Una experiencia irrepetible

Norge Espinosa • La Habana, Cuba

Mitificado como uno de los momentos más fructíferos del teatro nacional en el albor mismo del triunfo revolucionario, el Seminario de Dramaturgia del Teatro Nacional de Cuba ha sobrevivido a esa condición mítica para ratificarse como un instante fundacional. Parte del fervor que fue en aquellos primeros días el anhelo de cambio que inundó todo el país, su estrategia ha devenido un cauce que no ha dejado de correr, pues incluso allí donde no se le menciona, cuando salta a debate la naturaleza de la producción teatral de la Isla desde aquellas fechas hasta hoy, el Seminario pervive como una vibración que no deja de ser evocada ni discutida.

Gracias a investigadores como Miguel Sánchez León o Inés María Martiatu, y a los testimonios de quienes fueran algunos de sus estudiantes, el Seminario regresa de vez en vez como una experiencia irrepetible. Sus distintas ediciones, la naturaleza tan diversa de quienes fueran sus alumnos, así como el impacto casi inmediato que varias de las obras surgidas allí lograron en la escena nacional, sostienen parte de esa deuda histórica, que no ha podido ser borrada por un libro que, específicamente, abarque lo que fue el Seminario, y nos dé una idea más precisa de lo que allí forjaron sus maestros. Es, como tantos otros fragmentos de la memoria cultural cubana, una pieza a recomponer, y que, como Lunes de Revolución, o el nacimiento del Conjunto de Danza Moderna que Ramiro Guerra activó en el propio Teatro Nacional de Cuba, demanda ya una revisión minuciosa, capaz de transmitir a sus lectores el estado de ánimo y de confabulación que fue el primer quinquenio revolucionario, en el que se fundó tanto de lo que aún nos caracteriza y se acumularon también polémicas, errores, y decisiones, que moldearon el perfil de una Nación distinta.

Sus distintas ediciones, la naturaleza tan diversa de quienes fueran sus alumnos, así como el impacto casi inmediato que varias de las obras surgidas allí lograron en la escena nacional, sostienen parte de esa deuda histórica, que no ha podido ser borrada por un libro que, específicamente, abarque lo que fue el Seminario, y nos dé una idea más precisa de lo que allí forjaron sus maestros.

La aventura del Seminario, que se extendió hasta su abrupto cierre en 1963, aportó una galería de rostros y voces que también tuvieron destinos muy distintos. Algunos lograron una visibilidad para sus talentos, que con altas y bajas, se ha mantenido hasta hoy. Otros, no consiguieron lo mismo y sufrieron reveses que acabaron en el exilio o en el silencio. Y están, por supuesto, los que tuvieron al teatro como un camino alternativo, y que no definieron sus rumbos como dramaturgos. Lo que queda en la memoria es, de manera irrevocable, que personalidades como José R. Brene, Nicolás Dorr, René Fernández Santana, Tomás González, José Milián, Gerardo Fulleda León, José Mario, René Ariza, Jesús Gregorio, Mario Balmaseda, Joaquín Cuartas y Maité Vera, entre otros muchos, forman parte de ese lazo. Algunos, como Milián o Dorr, ya habían tenido experiencias teatrales previas. Otros, las ganarían mediante el diálogo intenso entre condiscípulos o con maestros tan renombrados como Mirta Aguirre, Roberto Fernández Retamar, Ugo Ulive, Alejo Carpentier, Wanda Garatti, Manuel Moreno Fraginals, Enrique Pineda Barnet y Rogelio Martínez Furé. Varios miembros del grupo literario El Puente integraron las etapas del Seminario, que ganó una intensidad particular con la entrada del dramaturgo argentino Osvaldo Dragún como coordinador de la experiencia. Es su nombre el primero que salta cuando se habla del Seminario, y aún los sobrevivientes de aquellos cursos mencionan al autor de Heroica de Buenos Aires con una devoción que no admite dudas.

El primer gran éxito fue Santa Camila de La Habana Vieja, que dirigió Adolfo de Luis en el Teatro Mella con Verónica Lynn en el rol titular. Se combinó la gracia renovadora de un texto que bebía en lo marginal para lanzar preguntas inesperadas, con la imagen de una heroína llena de contradicciones, al tiempo que se planteaba una relectura de la herencia costumbrista que halló eco inmediato en el espectador. La temporada inicial fue arrolladora, y en el mismo año en que la gran actriz que protagonizaba esta pieza iba a encarnar a Luz Marina Romaguera en el Aire frío de Piñera, Verónica se ganó a 20 mil espectadores con su encarnación de la mulata santera. Lo aprendido en el Seminario alentó otras tendencias, no solo las de corte didáctico que se exigían para las breves piezas escritas como repertorio de las Brigadas de Extensión Teatral. René Ariza ganaría con La vuelta a la manzana el Premio de la UNEAC, José Milián merecería menciones en el Premio Casa de las Américas y estrenaría Otra vez Jehová con el cuento de Sodoma y sobre todo La toma de La Habana por los ingleses, ya en 1970. Y en 1967 Eugenio Hernández Espinosa y Roberto Blanco llevaban al Mella María Antonia, cuyo triunfo fue tal que se cuenta que la parada de ómnibus aledaña a ese coliseo surgió como reclamo de los espectadores que iban a ver la puesta del Taller Dramático centralizada por una Hilda Oates imborrable.

Tras el cierre del Seminario, cuando la mexicana Luisa Josefina Hernández ya no se encontraba al frente del mismo, sus alumnos se dispersan. Pasan a otros grupos o regresan a sus provincias de origen. Entre 1965 y 1970 muchos de ellos estrenan obras de importancia, imaginando un destino que en varios casos los errores de la política cultural impuesta en 1971 iban a frustrar o demorar por casi una década. El orgullo de haber sido parte de aquel fenómeno, y la empatía que por encima de diferencias estéticas aún los enlaza como colegas, sigue siendo una clave entre los que fueron alumnos. Nicolás Dorr ha contado que nunca recibieron los diplomas de graduados en el curso, y que fue a fines de los años 80 que lograron obtener tales documentos. Se debe al amargo recuerdo de Amanecer Dotta, un uruguayo que formó parte de esa oleada de extranjeros que se acercó a la Cuba de los 60 y terminó dirigiendo el área de teatro en el CNC, el final del Seminario. “Demasiados dramaturgos”, dijo. Hoy su nombre es solo una nota al pie en los libros donde se rescatan las obras de esos autores, y se intenta descifrar lo que en verdad fue la extraordinaria conjunción de talentos, interrogantes, proyectos y destinos que el Seminario aglutinó.

La lectura verdaderamente plural de ese instante de nuestro teatro permitiría establecer otros modos de estudio, otras perspectivas en la comprensión de lo abarcado por sus alumnos, que van desde la farsa y la comedia, a la tragedia, el teatro de títeres, el vodevil o el musical, según los intereses de cada uno.

Un punto todavía pendiente sería el análisis de esos nuevos autores con los ya establecidos, o con los que no pasaron por el Seminario y lograron movilizar sus obras en otras proyecciones (Arrufat, Estorino, Triana, Borges, Malaret, Reguera Saumell, Montes Huidobro…), seguramente no siempre libres de tensiones. La antología que preparó la Martiatu como evocación de aquella Novísima de Teatro que Ediciones El Puente no logró editar, y que viera la luz en el 2010, es un primer paso para calibrar las diferencias y búsquedas de quienes conformaron el Seminario. La lectura verdaderamente plural de ese instante de nuestro teatro permitiría establecer otros modos de estudio, otras perspectivas en la comprensión de lo abarcado por sus alumnos, que van desde la farsa y la comedia, a la tragedia, el teatro de títeres, el vodevil o el musical, según los intereses de cada uno. No fue irrepetible el Seminario solo por la potencialidad de lo ahí descubierto y apoyado como nunca antes en la historia de nuestra dramaturgia, mediante un claustro que se puso al servicio de jóvenes irreverentes y deslumbrados, sino también por la relación humana que los puso en sintonía con un momento de frenesí en el que la nación y la cultura se entendían como un reto persistente y completamente inusitado. Es también por ello que el Seminario marca un antes y un después, y un acontecer que más allá de su mito no puede repetirse: no hay más que un Milián, un Ariza, un Brene, un Hernández Espinosa, un Fernández Santana, etc., en este mundo. Los que les siguieron, los que vendrán, tendrán sus propias trayectorias, presagiadas o enfrentadas a los que esos dramaturgos nos dijeron o dicen. Leerlos, aplaudirles, discutirlos o negarlos, son gestos que vienen desde aquellas noches del Seminario de Dramaturgia José Antonio Ramos. Porque no hablamos de una fecha detenida en el tiempo, sino de la necesidad de comprenderla como una continuidad con la que seguimos conversando o debatiendo. Saludo desde aquí a esos sobrevivientes, a los muchachos que fueron unidos por una fe de teatro y palabras nuevas. Algunos son mis maestros. Converso con ellos como si aún fueran tan jóvenes, como si llegáramos juntos a la primera clase. Tantos años antes. Tantos años después.

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