El Junkanoo de Bahamas en el Festival del Caribe

Aracelys Avilés Suárez • La Habana, Cuba

El desfile de este día cinco fue quizá el más largo de la historia de los Festivales del Caribe, un flujo como de lava —por la densidad de gente y la lentitud con que parecía venir— descendía desde Plaza de Martes por toda la calle Aguilera hasta el parque Céspedes.

Los que sabíamos que el Junkanoo estaba al final de esta gran cola de serpiente, lo esperábamos con ansiedad. Y llegó, después de casi tres horas, hasta el frente del Gobierno Municipal, un edificio emblemático en Santiago de Cuba, con sus tambores y sus chicas atléticas, tocando y bailando un ritmo que no pude reconocer.  

Como suele suceder con las tradiciones que son sacadas de su entorno para exhibirlas como un espectáculo, a uno le queda el sentimiento de que solo ha visto una tela muy fina y superficial del gran monstruo. Esto que vimos del Junkanoo es tal vez lo más espectacular, pero no lo más genuino, lo más humano.

Lo primero que te dicen de esta manifestación cultural es que se trata de un desfile muy colorido acontecido a lo largo de Bay Street, la calle principal de Nassau, el 26 de diciembre y el 1ro de enero. Comienza en la madrugada y se extiende hasta las primeras horas después de la salida del sol. Los grupos desfilan usando trajes y máscaras que han confeccionado celosamente y en secreto durante todo el año. Al final hay un jurado que premia los mejores disfraces, la mejor música y la mejor representación.

De inmediato se piensa en los paseos de carrozas que se hacen en Cuba durante los carnavales, y, por lo menos a mí, me recuerda el celo con que los parranderos de Remedios de uno y otro bando, trabajan cada año en los disfraces y los motivos de plaza.

Los orígenes de la festividad también rememoran el de algunas prácticas culturales cubanas. Nadie sabe exactamente cuándo o cómo empezó a celebrarse el Junkanoo, pero los historiadores apuestan a que fue entre los siglos XVI y XVII, durante los momentos de ocio de los esclavos africanos establecidos en algunas antiguas colonias británicas del Caribe. Los amos ofrecían vacaciones a sus esclavos en Navidad, y estos, con total libertad para el festejo, bailaban, cantaban y se vestían como debieron hacerlo sus ancestros africanos, o como entendían ellos que debía ser su Navidad.

No puedo dejar de recordar entonces, por ejemplo, a la tumba francesa, nacida como festejo en los ratos de ocio de los esclavos propiedad de cafetaleros franceses en el oriente cubano. El Junkanoo y la tumba francesa hoy en nada se parecen, sin embargo, no podrían ignorar la naturaleza de la que fueron hechas. Estas, al igual que otras prácticas nacidas como festejo en el tiempo libre de los africanos traídos a América, son como ríos que no se tocan jamás, aunque nacieron de una misma fuente.

Según algunos estudios, la celebración del Junkanoo honra a un negro comerciante exitoso llamado John Connu, que vivía en algún lugar de la costa de Guinea de África en torno a 1720. Es probable que de ahí le venga el nombre, aunque hay otras versiones.

Sin embargo, eso no es lo más importante, sino, más bien, el hecho de que el Junkanoo o como se llamara, aun cuando todavía no tuviera nombre, contenía en sí la rebeldía de una clase oprimida.

Se dice que desde sus formas más tempranas el Junkanoo en Nassau, fue asumido con ojeriza por la sociedad bahamesa, en parte porque la festividad se desarrollaba en el principal distrito de negocios del centro de Nassau. Ya por el siglo XIX, cada día de San Esteban, en la caída de la noche después de Navidad, enmascarados de las comunidades negras de los alrededores, conocidas localmente como los "sobre la colina", transgredían los límites raciales tácitos de la isla para congregarse, así, enmascarados, de forma masiva en el corazón de la zona de Bay Street. Se reunían según sus filiaciones étnicas africanas, y disfrazados con trajes hechos de escombros, tiras de papel, trapos y esponja. Cuentan que en aquel entonces el Junkanoo era un festejo muy violento, no apto para turistas.

En las décadas de 1920 y 1930 comenzó a transformarse en un desfile. Se ofrecieron premios en efectivo, pagados por las empresas locales, para los mejores disfraces, con la intención de que los esfuerzos se concentraran en la parte estética del evento. El nuevo comité organizador se propuso, además, cambiar la fecha del acontecimiento de su tradicional día después de Navidad a la mañana de Año Nuevo.

El Junkanoo comenzó a transformarse en lo que es hoy. Sin embargo, no todos respondieron de la misma forma, algunos siguieron saliendo a las calles por el mero hecho de bailar y tocar y no por un premio. Y aunque hubo quien empezó a desfilar el 1ro de enero, como se proponía, otros siguieron festejando el 26 de diciembre según la tradición. Es por eso que hoy se celebran ambas jornadas.

Temerosos del espíritu revolucionario evidente en las protestas usuales del Junkanoo, la festividad fue cancelada en 1942, en el momento de los disturbios de Birmania Road —sublevaciones tras los conflictos laborales con una empresa estadounidense contratada para construir el aeropuerto. Aun cuando el Junkanoo regresó a Bay Street en 1948, el festejo no dejó de realizarse, muy lejos del centro de Nassau.

Y es así que el Junkanoo fue enraizándose en la historia de Bahamas, como expresión de lo más popular y genuino de la sociedad bahamesa. Es hoy un símbolo de la identidad nacional en el que persisten tradiciones danzarias, musicales, artesanales, culinarias. 

Más allá de la minuciosidad con que los diferentes barrios diseñan y construyen sus vestuarios cada año, o la ansiedad por merecer un premio, es la espera de la fiesta, el gozo que ella promueve desde los valores identitarios, la historia de rebeldía que abriga en su zona más íntima, esa que no descubre el turista, lo que deberíamos ser capaces de aprehender del Junkanoo, lo que debería poder mostrarnos, es lo que, en definitiva, lo convierte en resumen y sello de la cultura bahamesa. 

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