Santiago en el meridiano de Caliban

Pedro de la Hoz • La Habana, Cuba

Ante el rito de los hijos de la comunidad de Pilón del Cauto, un ilustre visitante de la 35 edición de la Fiesta del Fuego, en Santiago de Cuba, dijo: “Si alguien tuviera duda sobre la vigencia de un país en revolución, tendría que ver esto. Porque solo una revolución auténtica hace posible que estas mujeres y hombres bailen, toquen y eleven sus rezos libremente aquí”.

La sangre de un chivo baña la tierra del patio de un majestuoso palacio del otrora exclusivo reparto Vista Alegre, propiedad abandonada por la alta burguesía santiaguera puesta en fuga tras el arribo del Ejército Rebelde a la ciudad en enero de 1959. Para los antiguos moradores del inmueble hubiera sido impensable dejar que la negrada invadiera sus predios con prácticas que no vacilarían en calificar como heréticas, aunque quien sabe si a escondidas alguno de ellos se consultara con un brujo.

Pero la lectura del acontecimiento por Alfonso Múnera, secretario general de la Asociación de Estados del Caribe (AEC) al observar la fiesta vudú guarda relación con un hecho indiscutible: la sostenida vocación de la Fiesta del Fuego por preservar y encauzar las expresiones de la cultura popular tradicional como fenómenos vivos, en continuo desarrollo.

Esa es una de las principales misiones del Festival y de la institución que lo anima, la Casa del Caribe y fue la idea promovida desde un inicio por su fundador Joel James y de los continuadores de su obra en el equipo actualmente encabezado por Orlando Vergés.

La otra se deriva de esta: construir vasos comunicantes entre la diversidad de las culturas de la cuenca del Gran Caribe, es decir, las islas y las tierras ribereñas, a partir de una plataforma expansiva donde la caribeñidad no se ciñe estrictamente al ámbito geográfico, sino abarca una dimensión espiritual.

Ello explica que en Santiago se tienda un arco desde el delta del Mississippi hasta la costa atlántica de Brasil e incluso un poco más allá, puesto que el candombe uruguayo suena familiar a los oídos de los participantes.

Se trata, ante todo, de poner en su lugar una concepción cultural que privilegia el imaginario popular y destierra las nociones elitistas del conocimiento y el arte. Es como si todos los relojes sincronizaran la hora de Caliban, el personaje de La tempestad, de Shakespeare, reivindicado por el poeta Roberto Fernández Retamar, como símbolo de autorreconocimiento y descolonización.  

Casi ninguna expresión del alma de los pueblos de la región escapa a la agenda de la Fiesta del Fuego. Entre todos se va tejiendo una comunidad de intereses y propuestas que transitan de los signos identitarios particulares al espacio compartido de una cosmovisión, que se construye sobre la base de sucesivas transculturaciones e historias de vida con más semejanzas que diferencias.

En la playa de Juan González, asaltada por los participantes para rendir culto al mar que nos une y al omnipresente símbolo de Yemayá, una imagen valida la tesis fundacional de la Fiesta del Fuego: los cordoneros de Monte Oscuro, que transmiten de una a otra generación la práctica danzaría y musical de esa particular y sincrética invocación espiritista, alternan con los toques, cantos y bailes de Diablitos de Yare, procedentes del Caribe venezolano. Y al principio y al final se entienden.

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