El Carnaval: cultura de los pueblos libres

Daynet Castañeda • Santiago de Cuba, Cuba

Hace más de medio milenio, cuando nuestras recién creadas villas fundacionales eran apenas caseríos misérrimos, la palabra carnaval remitía a la celebración clásica en Venecia, donde más que abandonar la carne para unirse al espíritu de la Cuaresma, los cristianos se abandonaban a los placeres del cuerpo emulando con las fiestas paganas de dioses celtas o indoeuropeos. Lejos estaban quienes serían los conquistadores del Nuevo Mundo de vislumbrar la dimensión que estás fiestas alcanzarían por estas tierras de América.

El Carnaval, se ha convertido, desde hace más de 300 años en una de las expresiones culturales más importantes del Caribe, que convoca a toda la creatividad de sus habitantes y ha devenido en instrumento para la unidad de esta región aparentemente separada por el idioma y la historia.

Durante el Segundo Encuentro de Carnavales del Caribe que propicia la Fiesta del Fuego, se ha constituido formalmente una red para integrar —con el apoyo de la Asociación de Estados de la región— estas festividades populares con el objetivo de gestionarlas como una gran fiesta pública. Se trata no solo de preservar desde ellas el proceso constante de construcción de nuestras identidades y proteger la riqueza cultural que significan, sino de extenderse más allá y analizar, comprender las formas propias en que cada uno de los 11 países que inicialmente forman parte de la red, organizan los carnavales.

Miles de personas viven hoy de estas festividades, desde los de Mazatenango en Guatemala, los de Cozumel en México hasta Trinidad y Tobago, el Haitian Defile Karnaval, incluyendo las famosas celebraciones populares de Barranquilla, Martinica, Bahamas o Cuba. La fiesta se transformó en lo que Alfonso Múnera, Secretario de la Asociación de Estados del Caribe (AEC), describe como “un medio de vida legítimo, bello, intenso que produce ingresos para la gente común y corriente: artesanos, artistas, pequeños productores. Una fiesta que debe protegerse en su autenticidad sin obviar el impacto que la globalización, el mercado y la publicidad tienen y tendrán sobre ella, manteniéndose como un producto turístico-cultural”.

Para Múnera velar porque la creatividad de los carnavales no se transforme en una industria de origen y para beneficio foráneo que desplace a los pequeños productores, no es un sueño demasiado difícil de hacer realidad si se concretan las experiencias de políticas públicas de los Estados encaminadas a su protección. Este sería uno de los aportes fundamentales de Cuba desde sus experiencias particulares.

Para Cuba, específicamente para el carnaval santiaguero serían útiles las prácticas ya implementadas en otras áreas que han logrado preservar las herencias tradicionales de este acontecimiento asegurando su desarrollo sustentable como empresa cultural. La experiencia de Trinidad y Tobago, por ejemplo, de organizar una industria capaz de ingresar moneda dura a la economía del país, de generar empleos y otras oportunidades como ampliación del turismo, de la capacidad hotelera, servicios de apoyo, una industria de la música, del diseño y construcción de disfraces, de una infraestructura y de leyes que protejan toda la actividad artística y la propiedad intelectual.

Alrededor de los carnavales podría generarse lo que los países anglófonos han denominado support activities: compras on line de entradas a eventos que pueden ampliarse más allá de las típicas mascaradas a ferias del libro, prácticas culturales barriales, el desarrollo de una industria fílmica asociada a estas fiestas populares, lo que aún constituye una gran deuda y, por supuesto, actividades académicas.

En este sentido la Dr. C Mareba Scott, al frente de la delegación de Trinidad y Tobago abogaba por el fortalecimiento de una línea de investigación, tanto en el pregrado como el posgrado sobre los carnavales, desde los estudios culturales, con su lectura de lo societal, de la expresión oral, de sus personajes tradicionales, de la incorporación de nuevos actores sociales difuminando, al menos temporalmente, las distancias impuestas o derivadas de los distintos capitales: económicos, culturales, simbólicos.

Tales indagaciones precisarían en primer lugar de una sistematización de lo que hasta el momento se ha investigado, tema en el que, según la Dr.C Alicia Martínez Tena el Centro de Estudios Sociales y Caribeños “José Antonio Portuondo”, de la Facultad de Ciencias Sociales en la Universidad de Oriente , que ella dirige, puede ofrecer sus experiencias de trabajo.

Para la Red de Carnavales del Caribe, bajo el auspicio de la AEC, quedaría, sin perder una cierta dosis de pragmatismo, ayudar a mantener la tradición y propiciar otros intercambios de esta naturaleza a través de talleres sobre las distintas metodologías para salvaguardar lo que Joel James, fundador de la Casa del Caribe y de su Festival, denominó esa zona donde radica la soberanía popular.

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