Títeres y siemprevivas en el jardín
de Jesús Ruíz

Rubén Darío Salazar • La Habana, Cuba
Fotos: Cortesía del autor

No es fácil resumir en una exposición retrospectiva la intensa vida creativa de Jesús Ruíz (1943-2014), uno de los diseñadores más importantes de la cultura cubana. Aplaudo el minucioso trabajo de selección y montaje de los curadores Geanny García y Johanna Ruiz —sumo al equipo entero de realización— para la muestra antológica Del azafrán al lirio, asentada desde el pasado 3 de junio y anuncian que abierta hasta septiembre en la Galería Raúl Oliva, institución especializada que se ubica dentro del capitalino Centro Cultural Bertold Brecht.

Imagen: La Jiribilla

Otros diseñadores que han paseado por allí su obra, poseen con seguridad aristas estilísticas reconocibles  en sus producciones que indican el derrotero a seguir para quienes deciden armar una exhibición abarcadora del ciclo vital de una persona, pero Jesús, el querido e inolvidable Jesús, construyó un ejido variopinto en sus floraciones,  cuya multiplicidad iba de los retablos a la escena, del cine a la televisión y de todos estos caminos a la artesanía decorativa y la investigación. Así, del azafrán colorido al lirio delicado, parafraseando al hermoso poema de Ballagas, que cita en las notas del esmerado catálogo el dramaturgo Luis Enrique Valdés,  se disfruta esta merecida propuesta de viaje, sencilla y profunda a la vez, como la propia personalidad de Ruíz.

Entrando a la espaciosa área de la galería, después de disfrutar las maquetas de sus piezas artesanales en madera y una reproducción del lugar donde trabajaba en su casa, el lado izquierdo fue elegido por los curadores para exponer una pequeña representación de la nutrida obra de teatro para niños y de títeres concebida por el diseñador a partir de 1964. Declarado abiertamente deudor de la labor de los hermanos Camejo y Pepe Carril en el Guiñol Nacional, Jesús Ruíz acometió más de 40 títulos con varias agrupaciones escénicas del país y del extranjero, por eso complace la posibilidad de reencontrar a personajes como Caperucita Roja, recreada con influencias del Art Noveau, para la versión que tutelara Roberto Fernández, el director con quien más trabajó en los retablos, producida en 1979 para el Teatro Nacional de Guiñol (TNG). No podía faltar Pluff el fantasmita, espectáculo producido igualmente para Fernández, con el cual el matancero al proponer singulares muñecos de varillas con materiales acrílicos en tiempos de papier maché, plantó su bandera en los terrenos del diseño teatral y titiritero desde los años 60.

Una línea plástica  personalísima, signada por la limpieza de los detalles en el conjunto y la propuesta de formas caprichosas, de belleza poco común sobre las tablas, marcan  los bocetos de vestuarios, figuras, telones y escenografías en montajes como El ratón poeta, 1971 (TNG),  Viajemos al mundo de los cuentos, 1973 (TNG), Margarita en el país de las maravillas, 1975 (Teatro Experimental de Santa Clara-TESC-), El médico fingido y Las preciosas ridículas, 1976 (TNG), Papobo, 1978 (Guiñol Santiago), El flautista de Hamelin, 1982 (TNG) Blanca Nieves y los siete enanitos, 1983 (TESC), La linda durmiente, 1985 (TNG), Ruandi, 2001 (Instituto de Arte Teatral Internacional, New York), y El caballero de la mano de fuego, 2002 (TNG), entre otras obras expuestas.

Imagen: La Jiribilla

Las corrientes pictóricas de Jesús, que alguna vez llamé diseñador con alma de arquitecto, artesano con giros de escultor, ángel, diablo y mago, enamoraron tanto a maestros de la escena del teatro para adultos y niños, como a coreógrafos, directores de cine y televisión. Su cavilación a la hora de crear no tenía fin, podía regresar una y otra vez a la obra que parecía ya terminada para agregar nuevas pinceladas originales e inusitadas, y siempre quedaba inconforme.

Se agradece al Museo y Teatro de Títeres El Arca, afincado en la Habana Vieja, la atención sobre las piezas que atesoran de Jesús, eso nos permitió poder disfrutar en vivo algunas figuras míticas en la historia de la manifestación titiritera nacional. Igual pasa con los bocetos conservados, llenos de marcas, medidas y nombres que completan dentro de la muestra buena parte de un lapso intenso, con paradas diversas en el camino. Un sendero en el que de una manera u otra siempre aguzó la mirada sobre el universo infantil; me lo dicen esas últimas fotos de 2014, donde Jesús se ve trabajando en la maqueta para la miniserie televisiva de Niels del Rosario El escaparate de Patricia, cuyas escaleras, ventanitas y puertas remedan el mundo de la Alicia de Carroll, como un laberinto paralelo donde habitan invisiblemente los fantásticos animales de madera que hacía el carpintero Horacio Ruíz, padre del artista.

 

En el lado derecho de la exposición y al centro se admiran trajes, planos y fotografías de sus otras contribuciones dramáticas, todas exquisitas y sugerentes, insinuadoras de la percepción de un hombre informado y sensible. El suelo de la galería cubierto de tela clara, cual espejo de agua alba, lúcida y penetrante, soporta el campo edénico donde Jesús Ruíz debe desandar a gusto, observando a cada quien del público asistente, conocidos y no. La vida es un taller, nos dijo alguna vez a Zenén Calero y a mí en una de sus acostumbradas visitas a Matanzas. Le agrego con respeto y eterna admiración, que es también un jardín, un vergel donde seres como él dejan una huella inquieta y reveladora, con el encanto misterioso de los títeres o de las silvestres florecillas que los humanos nombramos siemprevivas.

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