Teatro

La onomatopeya de un grupo que tiró la puerta, ¿y qué?

Ambar Carralero • La Habana, Cuba

Critique in progress…

Imagen: La Jiribilla

Entrada: One fula (25 pesos) [1]

CCPC (Cuban Coffee by Portazo´s Cooperative), es el más reciente espectáculo de un grupo de jóvenes matanceros, que bajo la dirección artística de Pedro Franco decidieron tirar la puerta y dejar atrás la seguridad de lo conocido, para hacer el teatro que deseaban. Precisamente por estos días se presentaron en el marco del Laboratorio Internacional de Verano Traspasos Escénicos, en el Centro Cultural El Sauce, situado en Ave. 9na y 120, en el municipio Playa.

Carta Menú

Teatro El Portazo, gesto que más allá de nombrar al grupo y referir la célebre decisión de Nora, el personaje de Casa de muñecas, define una firme vocación teatral. El Cuban Coffee… es un acto político-cultural que invita a la gente a “salir del clóset”, cuarto espectáculo que antecedido de Por gusto (Abel González Melo), Antígona (Yerandy Fleites) y Semen (Yunior García) constituyen un repertorio caracterizado por el diálogo con textos de jóvenes dramaturgos cubanos. El proyecto forma parte del Catálogo de Excelencias de la Asociación Hermanos Saíz desde sus inicios, y fue profesionalizado por el Consejo Nacional de las Artes Escénicas. Ha sido ganador de no pocos lauros otorgados por la AHS; entre ellos la Beca de creación El reino de este mundo en dos ocasiones, el Premio Aire frío al Mejor Espectáculo del año concedido a Por gusto y a Semen, respectivamente; además de obtener en más de una oportunidad el Premio Villanueva auspiciado por la UNEAC.

Defensores de una estética que desde la primera obra ya se perfilaba con un agudo humor en el manejo de diversos referentes, y en el diseño escénico y sonoro; sostienen una marcada intención de reconstruir los textos desde la puesta en escena, ya sea mediante códigos provenientes de otros lenguajes artísticos, como el cine y las artes visuales. La necesidad expresa de “contar” atraviesa sus espectáculos, para luego cortar, interrumpir y distanciar, descubriendo así los recursos utilizados, convirtiendo los nexos entre las escenas en verdaderas líneas y subtramas dentro de la obra que sin ser más relevantes, son vínculos o links que aportan otras lecturas y complejizan una dramaturgia puesta al servicio de la escena. También la fragmentación es un recurso que desde el montaje se erige como una ganancia y lejos de disipar la unidad de la historia, convierte cada parte en un universo con leyes y lenguaje propio, pero tributando al sentido general, como una suerte de exploraciones o variaciones del mismo motivo, que viene a ser la puesta en escena en su totalidad.

Oferta gastronómica

El primer mérito del Cuban Coffee… es la gestión cultural que supuso hacer posible y sustentable esta propuesta. Horas de estudio y análisis junto a personal entendido en gastronomía, tanto así que la carta menú desglosa la oferta artística por un lado y la gastronómica por otro. Una enfermera con un silbato expone el “reglamento” y organiza a los “clientes” en la entrada, verifica que todos porten su “peso/fula” (entrada) y les pone una corbata de papel (programa de mano.) Junto a la propuesta cultural, El Portazo ofrece un “variado” menú de bebidas y bocadillos, para amenizar la estancia del público en el patio de la AHS de Matanzas convertido en cabaret. Travestido con paneles, mesas y lámparas rojas el lugar se vuelve íntimo, con espacio para los “reservados”. Entre los tragos que ofrecen a precios asequibles están la “Sangría”, la “Caipiriña”, el “Mojito”, el “Ron Collins”,  o el sugerente “Sex onthebeach”. Entre los saladitos ofertan “Sencillos”, “Dobles” y por si fuera poco “Menach e Trua”. Los actores/camareros atienden al personal en sus primeros pedidos. 

Oferta artística

Con una estructura rizomática diseminada en tres bloques y tres recesos (para bailar y saltar del clóset), formados a su vez por pequeños núcleos, el Cuban Coffee… le cierra la puerta a la noción de mímesis y abre ante los espectadores un juego con el simulacro. El despliegue de números musicales y coreográficos, a veces cantados por los actores y otras mediante doblajes, toma del café-cabaret, del show musical nocturno su dosis carnavalesca, apoyada por el diseño escénico y sonoro. Por otro lado, reúne textos de diferente procedencia, fragmentos de obras de jóvenes dramaturgos cubanos con estéticas bien distintas pero con preocupaciones similares, como Rogelio Orizondo (Antigonón…), Yerandy Fleites (Antígona) y Yunior García (Pasaporte), María Laura Germán, Roberto Viña, Alessandra Santiesteban, junto a citas de Brecht, Bukowski, Bonifacio Byrne, y del propio Pedro Franco. Por supuesto, debidamente editados, repensados en función de una pasarela de monólogos o escenas cortas de hasta tres actores, dotando al espectáculo de momentos dramáticos, donde la emoción y un alto vuelo poético hacen olvidar la fanfarria anterior. Pero cuando todo se torna serio, el público sigue reflexivo y emocionado cada parlamento y movimiento de los actores, a Jany Hernández como Leonor Pérez o a Carlos Carret aludiendo la imagen de Camilo Cienfuegos; vuelve a estallar otra provocación de índole carnavalesca que distancia, sorprende a los espectadores y ratifica la cualidad del Cuban Coffee… para subvertirse a sí mismo como un modo efectivo de trastocar al público. 

El espectáculo es postmoderno en el sentido de ser una cita de otras citas, de refuncionalizar diversos referentes hasta convertirse en un referente propio. Un trabajo no solo escénico sino teatrológico pues en él se puede encontrar la creación dramatúrgica, las búsquedas desde la dirección escénica, las preocupaciones estéticas, histórico-políticas, culturales y sociales de diversas generaciones, pero con un enfoque muy contemporáneo. Es un “documento escénico” que reúne, agrupa en un mismo hecho teatral el lenguaje, las poéticas y los discursos que se han venido representando en los últimos años, sobre todo por la zona más joven de la creación escénica en Cuba.

Simulacro que esconde detrás de las canciones, la tradición rota y la unificada de nuestro país, la identidad, la emigración, la herencia de una conciencia nacional que nos trasciende y en el fondo ha sido siempre la misma, habla de las pérdidas y también de lo logrado, recuerda cómo la inmensa cultura cubana tiene la propiedad de traspasar épocas, personajes históricos, contingencias masivas y micropolíticas, cómo tiene esa cualidad de aportarle a lo foráneo un sello que lo reconstruye hasta hacerlo cubano.

Pienso que el golpe maestro del espectáculo está en su carácter profundamente evocador. A partir de la conjunción de referentes y del enlace de todo su material, la música, las coreografías, los pasajes de la Historia de Cuba, la atmósfera y el desenfado propio del cabaret, el mejunje de textos que remiten a otros espectáculos, a otras circunstancias, pero fuertemente anclados al presente de los espectadores; activan la memoria y funcionan más allá del razonamiento, como algo similar a lo que sucede cuando escuchamos una canción. Puedes conocer o no la letra, puedes seguirla atentamente, conversar o beber mientras la escuchas, la canción sigue ahí, entra a través de tus sentidos, solo necesitas estar presente. Es un proceso natural que no es del todo consciente, pero con un efecto demoledor, por acumulación de recuerdos comunes y privados, por asociación de imágenes, por ser capaz de mezclar momentos, recuerdos, anhelos en un espacio/tiempo simultáneo.

La carta que Leonor Pérez le envió a un Martí enardecido con la Patria, pero sin tiempo para una familia sumida en la pobreza, y las necesidades de los jóvenes cubanos en la actualidad se mezclan. Yo me preguntaba por qué me dieron deseos de llorar cuando escuché la canción “Para el nuevo año” de Delia Díaz de Villegas, popularizada en el concurso OTI en los años duros del Período Especial. Temas antológicos de la música anglosajona, “New York New York”  de  John Kander y Fred Ebb, por Magy Carlés; junto a “Esta casa” interpretada por  Elena Burke, “Medio Peso” de las Hermanitas Márquez, junto a temas de Celia Cruz. Vimos desfilar a La Giraldilla, a Don Lagartijo, a la Estatua de la Libertad, imágenes que recordaban en la visualidad la pasarela memorable de Carlos Díaz en el Trianón. ¡Pudimos bailar, desahogar unas ganas viejas de bailar! Lo sublime y lo popular, lo culto y lo grotesco, lo norteamericano y lo caribeño, la herencia del bufo, el chiste conocido, la reflexión aguda, la crítica mordaz, y también un “dolor de Patria” común.

Imagen: La Jiribilla

Importe total

El CCPC… no solo es una importante lección sobre la implementación de estrategias económicas para viabilizar el arte y hacerlo rentable para  instituciones y creadores, para romper trabas burocráticas y consensuar criterios de manera creativa; también es una irónica moraleja para el contexto teatral cubano, que se ha debatido tanto en los últimos años entre “desdramatizarse” o “reteatralizarse”, entre tradición o postdrama, entre representación vs presentación. Ahí, tangible y sólido como la materia, un espectáculo demuestra que las respuestas a los más acuciantes dilemas teóricos siempre están en la creación, la confirmación de que tal vez, el camino nunca fue separar (nos) lo que por naturaleza está unido. Brindo por Teatro El Portazo, por su espectáculo “cerrador” y porque no sea su único Coffee ni la última vez que tiren la puerta.

¡Se acabó el peso! [2]

 

Notas:

1. La entrada es un ingenioso billete de “One fula” con el logo del grupo y una marca de agua con el rostro de Pedro Franco, a cargo del diseñador Edel Febles.

2. Cita que aparece al final de la carta menú.

Comentarios

Muy buena reseña, que bien escribes corazón, en tus palabras veo pasar las imágenes de esta obra... me encanta tu estilo Ambar.

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