Literatura

Del lenguaje

Laidi Fernández de Juan • La Habana, Cuba

Existen muchísimas maneras de contribuir al deterioro del lenguaje, voy a referirme solo a cinco. Una de ellas consiste en alterar refranes, sentencias y oraciones populares, que suelen ser muestras sagradas de sabiduría ancestral. He escuchado que A Fulano lo agarró el Agamenón, en lugar del Armagedón; Eso tardará más que las calengas griegas en lugar de las calendas; Aquello estaba tan malo, que me quedé muerto y convidado, y otros cambios similares. Algunos disparates no son más que eso, sin pretensiones, como: debemos hacerle una autocrítica a la compañera; Sería bueno poner en la Televisión un Stop publicitoso; Fulana tiene muchos años colaterales; La noticia me dejó putrefacto, ¿a ti no? No, a mí me dejó  inédito o Mengana estaba tan fea que parecía una escaramuza.

Otra es la repetitiva costumbre de utilizar sustitutos de vocablos en lugar de nombrar los que son. Al agua, tan necesaria como es, casi nadie le dice agua, sino líquido preciado. Que si es vital, es sangre, pero si se trata de un ciclo, entonces viene a ser la vida. O sea, en lugar de agua, sangre y vida, se dice líquido preciado, líquido vital y ciclo vital respectivamente. Las mujeres siempre somos llamadas féminas, aunque a los hombres no se les diga másculos. Y cuando se hace el anuncio público de la muerte de alguien conocido, no se dice la patología mortal, sino murió de una larga y penosa, o de una repentina dolencia, con lo cual se debe inferir que el famoso o la famosa murieron de cáncer o de un infarto cardíaco. Resulta morboso que la gente comente por la calle ¿Viste?, Fulano murió de una larga y penosa. No, chica, estás equivocada, Fulano murió de una repentina.

Una tercera forma de alterar el uso correcto del idioma es la tendencia al nihilismo en las entrevistas. La palabra “nada” ha cobrado un nuevo significado que es “todo”  “casi todo”, o cuando menos, “mucho”. Pongamos por caso un cantante que regresa de una exitosa gira por varios países y es entrevistado en la televisión. El diálogo sería más o menos así:

–Cuéntanos cómo te fue en tu viaje. –Nada. Estuvimos (como veremos más adelante, se habla en plural) en 15 escenarios, y ofrecimos nuestro arte (nunca se dice canté ni cantamos) a 100 mil espectadores. Nada, nada.

-Qué bien. Ahora por favor, explícale al público qué planes tienes para el futuro.

-Nada. Pensamos ofrecer nuestro arte en Japón, en Australia y en Sri Lanka, además de contribuir con nuestra presencia en siete telenovelas y cuatro películas. Como ves, nada.

Si a esto añadimos el cambio de palabras que suelen usar artistas, se comprenderá la alarma: ya las películas no se ven: se visualizan, y a ciertos cantantes de rock no les gusta ser llamados así. Prefieren el término vocalista.

El cuarto lugar del disparate lo ocupa la pluralización. El empeño en ser modestos (como fuimos educados) nos ha llevado a la deformación de no hablar nunca en primera persona. Muchas anécdotas graciosas se derivan de esta pseudomodestia. Recuerdo a mi maestra de Biología en la secundaria, que hablaba pluralizando todo el tiempo. Aquí les mostramos una foto del núcleo, y allá les enseñamos el citoplasma. Nosotros vamos a dejarles de tarea la búsqueda de la mitocondria, y el sábado nosotros calificaremos. Nosotros los despedimos hasta mañana, decía. El aula entera se acostumbró a tener delante a una señora portavoz de unos cuantos seres de número incalculable, pero nadie hizo el menor comentario hasta que llegó el Día del Educador. El 22 de diciembre, la maestra de Biología entró y el aula entera se puso de pie, como siempre, para saludarla. Nadie tenía regalos para ella, pobre mujer multiplicada. Disimuladamente nos mandó a sentar y preguntó si  sabíamos qué día era, para poner la fecha en la pizarra. , coreamos todos, es el Día del Educador, pero no pudimos traerle ningún regalo. ¿Y eso por qué? Quiso saber ella. Porque ustedes son muchos, maestra, dijo el chistoso del grupo. Otro viejo cuento de lo mismo es el del hombre que llega tarde a una reunión y ofrece como excusa no pudimos llegar antes porque nuestra mujer está enferma. Esta modestia obligada surgió como un signo de humildad que nos fue impuesto como manifestación proletaria. En la excelente novela de Senel Paz En el cielo con diamantes, aparece una posible explicación al fenómeno de los cambios que sufrió nuestro idioma a partir de 1959. En dicho libro, Senel señala que en aras de llevar la lucha de clases a su máxima expresión, no eran bien vistas costumbres refinadas como comer con cuchillo y tenedor, porque se consideraban rezagos de la decadente burguesía. Y por lo mismo, de pronto las cosas dejaron de estar en lontananza para encontrarse en casa del carajo. 

Por último, abordaré levemente la quinta forma actual del daño que se comete contra nuestra lengua, y que guarda relación directa con dos grupos sociales que proliferan hoy día: Los nuevos ricos y los pseudointelectuales de una supuesta vanguardia que en realidad es viejísima. Los temas de conversación de los nuevos ricos resultan casi incomprensibles para el resto de la población, lo cual produce gran satisfacción entre quienes intercambian frases como: El bolso Gucci me salió bastante bueno, fíjate que me duró tres meses, y casi nadie se percató de la  imitación. ¿Ya tienes instalado el kiwán en tu jacuzzi? Vámonos a casa, a tomar sevenop en la segunda terraza. ¿Qué tal me veo con silicona en las tetas y con botox en los labios?

En contraste, la pose pseudointelectual exige un avanzado deterioro en el aspecto físico, un abandono intencional que produce más lástima que otra cosa. En esta casta no se conversa normalmente sino que los diálogos consisten en citas de Borges, de Vargas LLosa, de Clarice Lispector, de Milan Kundera, y de otros artistas que estén de moda en los círculos del jet set cultural. Es frecuente que tanto los nuevos ricos como los vanguardistas maltraten el lenguaje, porque lo importante es destacarse. Por ejemplo, ante la enfermedad de una colega a la que llamaremos Melany, un nuevo rico se expresa así: Ups, a Melany la llevaron a la clínica porque tuvo un yuyo. Parece que tiene problemas con una de las cuatro vértebras del corazón, pobre chica. ¡Oh!, my god, mira que le dije que no consumiera carne de cerdo, rica en hidrocarburos, mientras que un pseudointelectual diría: Dada la semiótica del entorno, y la anamnesis ofrecida por los galenos, es obvio que a Melany le ha fallado lo que los antiguos llamaban el sagrado core, pobre púber infausta adicta a las grasas transgénicas!       

Además de estos cinco modos de apalear la lengua, existen muchos otros, que dejamos para otra ocasión. Antes, añadimos que ya sea por el doblaje o por el idioma materno de los protagonistas de seriales, nuestros niños ya hablan como si estuvieran actuando todo el santo día, y dicen “lunchera”, “ma, abu, finde, refri, celu, porfi” etc. Finalizo con una anécdota que tiene que ver precisamente con el autor de “El lobo, el bosque y el hombre nuevo”, ya mencionado aquí. Le pregunté a Senel su opinión sobre las pateaduras que está recibiendo el castellano con estas abreviaturas importadas, y gracioso como es, me dijo «No puedo contestarte; a mi, si acaso solo podría darte media respu a tu pregun».

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