Carlos Ruiz de la Tejera se fue a pasear en el cometa Halley

Antonio Enrique González • La Habana, Cuba

Para mí, y creo que para otros muchos, el cometa Halley está más relacionado con Carlos Ruiz de la Tejera que con la astronomía; y es que, a diferencia del cuerpo cósmico que visita la Tierra cada 76 años, escuché alrededor de 76 veces — ¿o fueron 760? tal vez hasta 7600— el monólogo que le dedicara este más que humorista, verdadero agente de la alegría, fallecido hace poco a los 83 años de edad. Espero que no a causa de malos humores.

Narigón a la N potencia, peludo eterno e irredento pero con orden en cada guedeja, boca flexible, con más músculos que la trompa de un elefante, voz cascada, risa estrepitosa de brujo loco, y ojos refulgentes. Así era de peculiarmente bello. Y era capaz de repetir una y otra vez el mismo monólogo y el mismo chiste sin saciar, sin agotar, y siempre logrando carcajadas igualmente intensas.

El monólogo del camello-mamello (bestialización radical y extrema de la guagua de los 80), el de la jabita (transmutación del también ochentero cartucho), la cadena de distorsiones del ya mencionado cometa Halley, los avatares del niño caníbal, sus reflexiones sobre la risa y la historia de San Mauro que fue capaz de hacer una treta a sus torturadores medio sumergido en un caldero de aceite hirviendo, el arrebatado vals del minuto, la historia de la familia de bocas torcidas en todas direcciones, incapaces todos de apagar un candil… Toda una secuencia de humoradas, largadas en mil y un espacios televisivos, dos mil y dos teatros, tres mil y dos peñas del Museo Napoleónico, cuatro mil y cuatro escenarios de toda Cuba. Son estas las que están más calientes en los oídos de sus públicos, en mis oídos; pero en un pasado más lejano, en los casi irreales ya años 80 está Carlos Ruiz como uno de los ejes y almas del Conjunto Nacional de Espectáculos, protagonista de El bateo de Amadeo, Isaura contra El Árabe, San Zumbado, y tantas obras de esta edad de oro del humorismo escénico y melódico nacional.

Más atrás en el tiempo, antes incluso de la última visita del cometa Halley, está como el sobreviviente antropófago de Los sobrevivientes (Tomás Gutiérrez Alea, 1978), quien cierra la cinta degustando junto a un bisoño Jorge Alí una sopa de sustancia humana geriátrica. Pero con Titón la historia se remonta a los 60: ahí está de la Tejera como un miliciano en Las doce sillas (1962), y como un psiquiatra muy psiquiátrico en La muerte de un burócrata (1966). Pero también era quizá el mejor intérprete de Mesié Julián (Martínez Vidal y Ruiz) después del mismísimo Bola de Nieve. Ambos con sus voces cascadas e intensas.  

Carlos Ruiz era un verdadero y lindo dinosaurio, como Virulo, Mario Aguirre, Héctor Zumbado o Teresa Prieto, remanente nostálgico de una era romántica, casi ideal, donde humor con arte se pagaba y viceversa; o arte y humor eran de un pájaro las dos alas, o las dos caras de la misma moneda, o el quilo no tiene vuelto…en fin: una época legendaria de risas mitológicas donde nada había que envidiarle a los colegas de Monty Python y Les Luthiers, grandes fundamentos mundiales de la risa inteligente más contemporánea. Era el icono por excelencia de esta generación y una de sus almas más luminosas.

No hace mucho, Robin Williams se marchó a Jumanji antes de cumplir los 70 años, y mucho sentí también a este mágico duendecillo de mil voces y rostro mofletudo, cuyo tierno sentido del humor daba sentido a Hollywood. Ahora parte a su saga Carlos Ruiz de la Tejera, dejándome con las ganas de escuchar una vez más las sacrosantas utilidades de la jabita de nylon y la perentoria necesidad de erigirle un monumento en Cuba. Ya no más taxonomías del camello-mamello con tres bocas monstruosas y domadores amarillos con tennis de cualquier color —“¡el que encuentre!”, sanjaría la cuestión de la Tejera. Mucho menos se oirá el vals del minuto, cuyas ráfagas escuché hace ya unas dos décadas. Y mi favorita del cometa Halley...o de Halley y sus cometas, o del director de la fábrica que celebrará sus 76 años en cueros y con máscaras de seguridad, o de la gozadera que se formará en la fábrica.

Carlos Ruiz de la Tejera era un humorista blanco, no solo por sus pulcras y perennemente níveas vestiduras, sino por la refulgente donosura y pureza humanista de sus sátiras, de sus parodias, de sus bocadillos costumbristas, de su fe en la purificación a través de la risa y en el poder de esta para desfacer horrores. Merece una apología apasionada y pasional, merece ser despedido con las carcajadas que lo hacían vivir, y con las que nos hacía vivir, y hasta pensar que la vida es algo lindo, blanco y luminoso.

Sólo pedirle que no se olvide de visitarnos dentro de 76 años y desearle que el cometa que monta no sea tan incómodo como un camello-mamello, ni lo paren amarillos espaciales para atestarlo de autoestopistas galácticos varados en las nebulosas. Bueno, a lo mejor el tal Halley le cobra como 20 pesos, pero lo deja en la misma puerta de la casa…

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