La ruleta

Mae Roque

Ahora se van. La mujer alta con el clásico misterio de las grandes putas, sigue las pisadas de la muchacha pequeña que estuvo siempre en una esquina.

Las miradas atónitas de los cultores del falo secundan el silencio cómplice, mientras la música persiste en acabar con la noche.

La muchacha pequeña no debía estar aquí, sino en su apartamento semidestruido, con goteras menos sobre la cama, a no ser por la llamada del tipo con pretensiones de sabio. De este no recordaba que existiera.

La muchacha pequeña habría dicho "no puedo", si el tipo con pretensiones no hubiera mencionado la yerba. Entonces dijo "voy". Y tropezó al entrar con un grupo abundante de piernas regadas en el suelo con todo el consentimiento de sus dueños. La habitación era poco espaciosa y la muchacha pequeña decidió ocupar la esquina al lado del sofá donde una pareja hacía prácticas referentes al Kamasutra. El resto de los presentes estaban demasiado ocupados apostando cuál se templaría a la mujer alta con el clásico misterio de las grandes putas, y no vieron la entrada de la muchacha pequeña, que no debía estar aquí.

Sobre una mesita al centro de la habitación se encontraba la más variada oferta de bebidas y un envoltorio de papel, que seguramente alguien había olvidado.

La muchacha pequeña hizo un gesto de fastidio por tener que abandonar su esquina. Lamentó no haber reparado antes en la mesita, pero se levantó de un salto y tomando una botella volvió a su escondite. El contenido sería para ella sola, nadie había visto su apropiación y estaba sedienta. Recordaba las líneas de un cuerpo, el sexo húmedo palpitando en su boca.

Esta imagen la había perseguido durante días y ahora estaba allí, se dibujaba en la puerta.

 

Las apuestas se acallaron a tiempo para no llegar a los oídos de la mujer alta con el clásico misterio de las grandes putas. La pareja del sofá acomodó sus ropas e invitó a la mujer alta a sentarse a su lado. Pero esta prefería quedar junto al grupo de apostadores que se brindaban muy espontáneamente a servirle ron, yerba o bailar según los deseos de esta que, inadvertida para todos, miraba a intervalos hacia la esquina ocupada por la que no debía estar aquí. La mujer alta miraba con aire de mujer alta superior, mientras la muchacha pequeña recibía las miradas con la misma inexpresividad.

Los apostadores se turnaban para bailar y las apuestas subían silenciosamente. La mujer alta les dejaba hacer, feliz de su poder sobre los cultores del falo mientras seguía mirando a la muchacha pequeña que miraba a la mujer alta...

La muchacha pequeña después de su llegada no volvió a ver al tipo con pretensiones de sabio. Este andaba desnudándose según los caprichos de la botella en una barbacoa. En realidad a la muchacha pequeña no le importa el tipo con pretensiones, sino las líneas de un cuerpo que frente a ella se mueve sin reparar en la música y pasa por las manos de los apostadores.

La mujer alta con el clásico misterio de las grandes putas sí debía estar aquí. Los apostadores cultores del falo habían echado suerte días antes y sólo esperaban ver quién sería el próximo elegido de la mujer alta.

La mujer alta desconocía la existencia de su propia feria. Ella se movía entre los apostadores sin separar la vista de la muchacha pequeña.

Esperaba el triunfo sin pedir demasiado, a pesar de ser ambiciosa. Le bastaba ver una lagrimita rodando por las mejillas de la muchacha pequeña. No quería una reacción incontrolada, sólo una lagrimita y sería la puta más feliz del mundo. Para la mujer alta la victoria consistía en saborear la destrucción de la muchacha pequeña.

La mujer alta se calienta entre los cuerpos, la yerba, el ron y la mirada constante de la muchacha pequeña que no debía estar aquí. Ríe. Sus ropas se convierten en telas asfixiantes que se pegan a la carne gracias al sudor. La muchacha p e q u e ñ a descubre las líneas de los senos que forman parte de las líneas del cuerpo que la persigue hace días. Descifra el brillo en los ojos de los apostadores que tocan las líneas del cuerpo de la mujer alta.

 

Los cuerpos con sus líneas se friccionan, se convierten en una gran masa semicircular con la mujer alta como centro. Todos ríen. La mujer alta con el clásico misterio de las grandes putas ríe, y piensa en su triunfo. Los apostadores piensan en su triunfo, cada uno por separado. La muchacha pequeña cambia su mirada inexpresiva por otra casi tierna. También ha descifrado el brillo en los ojos de la mujer alta y arde sin perder la calma.

La mujer alta desabotona su blusa al ritmo de la música e introduce la mano de un apostador entre la tela y la piel. Otro le ayuda con el jeans que lleva demasiado ceñido y hace más difícil su despojo. Otras manos con sus dueños disfrutan de la carne desnuda y más de una boca se aventura entre el cuello y la espalda. Algunas manos se ausentan de las líneas del cuerpo de la mujer alta y dejan al desnudo una variedad increíble de torsos fálicos.

El brillo en los ojos de la mujer alta parece decirle a la muchacha pequeña "es para ti". El brillo en los apostadores se confunde pensando "para mí", cada uno por separado. La mirada casi tierna de la muchacha pequeña da las gracias y por primera vez sonríe.

La mujer alta con el clásico misterio de las grandes putas siente que la risa de la muchacha pequeña que no debía estar aquí, suena como una bofetada en sus intentos de destrucción y por primera vez descubre los rostros babosos de los apostadores y el orgasmo de la muchacha pequeña que nadie ha notado.

La muchacha pequeña agradeció mentalmente al tipo con pretensiones de sabio, que ahora formaba parte del grupo de apostadores, la llamada de la tarde.

La mujer alta recoge sus ropas de entre las ropas de los apostadores e intenta vestirse como puede, mientras la muchacha pequeña bebía el último trago y se acomodaba la saya sin abandonar su esquina. Los apostadores esperaban la elección del falo recogiendo, también, sus ropas.

La mujer alta se acerca a la muchacha pequeña que abandona su puesto y recibe una soberana bofetada. No hubo una lagrimita. La muchacha pequeña, que al fin notaron los apostadores, sonríe por segunda vez y besa a la mujer alta con el clásico misterio de las grandes putas, pensando en lo bella que es cuanto más rabia la consume. Ahora se van. La mujer alta con el clásico misterio de las grandes putas sigue las pisadas de la muchacha pequeña que recién notaron estuvo siempre en una esquina. Las miradas atónitas de los cultores del falo secundan el silencio cómplice. Nadie escucha la música de fondo.

 

Tomado de Mar desnudo, Revista Cubana de Arte y Literatura
Ficha: Mae Roque (Jagüey Grande, 1972) Poeta y narradora. Ha publicado los poemarios Imagen y semejanza (2001), Poemas para entretener al loco (2003), La ronda (2005), Yo, Safo (2005), Aguas muertas (2005), La hija del tabernero (2007), Del otro lado de la puerta (2012). El cuento que publicamos pertenece a su libro Amores ajenos (2009).

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