Malestar en la cultura. Identidades globales y territorialidad

Miriela Fernández • La Habana, Cuba

Dos acciones culturales me han llamado la atención recientemente. Por un lado, la aparición del libro Cuba etnográfica (Fundación Fernando Ortiz, 2012); por otro, la presencia, en la última Bienal de La Habana, de la obra The Eden Experiment (The Habana habitat), del austriaco Nikolaus Gansterer. Ambas parecen partir de un paneo a la realidad cubana para enfocar la diversidad de identidades, sobre todo juveniles que ocupan los espacios urbanos. Creo que con distintos recursos se presenta una misma problemática: los cambios identitarios que trae consigo la globalización cultural.

Imagen: La Jiribilla

En el libro Cultura popular y cultura de masas. Conceptos, recorridos, polémicas, la investigadora Ana María Zubieta resume que uno de los relatos generados acerca de la globalización parte de su concepción hegemónica, “que desde una perspectiva neoliberal excluyente y totalizadora narra procesos de intercambio fluido y de homogeneización, donde las naciones abren sus fronteras y los pueblos se comunican, donde los intercambios son rápidos y simultáneos...El otro, subalterno, que habla de migraciones, de procesos de transculturación, de experiencias interculturales y está lleno de referencias a desgarramientos y conflictos...”.

Para ese segundo enfoque desde abajo también se ha utilizado el término, promovido por actores como organismos comunitarios, movimientos sociales, redes, individuos. Se pudiera afirmar que estos pueden relacionarse con la globalización hegemónica en dependencia de sus objetivos, a partir de una postura de complementación, contestación o contraposición, y por tanto, utilizar sus mecanismos o constituirse de manera más autónoma, autogestionada, independiente.

Por ello, al leer los artículos que en Cuba etnográfica abordan “los espacios socioculturales en su diversidad”, sentí la ausencia de un análisis más global, una contextualización profunda de este tema más allá de nosotros mismos, porque, desandando la globalización se nos asoman escenas similares en diferentes territorios. Para varios autores este proceso da la posibilidad de pensar en distintas zonas la pérdida de las monoidentidades, la evolución o surgimiento de grupos con una proyección identitaria global y la reubicación, a partir de estas conexiones, de las culturas tradicionales locales.

Para el antropólogo Jesús Martín Barbero lo que estamos viviendo es la emergencia de una transformación cultural, donde la cultura se concibe como “un espacio estratégico de estar juntos”. 

En la obra The Eden Experiment II (The Habana Habitat), su autor irrigaba  sonido sobre dos plantas de tabaco. Una recibía la música de Johann Sebastian Bach, mientras la otra, la fuerza sonora del metal extremo [1] hecho en Cuba. Esta parte de la instalación dialogaba con imágenes de una pantalla y con otros elementos como una pared con diagramas sobre la evolución de las especies y un árbol que recogía las diferentes ramas del metal extremo. Todo estaba en función de probar la tesis de Gansterer en torno a la identidad cultural, cuya “base genética” se transforma a partir de las influencias y experiencia de vida de cada organismo. 

La hoja de tabaco, símbolo de cubanidad, y, que en este caso, podría interpretarse como representación del cubano y la cubana, se expone no a elementos tradicionales del país, sino universales, globales, y de ahí, esas fotos —como la de un blackmetalero— que confirman variaciones en torno a la identidad, lo que influye también en posicionamientos ideológicos, religiosos, artísticos y ante otros aspectos de la vida.

Esa exposición a otras culturas o las influencias que llegan desde diferentes esquinas del Arte, catalizan en un lugar específico el encuentro entre jóvenes que comparten los mismos sentidos, valores, identidad y conforman esos grupos con sus propias prácticas culturales.

Así, se habla hoy de nuevas identidades a través de la imagen de raíces móviles, o de “raíces en movimiento” (Barbero, 2002a), pues estas surgen no solo desde la historia cultural y la memoria de un territorio, sino desde la interculturalidad. Esa exposición a otras culturas o las influencias que llegan desde diferentes esquinas del Arte, catalizan en un lugar específico el encuentro entre jóvenes que comparten los mismos sentidos, valores, identidad y conforman esos grupos con sus propias prácticas culturales. Desde ellas, continúan, como pueden según cada contexto, el intercambio con lo que sucede en grupos similares más allá de sus fronteras.

Lo interesante es que aquí hay una doble producción cultural, primero, la encarnada en las prácticas simbólico-sociales de estos grupos, en sus formas de relacionarse, comunicarse.

En segundo lugar, la que se refiere al Arte en sí mismo, y que muestra como sentido creativo fundamental la visibilización de los valores de esa cultura, la implícita intención de perpetuidad y la búsqueda de trascendencia o de llegada, desde unas escenas hacia otras que comparten los mismos valores. Es importante destacarlo, además, por constituirse en alternativa a la comercialización cultural —y de todo tipo— que se entroniza en nuestros días.

Al analizar el proceso de globalización suele asomar el mito de la desterritorialización producto del “malestar en la cultura” que conlleva, desde los más jóvenes como se ha dicho antes, a un “replanteamiento de las formas tradicionales de continuidad cultural” y “la emergencia de sensibilidades desligadas de las figuras, estilos y prácticas de añejas tradiciones que definen la cultura”.

Sin embargo, esa desterritorialización de la cultura tradicional vuelve al territorio, donde tienen lugar esas prácticas culturales —en el sentido simbólico-social—, que van dejando transformaciones a la cultura de allí. La ciudad es el escenario por excelencia donde surgen estos grupos, por su frescor cosmopolita, su dinámica de apertura al mundo, y la expansión en ella, más que en otros sitios, de los medios masivos y las redes electrónicas. 

De ahí esas fotos que ilustran el texto de Cuba etnográfica, que conducen a la calle G, en La Habana, o la referencia a Mephisto [2] que contiene The Eden expriment.

Siguiendo a Barbero estos grupos evidencian la “elasticidad cultural” que portan sus jóvenes integrantes, unas identidades culturales conformadas en periodos más cortos que las tradicionales, y que son más flexibles, pues permiten que estos muchachos y muchachas asimilen universos culturales muy diversos, encontrando en las prácticas que ellos y ellas producen luego, grandes sentidos de vida, como sucede con el metal extremo.

¿Cuánto se reconocen en nuestro país esos cambios culturales que vienen con la globalización subalterna o desde abajo? ¿Cómo se trazan en esos sentidos las políticas culturales?

Al analizar la obra del antropólogo Néstor García Canclini, la profesora Ana María Zubieta destaca que “las culturas populares se definen por su posición en relación con las otras culturas a las que se enfrentan, por su uso, y no por su origen (Zubieta, 252). Todo esto conlleva, en primer lugar, a comprender la forma en que nacen y evolucionan en cada territorio, y en Cuba, claro, esas prácticas; las causas de su nacimiento desde una visión local-global y holística, atravesando diferentes aspectos de la vida —lo social, lo comunicativo, lo histórico, lo político, lo artístico..., lo que se ha llamado transdisciplinariedad— y a penetrar la interculturalidad y las redes locales-globales que se crean. 

Entender estos cambios en la identidad que promueven los grupos juveniles    no significa cooptar ni integrar, sino como dice Canclini desarrollar la cultura  en nuestro tiempo.

 

Referencias bibliográficas:
Barbero, Jesús Martín. La globalización en clave cultural: una mirada latinoamericana. Ponencia en el coloquio internacional Globalización y pluralismo. Montreal , 2002. (a)
Barbero, Jesús Martín. Jóvenes: comunicación e identidad. En Revista Pensar Iberoamérica, febrero 2002. En: http://www.oei.es/pensariberoamerica/ric00a03.htm (b)
Cuba etnográfica. Fundación Fernando Ortiz, La Habana.
Zubieta, Ana María (Compiladora). Cultura popular y cultura de masas. Conceptos, recorridos y polémicas. Editorial Paidós. Buenos Aires, 2000.pp.299.

 



1. A finales de los 60 el sonido del rock se tornó más pesado. Durante la década siguiente bandas como Iron Butterfly, Deep Purple, Led Zeppelin y sobre todo Black Sabbath con sus temáticas oscuras fueron configurando lo que se ha llamado protometal. La fusión del punk y el heavy metal de esos años también influyeron en el nacimiento de los subgéneros del metal extremo, que cristalizó a partir de grupos como Iron Maiden y Judas Priest. Entre los estilos principales dentro del metal extremo se encuentran el  thrash metal, death metal, black metal, grindcore, doom metal. Otras tendencias reconocidas son: industrial metal, power metal, metal de vanguardia, folk metal.
2. Banda holguinera, pionera del black metal cubano. 

 

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