Cantores...

Augusto Blanca: 70 años de Sancho a Quijote

Fidel Díaz Castro • La Habana, Cuba

 

Hay un brillo distinto en las flores
que pueblan los campos de mi alrededor,
un destello les brota de adentro
y las hace abrirse a la noche de hoy.
Y sospecho que alguien me quiere enviar un mensaje
desde algún lugar.

 

Imagen: La Jiribilla

Qué será que me llama,
que siento mi cuerpo en acecho de algo real,
y la sangre me late deprisa
y me canta la brisa y la espuma del mar.
Algo inmenso, presiento, se acerca,
mi pecho lo espera, no lo puede evitar.

Se le suele ver contemplando la caída de la tarde, en el umbral del edificio de G entre 23 y 25, sentado en la escalerita de la entrada; es el típico guajiro que echa hacia atrás el taburete, y recostado a la pared de tablas del bohío contempla la naturaleza, solo que en otro contexto en que prima el concreto y asfalto; por ello estudia el ir y venir de la gente, en pleno corazón de la ciudad, hasta que llega la noche marcada por la voz de Rosy: -vamos que se enfría la comida.          

El vagabundo de 23 y h,
El caminante inagotable y solo,
El trotamundos de bártulo mugriento
Aquí en su fundo nada elegante.

El vagabundo de 23 y h,
El trotabundo inalterable y tierno,
El camimundo de tímida sonrisa,
En lo profundo viaja el invierno.

Va tarareando un bolero,
Va recibiendo mitades,
Va de portal en portal,
De rincón en rincón
Con su historia que ya,
Ya no le duele.

Va recopilando olores,
Va muriendo en sus verdades,
Va de un pedazo de pan al sorbo de café,
Si es que pudo juntar veinte bondades.

El mundo vaga en 23 y h,
El mundo trota detrás de su arrebato
Y el pobre loco de morral sin envidia
No recuerda la foto
De aquella que hace mucho
Le asesinó hasta el llanto.

Al vagabundo de 23 y h,
Nadie lo ha visto llorar,
Nadie lo ha visto llorar nunca.

Imagen: La Jiribilla

Siempre tiene a mano la  risa -que no simple sonrisa-, risa de verdad, más bien carcajada: abierta, sabrosa, expansiva, (a lo Guillén); nítida risa, sin doble fondo, larga casi hasta la tos (sobre todo en tiempos en que fumaba), risa que contiene pleno a Augusto Blanca.

Voy a irte a buscar allí,
Al pedazo de noche en que
Tropezaron de pronto,
Tus ojos, mis ojos,
Tan llenos de igual soledad... allí.

Voy a irte a buscar allí,
A tratar de retroceder,
Transitar por el tiempo
Y volverte a encontrar
En el mismo lugar que te vi... allí.

Nobleza de guajiro oriental, quien lo ve tan campechano, no calibra la hondura poética, filosófica, que habita  cristalina y natural en sus canciones. Es uno de esos trovadores cardinales, con extensa e intensa obra, sin el menor asomo de vanidad -y mucho menos glamour; sabe que la vida es para vivirla y no para sentarse sobre ella, martianamente le complace más el arroyo de la sierra, y pasa callado (o cantando) entre la gente con alma ligera de equipaje, cargada solo de sueños, hurgando en sí y en nosotros, para traducir una esencia en verso.   

No sé si quiero ojear en mis recuerdos
o prefiero salvarme en el olvido.
A quién puede importar lo que he vivido,
lo que fui y ya no soy; mis desacuerdos.
Los instantes más lúcidos o lerdos
jamás revelarán lo que yo he sido,
lo mejor de mí mismo se ha escondido
tras sueños y utopías que ahora pierdo.

Augusto Blanca Gil nació el 24 de junio de 1945 (ahora mismo está cumpliendo 70 años) en Banes, Holguín. Desde chiquito le gustaba el teatro y pintar, influenciado por la madre que era profesora de artes plásticas; también le gustaba cantar; bien temprano los padres le buscaron un maestro de guitarra, Pedro Rodríguez, hermano del destacado músico Peruchín. Quizás por ser tan pequeño no le gustó la experiencia y dejó de estudiar, pero a los doce años tuvo otra maestra, de una familia venerada en la trova, de los hermanos Cotán. Empezó entonces a guitarrear bajo el influjo de la trova oriental.

Quiero saborear
una trovada matamorina,
quiero beberme diez mil
de un solo sorbo
y no ponerme a escuchar
divagaciones,
de esos que pierden su tiempo
en contemplaciones.

De cómo fue que le entró
el agua al coco, y qué fue
lo primero que surgió:
si la gallina o el huevo.

¡No, señor, cómo no!

Con ansias muy tempranas especialmente por la música, la pintura y el teatro, Augusto Blanca fue enviado de Holguín a Santiago de Cuba con el fin de que estudiara alguna de las artes. Quería estudiar escenografía y ser pintor. Decidió quedarse en Santiago con su tía y con los primos que estaban armando una orquesta típica charanguera: La Típica Juventud. Matriculó en Artes Plásticas, integró la orquesta y empezó a hacer canciones.

Lo que yo quiero es saborear
una trovada matamorina.

Lo que yo quiero es saborear
una trovada matamorina,
sindogarayana.

¡Nada más, cómo no!

La Casa de la Trova, de Santiago de Cuba, núcleo de la canción cubana, sería su gran escuela musical, según el propio Augusto cuenta en una entrevista:

“Conocí a Sindo, a Miguel Matamoros, menos a Pepe Sánchez que ya había muerto, pero a todos, a todos, a Emiliano… bueno, al trío Matamoros completo. Yo vivía allí, me metía en la Casa de la Trova a las 12 del mediodía y me daban las 5 de la tarde, que tenía que ir para la escuela. A veces regresaba de la escuela y me quedaba con ellos allí hasta el amanecer. Allí, fue, te digo, mi encuentro con la canción.” 

Qué me quieren decir estos dulces arpegios
que escucho crecer más y más.
Quién va a entrar de repente a mi casa,
quién trama sentarse en mi butacón.
Quién está anunciándose, quién canta tanto,
quién quiere a mi vida llegar.

Campanas, tañidos de dulces campanas,
hermosas, profanas campanas
me invaden todo el corazón, y quiero más.
Campanas, se adueñan del tiempo.
Campanas, gloriosas plateadas campanas.

Un acorde mayor en la clave de sol.
Campanas, campanas...

Incansable perseguidor de sus anhelos, de esos “cabezones” que no paran hasta conseguir lo que se le ha metido entre ceja y ceja, el teatro, las artes plásticas y la trova han tirado del carro de su vida desde su adolescencia hasta hoy.   

Su primer trabajo fue como escenógrafo en el grupo dramático de Oriente. Inspirado en las obras que veía, tras bambalinas, compuso canciones, hasta que un día un director artístico, el argentino Adolfo Gudkin, le propuso armar un concierto dramatizado con aquellas composiciones de aire narrativo. Así llegaría una conexión memorable con la actriz María Eugenia García, que también cantaba, nacía entonces la “Teatrova”.

Imagen: La Jiribilla

Amanecí tan feliz de saberte real
Y que andabas buscándome igual,
Me lo dijo mi buen talismán
Que mi segundo deseo estaba allí,
Esperándome en algún lugar
De esta enorme ciudad.

Y caminé, te busqué como fiero león
Registrando bien cada rincón,
Cada rastro de ti perseguí.
No, no te hallaba por ningún lugar,
Ya jadeante, con hambre, creí
Encontrarte por fin.

Grupo Experimental de Teatro fue la denominación aunque ha quedado como Teatrova; la canción con el poema o el texto declamado, actuado, cantado; montaje teatral donde los límites se diluyen. Tras el trabajo con Maria Eugenia, que había ido a trabajar a La Habana, Augusto siguió esta experiencia con Roberto Perdomo y actores egresados del Isa. En 1984 Augusto y Maria Eugenia retoman la Teatrova, y años más tarde el trovador se uniría a la actriz Corina Mestre, de alma trovera también.       

Hoy que la luna trovera
anda suelta, deprimida,
y, errante, viaja sin rumbo,
la calle se me hace calle,
el árbol vuelve a ser árbol.

Hoy que la luna trovera
anda suelta, deprimida,
la senda se me hace lenta
y el sentido de las cosas
pierde su color, se apaga.

La poesía, el teatro, la canción, tres signos que han marcado la vida de Augusto Blanca;  Cabildo Teatral Santiago, Teatro Guiñol de Santiago de Cuba, Grupo "Okantomí", Teatro Estudio, Trovandante, han contado con la música, actuación, diseño escenográfico, dirección de Augusto Blanca; como dramaturgo ha escrito también,  Romance Arlequín y Corista y Triada bajo la luna llena, entre otras. Más de 90 obras a las que habría que sumar incontables presentaciones junto a actores, declamadores, o trabajos como los realizados con el poeta Waldo Leyva, la cantora Rochy y el trovador Pepe Ordás.

No imaginé, montaña,
que algún día
tu roca iba a fallarme,
a que creí diamante,
impenetrable y pura,
no imaginé ese día
y escalé decidido,
sin vértigos, tu altura.

No imaginé
la dimensión exacta,
ni el peso de mi fardo
que ingenuamente quise
llevar hasta la cima,
hasta el sitio más alto,
y soltar mis amarras
definitivamente.

Siempre abriendo caminos, anulando fronteras, hurgando en sí mismo, en el entorno para sacar una obra de ellos, llevando la canción a parajes insospechados, infatigable creador Augusto Blanca; cada vez con más armas, porque no se ha sentado en sí mismo, su signo es crear para vivir; me atrevería incluso a decir que, lejos de apagarse o languidecer su capacidad de trabajo, mientras más pasa el tiempo más proyectos emprende. Bastaría mencionar el “CD “Tarareos para Isabella” (sello Colibrí) tejido junto a su compañera de la vida (toda, sentimental y creativa), Rosy Rodríguez; trabajo imaginativa, con niños actuando y cantando, lo cual lleva un montaje y proceso de grabación bien laborioso, llevado luego a las tablas. Así mismo su disco “La fuga de la tarde” con versos de Rubén Martínez Villena que resultara premio especial del concurso de creación Ojalá.

Trabajos bien disimiles, abarcadores, que requieren el dominio de varias disciplinas, tanto en la música, como en las artes escénicas, o en otros muchos terrenos hasta religiosos, como puede ser La Misa del abandonado, creada por Augusto Blanca con textos de Jesús Lozada estrenada, en Banes, Holguin, el 7 de septiembre 2012 por el Coro y solistas de la Iglesia Nuestra Señora de la Caridad, dedicada a los 400 años del hallazgo y la presencia de la bendita Virgen de la Caridad en la Bahía de Nipe.

Si acaso alguna vez hago como que muero,
Suelto el columpio y me escondo
En algún rincón del mundo,
No creas lo que ves,
Ni des la espalda, ni cortes una rama
De este árbol que sembramos,
Y créeme, por favor.

Si acaso alguna vez me distraigo y de momento
No me hacen falta tus manos,
Ni te exijo compañía,
No creas lo que oyes,
Ni des la espalda, ni cortes una rama
De este árbol que sembramos,
Y créeme, por favor.

Augusto Blanca, está entre los que fundan en Manzanillo el Movimiento de la Nueva Trova en 1973; realmente en este encuentro se oficializa un movimiento musical que viene desde los años 1964 y 65 en que trovadores como Pablo Milanés, Vicente Feliú, Silvio Rodríguez, Noel Nicola, Martin Rojas, Eduardo Ramos… comienzan a hacer canciones que, si bien son herederas de la trova llamada tradicional, le dan nuevos aires imbuidos en las transformaciones sociales y políticas consustanciales a la naciente revolución cubana. 

Me queda en el tintero bastante camino de la obra vida de Augusto Blanca, quería celebrar su 70 cumpleaños en este rincón jiribillero, al que volveré en la próxima semana, escudriñando en canciones esenciales, algunas con gran reconocimiento popular, y antológicas en el panorama de la trova cubana, creadas por este profundo “guajiro” teatrovero, Augusto Blanca.

Quiero cerrar esta primera parte con el texto de una canción muy poco conocida, que es como un profundo y muy duro diálogo consigo mismo, con su tiempo, con nosotros, con los sueños no alcanzados, con los que están por retomar, por ese espíritu quijotesco, necesario para respirar, para no dejar de andar siempre rumbo a un horizonte. Texto guerrero, triste, provocador, de este gran trovador que si bien puede tener cierto aire físico más cercano a un Sancho, lleva consigo la adarga creadora para deshacer entuertos, del más hidalgo caballero andante. Celebremos con su propia canción los 70 años de vida de Augusto Blanca.      

 

De Sancho a Quijote

Augusto Blanca

 

¿Dónde está tu nombre, tu apellido, tu raíz?
¿En qué otra dimensión se está pudriendo
aquella ciudad que descubrimos tú y yo
oculta en esta misma ciudad,
por dentro?

¿Dónde está aquel valle de gigantes, que una vez
a ti y a mí se nos rindieron?
¿Qué hiciste de la esencia misteriosa
que nos hizo regalar mil mariposas
al viento?

¿Qué te pasó, conquistador
de aquellos rumbos?
¿Qué le ha ocurrido a tu llovizna,
que no cae hoy?

¿Dónde fue a parar tanta poesía?
¿Qué hiciste de tu adarga, tu armadura?
¿En qué caverna habitaré en lo adelante?
¿Dónde fue que desapareciste?

¿Dónde está tu mundo, tu montaña, tu valor?
¿Por qué caminos anda hoy Rocinante?
¿Y ahora qué será de aquel castillo sin reloj,
cuando el tiempo lo descubra, lo destruya,
lo borre?

¿Qué me recomiendas, caballero del honor,
para encontrar tus huellas en la senda?
¿A cuál cementerio de elefantes te llevó
tu paso de animal con grave herida,
vencido?

¿Qué te pasó, conquistador
de aquellos rumbos?
¿Qué le ha ocurrido a tu llovizna,
que no cae hoy?

¿Quién te venció que no lo supe,
quién te hizo pedazos, Don Quijote?

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