Impresiones de Charlot

Antonio Enrique González • La Habana, Cuba

La exposición de carteles resultante del concurso convocado por la Cinemateca de Cuba a propósito de su aniversario 55 y en homenaje a Charles Chaplin, cuyo icónico personaje de Charlot identifica gráficamente a la institución, revela, en primer lugar, cuánto de contemporánea vitalidad emana este élfico vagabundo y cuán orgánica es la comunicación que establece con generaciones distanciadas ya un siglo de su primera aparición en el celuloide.

Imagen: La Jiribilla

1.

Prima, además, la síntesis gráfica, la sobriedad cromática y la aguda semiosis de compleja pero fácil legibilidad, que ha definido y define la cartelística cubana desde la década de 1960, y que ha tomado un saludable segundo aire en la actual promoción de diseñadores.

Como uno de los rasgos más llamativos de la muestra, algunas de las 23 obras exhibidas en el lobby del cine 23 y 12 desde el 1ro. de julio, cuya inauguración estuvo entre las primeras actividades del Festival Chaplin en La Habana, delata una nítida intención de releer a Charlot desde códigos gráficos de la cultura visual, medial, comercial e informática del presente —más allá de los consabidos elementos del cine clásico como el celuloide o el proyector, también presentes— librándose así de cualquier barda epocal en un armónico y hasta jocoso diálogo representacional. Prima, además, la síntesis gráfica, la sobriedad cromática y la aguda semiosis de compleja pero fácil legibilidad, que ha definido y define la cartelística cubana desde la década de 1960, y que ha tomado un saludable segundo aire en la actual promoción de diseñadores.

Los casi omnipresentes (¿imprescindibles?) bombín y bigote de mosca de Charlot se ven reconfigurados en espacios muy parecidos al también superclásico videojuego arcade Pac-Man (acorde una de las tres obras firmadas por Alucho): en este caso, varios sombreros asechan en los recodos de un campo lleno de obstáculos multicolores.

Irelio, en uno de sus tres carteles expuestos, recorre el mismo sendero informático de sesgo clasicista, introduciendo el pixel como unidad base de la imagen digital. Prefigura en una resolución de ocho bits parte de los textos empleados y el puntero de mouse electrónico que sustituye en clásico bigotito. “Vivimos tiempos modernos”, reza el cartel en directa alusión a uno de los clásicos de Chaplin, con toda la perspectiva crítica con la que Tiempos modernos (1936) deconstruyó la Sociedad Industrial de su momento, ahora aplicada con igual agudeza y perspicacia a la Sociedad de la Información. Esta cinta, última aparición del vagabundo, ya en plena época sonora, es igualmente referida por R10 en su única pieza expuesta, pero de una manera más esteticista. Recrea gráficamente el plano secuencia final donde Charlot se aleja para siempre y para nunca, de la mano de Paulette Godard.  

Imagen: La Jiribilla

En otra de sus propuestas, también basada en la permutación ingeniosa, Irelio sustituye el isotipo de la marca Nike, también conocida como “bastón”, por la caña de Charlot, y reescribe el lema: Just Chaplin. Recurre aquí al ingente y eterno contraste entre arte y consumo…              

El archiconocido cartel de la Cinemateca se divide en los anaglifos que generan una imagen tridimensional, solución formal de Pablo Monterrey que pone a dialogar el clasicismo museístico asociado a la institución de marras con las actuales formas de concepción y recepción del cine. Reitera así (aunque no mimetiza) las relaciones establecidas en la campaña promocional del XXXVI Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano.

2.

Nelson Ponce e Idania del Río vadean, en respectivos carteles, la explicitación de casi todos los atributos de Charlot. Ponce —ganador del segundo y el tercer lugar del concurso con otras dos piezas, sí recurrentes a esta iconografía— desarrolla un catálogo de bigotes caricaturescos, con cierto sino art decó, donde aparece el estilo igualmente compartido por Chaplin y Hitler, con la oportuna acotación de que sólo puede amarse si va con bombín. Una vez más se refiere directamente otro de los imprescindibles títulos de Chaplin: El gran dictador, suerte de reaparición del vagabundo y una de las más valientes sátiras políticas de todos los tiempos; favorecida por la llamativa ironía histórica de colocar semejante bigote en las fases de dos seres tan divergentes como Chaplin y Hitler —de la misma edad, y con apenas nueve días de diferencia entre los nacimientos.     

Idania sí oblitera por completo a Charlot, sustituyéndolo por otra de sus competencias, Mickey Mouse, quien juega aquí un rol muy semejante al del cartel Just Chaplin de Irelio, como ícono más patrimonial del consumo que del arte mayor. Aunque no debe olvidarse que ambos son legítimos vástagos del entertainment.

3.

La figura de Charlot es recreada aquí desde una mesura visual que no busca resincronías epocales ni transgresiones iconográficas tan (afortunada y exitosamente) arriesgadas como las referidas hasta ahora.

Hacia una zona más convencional, y hasta figurativamente clasicista, apuntan las tres propuestas firmadas por Chávez, el cartel de Darwin, el de Maikel Martínez, el citado de R10, una tercera propuesta de Irelio, las dos piezas de Sotolongo, e incluso el propio Primer Premio firmado por Hollands. La figura de Charlot es recreada aquí desde una mesura visual que no busca resincronías epocales ni transgresiones iconográficas tan (afortunada y exitosamente) arriesgadas como las referidas hasta ahora.

Apuestan los autores por un rejuego visual e iconográfico que no persigue provocar relecturas radicales del personaje, sino una identificación pausada, hasta sensual por momentos, como los Charlots (¿homoeróticos?) de Chávez —uno sostiene una provocadora rosa y en el otro, las franjas del conocido atuendo de presidiario, resultan celuloides multicolores— hasta melancólicamente apologéticas de los modos del cine de antaño, como el proyector articulado por bastones y bombín (Irelio); o la apropiación que del emblema de la MGM hace Martínez, sustituyendo el típico león por el sombrero hongo para establecer así una correlación diferente y más consecuente entre Chaplin y el consabido lema Ars Gratia Artis (el Arte por el Arte).

Pepe firma una pieza singularizada por la bizarra integración de Charlot con ¿la liebre de Alberto Durero, o una equivalencia bosquejada de esta? ¿Modernidad dialogando con el Renacimiento? ¿Genio engarzado en genio?

A propósito, el premiado cartel de Hollands juega semánticamente con las diversas acepciones del vocablo “genio” para prefigurar su Charlot somnoliento que parece emanar de la lámpara tras la invocación de los públicos, del Arte, del Cine y de la Humanidad toda, necesitada de milagros como él con un poco de más frecuencia. Con una estética sesentera, el diseñador trasciende la mímesis visual para estructurar un discurso gracioso y fresco, sustentado en una paleta cromática quizá mortecina, algo densa, pero que pudiera apelar a la dicotómica mixtura de tristeza y alegría que es el mismo Charlot. Puro equilibrio entre lágrima y risa. Ser crepuscular entre melancólico y picaresco; entre luz y sombra.

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