Calor y cultura en la Fiesta del fuego

Carlos Melián • Santiago de Cuba, Cuba

El evento de los Grupos Portadores transcurre en esta XXXV Fiesta del Caribe en la sesión diurna bajo un calor y humedad intensos, sistemáticos. Las agrupaciones portadoras que se presentan en este espacio, son las que en general inspiran a la Fiesta del fuego: ritmos de origen jamaicanos, haitiano, africanos como el calipso, el reggae, la rumba y la música campesina. Los formatos son ligeros, los instrumentos rústicos o reciclados.

El calor, como ningún otro elemento, parece apuntalar la naturaleza y deriva (fortuna y fatalidad) de esta fiesta, donde pasan al primer plano esos portadores, más de marca africana que española. La idea es brindarle reconocimiento, legitimarlos, pero durante el resto del año pasarán a su estado natural, a su caldo de cultivo y su punto de origen: la marginación, y su consecuencia: un modo de ofrecer resistencia.

Los grupos portadores y las altas temperaturas, en efecto, parecen ser la transustanciación uno del otro. En diciembre podría ser más agradable la Fiesta del Fuego, pero a nivel simbólico sería incongruente hacerlo fuera de los dos meses más calurosos del año. En la etapa invernal, digamos, el país pareciera que quiere olvidar, y acaso olvida, que pertenece al Caribe.

A casi nadie le extraña pues que la zona Caribe de Cuba se encuentre al extremo Oriental: Santiago y Guantánamo, y que a partir de Granma y Holguín esta isla de un poco más de mil kilómetros de largo, y situada de punta a cabo en la zona Caribe, comience a convertirse en otra cosa, cualquier cosa, menos lo que geográficamente es.

Así que mientras más se aleja un viajero de la zona oriental del país, más “parece” que se aleja del calor, y sus taras. En nuestra forma particular de invierno, y rumbo “al occidente”, vamos en dirección a lo que queremos ser. En verano y hacia el oriente se está demasiado cerca de lo que somos.

Esta figura se reproduce de forma física, tecnológica. Mientras el evento de portadores transcurre en las calurosas sesiones de la Casa del Caribe —más para el pueblo cervecero que para el estudioso— las sesiones teóricas, sobre esas calurosas culturas populares, donde se aplican conceptos en su mayoría desarrollados en Europa y EE.UU., transcurren en las salas climatizadas del Teatro Heredia. Parecería que los dispositivos tecnológicos materiales e inmateriales nos alejan irremediablemente del Caribe, del “calor”.

Asimismo es sintomático como a los intelectuales más atildados les da por ponerle la coletilla “tropical” —una forma curiosa de curarse, de ponerse al margen— a todo lo que la práctica nacional, y el calor, deforma: “marxismo tropical”, “burocracia tropical”, “socialismo o capitalismo tropical”.

Dos de las agrupaciones portadoras que se presentaron el lunes, Barranca, de Santiago de Cuba y Caidije de Camagüey, podrían dar cuenta de cómo nos insertamos en esta circunstancia climática. Barranca canta en creole, pero de forma rudimentaria, perezosa, no hay en ella un ánimo sistemático de sorprender. Caidije, con una trayectoria destacada en festivales nacionales, también canta en creole pero ofrece una puesta cuidada, vertiginosa, cada vez más sorprendente en cada tramo y giro coreográfico.

Barranca, de Santiago de Cuba además de los cantos haitianos, interpreta sones para guateques locales de Palma Soriano; posee un piano electrónico que machuca un tumbao torpe y estridente. La vestimenta, la tez cansada y polvorienta de sus músicos y bailadores no anuncia la prosperidad económica que Caidije, mas ofrecen, en su agotamiento, en su facha, una manera particular de verdad.

Los camagüeyanos parecen más concentrados en obtener la diferencia, el producto que exhiben. Poseen solo tambores y tienen una voz líder potente, trémula como un chivo que canta perdido en el fondo de un camino, de una grieta.

El espectáculo de Caidije es tremendo, telúrico. Sus bailadores lo dan todo, se entregan. Y crean un valor que llevan al ritmo estrepitoso de la producción e innovación moderna. Opera con las mismas herramientas de extrema eficiencia que ese occidente tecnológicamente generador de éxito. Barranca, por su parte, actúa para el calor y la lentitud de esos campesinos adaptados a otro ritmo de vida y criterios de calidad. Ambas ofrecen calidades diferentes, giradas a públicos con modos y ritmos de vida diferentes.  

El Evento de Agrupaciones Portadoras hace pensar que esa noción que brota del calor del Oriente, generadas en la pobreza, en las dificultades económicas, en las orientaciones de clase, de alguna manera siguen brindando consuelo a las capas menos favorecidas, solo que resemantizadas con la etiqueta de legado cultural.

Al no tener una cultura precolombina — fue aniquilada e interrumpida—, al brotar de la pobreza y no de la abundancia, del Oriente y su calor, de las migraciones haitianas y caribeñas que se afincaron en esas zonas de intensa marca Caribe hace apenas dos siglos, nuestra herencia cultural, cultivada en el caldo de esa pobreza mantiene un canal de comunicación aún vivo, aun nutritivo, con ese “calor oriental”. Lo que somos, y no lo que queremos ser, regresa a nosotros permanentemente.

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