en el serrallo, ni nada que se le pareciera.

—“Gran Maestro de Capilla, José Caracoles, en La Santísima Trinidad de Oviedo”; así lo estoy asentando en mi Libro Copiador de Cartas, padre Chávez, aunque por cosa tan nimia usted y yo entremos en desacuerdo. En resumidas cuentas, esta es La Santísima Trinidad desde antes que llegara a Remedios el presbítero Anido; antes de que nacieran el morenito Pepé Caracoles y su cuadrilla de tunantes, y antes de que usted arribara a la ciudad de Matanzas, señor mío.

Chávez no fue menos consecuente que su amigo:

—Lo hecho, hecho está; me figuro que usted construirá la capilla en cualquier momento.         

 

 

 

Pasaje jocoso que tiene como escenario la iglesia de Remedios y notas verídicas de la fundación de la Villa, con el que celebramos los 500 años de su fundación desde la literatura
Ficha: Marta Rojas (Santiago de Cuba, 1828)  Escritora y periodista. Compiladora y prologuista de Testimonios sobre el Che. Autora del testimonio El juicio del Moncada, sobre el proceso donde fue condenado Fidel Castro en 1953. Otras obras importantes suyas son Viet Nam del Sur (1966), Tania, la guerrillera inolvidable (1974), El que debe morir (Premio Casa de las Américas, 1978). Entre sus novelas se cuentan: El columpio del Rey SpencerSanta lujuriaEl harén de Oviedo y El equipaje amarillo. En 1996 fue galardonada con el Premio Nacional de Periodismo José Martí.

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