Trances hispanos de vida y muerte

Jorge Sariol • La Habana, Cuba

La historia del desembarco norteamericano en 1898 a Santiago de Cuba —y la batalla naval— han sido contada de diversos modos. Y a su gloria se dedican homenajes, merecidos salones y criptas del Castillo de San Pedro de la Roca donde se guardan reliquias relacionadas con aquellos hechos. También persisten detalles por aclarar o al menos dar más luz, por ser poco conocidos.

Memorias de La Jiribilla aporta tres relatos, más bien reseñas, de personalidades militares españolas con diferentes designios, actitudes y corolarios. Las narraciones las tributa el cronista Gerardo Castellanos y están recogidas en el tercer tomo de su Panorama Histórico.

Según Castellanos, el primero de julio de 1898, fuerzas del ejército norteamericano tomaron el fuerte El Viso, una pequeña fortaleza situada en un cerro cercano al pueblo de El Caney.

El brigadier español Joaquín Vara del Rey era el jefe de la plaza militar y, sin embargo, en el instante del asalto no se encontraba dentro del recinto. Cuentan que el oficial estaba a poca distancia, a la vista del baluarte y fue herido en una pierna.

Trasladado a un hospital cercano, Vara del Rey entregó el mando al teniente Coronel Juan Puñet, y al ser evacuado en una camilla rumbo a la zona de Cuabita, fue muerto en una escaramuza con las fuerzas insurrectas cubanas y en la retirada su cuerpo fue abandonado en pleno campo.

Ese mismo día, pasada las 9:45 minutos de la mañana, se producía la batalla naval, en la que fueron destrozados, uno a uno, los seis navíos de guerra hispanos que salieron en fila india, casi inermes, al holocausto.

La escuadra se componía del navío almirante Oquendo, construido en 1891 y con 487 tripulantes; El Vizcaya, de 1891 con 491 hombres a bordo y el crucero acorazado Cristóbal Colón de 1896 y con 567 navegantes. Comandados por los capitanes Juan Bautista Lazaga, Juan Antonio Eulate y Emilio Díaz Moreau, respectivamente.

El crucero infanta María Teresa, en donde iba el jefe de las fuerzas navales, Almirante Pascual Cervera y Topete, había sido construido en 1890 y viajaba con 556 integrantes bajo las órdenes del comandante Víctor Concas. Dos destructores componían además la fuerza naval española, que llevaba como jefe de escuadrilla a Fernando Villamil. Uno era el Plutón de 1897 y el otro era el Furor, de 1896 comandados por Pedro Vázquez y Diego Carlier, respectivamente, ambos con 80 tripulantes. Un total de 2261 marinos fueron protagonistas/víctimas del encuentro bélico.

Conocido es el aciago desenlace, al que salieron los buques con toda su oficialidad vestida de gala, según órdenes de Cervera, como reconocimiento a la hora trágica y trascendente para la historia.

Aun así Cervera quedó vivo, llegando a tierra por Punta Cabrera, donde fue apresado por fuerzas insurrectas al mando del Coronel Candelario Cebreco, quien mediante un recibo firmado, lo entregó a las autoridades militares norteamericanas, que ya habían desembarcado el día 20 de junio y rodeado la ciudad de Santiago de Cuba.

Meses después una comisión militar española se dio a la tarea de rescatar el cadáver de Vara del Rey, enterrado en algún lugar cerca del Caney, hasta enviar sus restos mortales a España el 9 de noviembre de ese mismo año en el vapor Purísima Concepción.

Poco se sabe del hecho de que el primero de julio llegaba a Santiago el Coronel español Federico Escario, quien había salido desde Manzanillo el 26 de junio al frente de una columna de más de tres mil soldados, con la intención de reforzar la defensa del territorio ante el inminente ataque norteamericano.

Escario era del Gobernador y Comandante Militar de la ciudad de Manzanillo. El jefe militar mantuvo marcha forzada por casi 200 kilómetros durante los seis días de trayecto, desesperado por acudir en ayuda de sus compañeros. Y en condiciones sumamente difíciles del terreno, traslado de tropas, logística e impedimenta, fue hostigado por el ejército libertador perdiendo algunos soldados.

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