Danza

Carmen o la noche de Sadaise

Pedro Ángel • La Habana, Cuba

Fotos: Nancy Reyes

Luego de una larga espera del público, el Ballet Nacional de Cuba acaba de llevar a las tablas de la sala Avellaneda del Teatro Nacional una de las obras más apetecidas por los admiradores de la danza, Carmen. La coreografía fue creada casi medio siglo atrás por el gran Alberto Alonso para Maia Plisétskaia, encabalgada en la suite de Rodión Schedrín, también especial para esta pieza, sobre la conocida ópera del mismo nombre de Georges Bizet, una de las más populares del repertorio operístico, donde se enmarca una famosísima habanera, obra del virtuoso compositor francés.

Como en otras ocasiones en que se ha repuesto, renació la corriente de opinión que señala a la Carmen de Alonso como la más acabada expresión del arte coreográfico nacional, en medio de un mar de creaciones valiosas, entre las que se cuentan otras visiones homónimas como las que realizaran Jorge Lefebre para el Ballet Real de Wallonne y Osvaldo Beiro para el Ballet de Camagüey. La pieza coreográfica resulta la cúspide de la jugosa carrera del afamado coreógrafo cubano.

Carmen es todo un ícono de la cultura española: la leyenda de la fatal mujer, devenida uno de los personajes más conocidos del imaginario popular de la península. Visiones de relieve pueden encontrarse no solo en la novela de Merimée o en la famosa ópera francesa, sino también en obras de artes tan diversas como el cine o la canción popular.

Correspondió en esta ocasión interpretar el rol de la seductora cigarrera a las primeras bailarinas Viengsay Valdés, Anette Delgado y Sadaise Arencibia, acompañadas por los principales partenaires de la compañía en los roles de Don José, Escamillo, el torero, y Zúñiga, el militar. A la vez, el enigmático personaje de El destino corrió a cargo Estheysis Menéndez, Ginett Moncho y Dayesi Torriente. Entre ellos, varios accedieron por primera vez a tales papeles, pero era justamente el debut de la Arencibia, el principal foco de interés para sus muchos admiradores y el público en general.

Afrontar tal coreografía —consagrada por los años y cuyos referentes interpretativos se remontan a personalidades tan fuertes como Alicia Alonso o Maia Plisétskaia— constituye un tremendo desafío, no solo para las primeras figuras, sino para todos los involucrados en la entrega artística y para el Ballet Nacional de Cuba.  

Tramado para explotar al máximo la labor interpretativa, Carmen exige madurez artística por parte de quien intente asumirlo, así como una elevada aprehensión de la música que en esta pieza juega un rol protagónico.

La noche de Sadaise Arencibia implicó toda una contienda entre el gestus natural de una bailarina muy hecha a los personajes románticos y un personaje duro, sensual, zalamero, apasionado, no falto de tintes perversos, que se le rebela a la bailarina hasta que esta, según avanzaba la obra se iba posesionando de él.

Quienes en los momentos iniciales de la puesta fuimos testigos del forcejeo de Sadaise por domar a un personaje tan tremendo, no pudimos menos que admirar semejante esfuerzo. Su desempeño en los adagios con Don José y Escamillo fue buena muestra del logro de la presencia transfigurada a la que fue capaz de llegar. Su Carmen es menos desafiante que otras y poco atormentada. No sufre pues no siente culpa y en ello residen los matices más aviesos.

Imagen: La Jiribilla

Es saludable recordar que cuando Plisétskaia y Alicia afrontaron Carmen eran bailarinas muy expertas y reconocidas, constituían cimas indiscutidas de la danza y habían desarrollado personalidades artísticas bien definidas. 

Ahora, luego de haber cruzado su Rubicón, después de debutar como Carmen, Sadaise es otra, más plena y madura. Así la escena y la vida se lo han exigido.

Imagen: La Jiribilla

Para futuras ocasiones, es conveniente que peluqueros, maquillistas y vestuaristas la apoyen para que la dimensión del desafío se le haga más llevadera y no se desarrolle sólo en los campos del gesto y la psiquis.

Es preciso referirnos a quienes compartieron con la Arencibia su noche de debut. El Don José de Alfredo Ibáñez, también debutante, resultó muy digno, a la altura de las circunstancias y merecedor de los aplausos que recibió; Dani Hernández, todo un bailarín, por momentos pareció no entenderse plenamente con la personalidad del matador Escamillo, con sus esencias; en tanto, el Zúñiga de José Losada se dejó ver de forma imponente y su fortísima presencia escénica. Estheysis asumió su personaje, El destino, de forma plena, en una prueba más de que está tocando a las puertas de desempeños aún mayores.

Imagen: La Jiribilla

Este es un ballet que debe aparecer con mayor frecuencia por varias razones capitales: su belleza y sus características tan nuestras pero, sobre todo, porque es una obra que exige mucho de los bailarines y hace crecer a quienes la interpretan y con ellos a la propia compañía.

 

 

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