Memoria sublevada de cantora

Antonio López Sánchez • La Habana, Cuba

Ahora, ante las teclas, la escucho de nuevo. Y la primera línea demora en nacer porque resulta imposible, si se le deja entrar apenas, sustraerse a la magia, al fascinante poder de esa voz. Dura, dulce, alada, estaba llena, en igual y desbordante medida, de toda la tristeza, la fuerza y la ternura que puede caber en una voz de mujer o, tal vez, en el alma que nos dejaba escuchar en cada interpretación. Así, Mercedes Sosa, sólo con la ayuda de un puñado de inderrotables canciones, cargó consigo el desafío a las penas y la celebración de las dichas de todo un continente. Un pedazo de tierra inmenso, unos millones de vidas dispersos en montes, selvas y sueños, que sin embargo cabían cómodamente en un solo vuelo de su garganta portentosa.

Imagen: La Jiribilla

Y si bien Argentina la vio nacer, y hoy conserva su polvo hecho voz y viento, sería nuestra América su patria más grande, y el canto, la música, su mejor antídoto para derribar fronteras y hacerse ciudadano de todos.

Si la codiciosa Pálida no nos la hubiera robado hace unos años, el noveno día de este julio la traería de vuelta, para completar 80 sonoros calendarios. Fue Tucumán quien cobijó esa llegada, por cierto, en la misma fecha del Día de la Independencia para la patria sureña. Tal vez de esa coincidencia nació también el sino libre que acompañaría a La Negra durante toda su vida. Y si bien Argentina la vio nacer, y hoy conserva su polvo hecho voz y viento, sería nuestra América su patria más grande, y el canto, la música, su mejor antídoto para derribar fronteras y hacerse ciudadano de todos.

Pero no fue sólo su calidad indiscutible, sus dones elementales como artista, los que hacen de Mercedes Sosa una de las imprescindibles. Porque a esas aptitudes unió un par de compromisos elementales y gigantes que practicó y defendió siempre. Ya desde que en 1963, en compañía de Oscar Matus —por entonces su esposo— de Tito Francia, y en especial del poeta Armando Tejada Gómez, entre otros artistas, firmara el manifiesto del Movimiento del Nuevo Cancionero argentino, la cantora decidió sus rumbos para todo el porvenir.

Allí, bajo una exhortación, acostúmbrense a cantar con fundamento, deudora del mítico Martín Fierro como destaca Clara Díaz, “se hacía constar el poder de la canción como vehículo inmediato para llegar al pueblo”, nos recuerda la investigadora cubana en su libro Sobre la guitarra, la voz. Desde fecha tan temprana en su carrera, Mercedes Sosa asumía desechar “toda producción burda y subalterna que, con finalidad mercantil, intente encarecer tanto la inteligencia como la moral de nuestro pueblo”, tal rezaba el manifiesto.

Luego de su iniciador La voz de la zafra, en 1959, los registros siguientes mantendrían la defensa de esa divisa. En 1965 grababa Canciones con fundamento y un año después, Yo no canto por cantar. Aunque los dos primeros pasaron casi inadvertidos en su momento —dadas sus intenciones ajenas por completo al filón comercial— después del tercero no se detendría ya jamás el ascenso de La Negra hacia la memoria y las esencias más altas de la América.

Imagen: La Jiribilla

Sin embargo, además de esos registros tangibles, con apenas seguir la carrera de la Sosa, se hará notable que los principios de ese manifiesto la acompañaron durante toda la vida. De esa aventura fundadora, entre otros varios temas memorables, nacería ese himno indispensable que es “Canción con todos”, de Tejada y César Isella, siempre útil para liberar la esperanza, con un grito en la voz. Y luego vendrían muchos otros.

Un vistazo a las autorías a las cuales La Negra puso a disposición su talento, con no pocas versiones inolvidables que muchas veces compiten o superan limpiamente a las de los propios creadores, da cuenta de las exigencias de la cantora tucumana.

Una hipotética, y siempre incompleta, lista de obras a salvar del recurrente naufragio, daría más de un grato dolor de cabeza a quien lo intentara. Un vistazo a las autorías a las cuales La Negra puso a disposición su talento, con no pocas versiones inolvidables que muchas veces compiten o superan limpiamente a las de los propios creadores, da cuenta de las exigencias de la cantora tucumana.

“Si se calla el cantor”, de Horacio Guarany. “Gracias a la vida”, de Violeta Parra. “Te recuerdo Amanda”, de Víctor Jara. “Canción para Carito” y “Sólo le pido a Dios”, de León Gieco. “Como la cigarra”, de María Elena Walsh. Y canciones de Atahualpa Yupanqui, Fito Páez, Charly García, Chico Buarque, Milton Nascimento, Luis Eduardo Aute, Joaquín Sabina, Pablo Milanés, Silvio Rodríguez... Una sola de esas grabaciones hubiera bastado para consagrarla. Todas y cada una son prueba del rigor sin concesiones y de las intenciones estéticas y éticas de la artista argentina.

Algo de tal actitud le parece muy significativo a este escriba. Mirando tales nombres reunidos en una sola carrera, sale a flote la demostración evidente de que el éxito artístico no tiene que ir de la mano de la superficialidad y la simpleza para lograrse. Mercedes Sosa fue y seguirá siendo, una artista popular, reconocida a los más altos niveles. Pero jamás rebajó su talento a la complacencia y la tontería. No hay una sola de sus canciones que rinda culto a la mediocridad, a la torpe idea de ser insustancial para satisfacer al público, a ese pasajero triunfo que pronto se eclipsa ante la llegada de un nuevo ídolo de barro musical. Los dioses verdaderos, no sus émulos de paso borroso, se dan a la verdadera creación, al hacer en mayúsculas, al arte real sin dobleces. Como lo hizo La Negra a lo largo de su existencia y su trabajo.

Este julio servirá para el recuerdo. Aunque no callarán jamás los sonidos de su legado, las fechas pueden ser un buen alimento para que esa remembranza no sea sólo una mera efeméride. Ese camino colectivo que su voz nos dejaba ver en lo futuro, sigue abierto y posible, con una canción lista para conducirnos. Hágase más vivo, entonces, 80 compases después y para todo el mañana, el reverdecer de esa memoria sublevada y viva que nos dejaron los cantares de Mercedes Sosa.

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