Luz y música en un cuaderno de Fina

Roberto Méndez Martínez • La Habana, Cuba

Hace algunos años, Fina García Marruz declaró en una entrevista “lo que más amo sobre la tierra, después de la luz, es la música”. Eso podría explicar su interés por el Cine, que es un modo singular de apresar y hacer elocuente la luz, con la ayuda de un ritmo, una armonía, que no necesariamente proviene de una banda sonora, porque el buen Cine, aún el aparentemente mudo, tiene una música particular que solo aprecian los espectadores más selectos.

En su poema en prosa “Los viejos films” de Visitaciones, la escritora nos asegura que “las primeras visiones del mundo nos las dieron las películas”. En aquellos perdidos cines de barrio pudo atisbar la vida lo mismo en una escena de El beso —uno de los triunfos de Greta Garbo— que en otras que tenían como protagonistas a Richard Talmadge o Stan Laurel. Pasión, aventura, comedia y hasta crimen se mezclaban en aquellas cintas a la vez distintas y semejantes a la vida cotidiana.

Lo interesante es que Fina no parece buscar en el Cine una alta operación intelectual. Si en “Fragmentos”, otro poema de Visitaciones, baraja rushes inquietantes de una o tal vez varias películas de sabor unas veces expresionista y otras surrealista —quizá La edad de oro de Buñuel entre ellas— para mostrar la cercanía de crueldad y belleza, puede dedicar otro texto a los filmes del Oeste donde reinaban William Hart o Tom Mix que se llenaban del sabor un poco provinciano de las calles de La Habana del centro. Nada de Welles, Kurosawa o Fellini. Su cinemateca se construía al revés, no con los clásicos, sino con lo menor, lo más humilde, lo que se olvida.

Fui uno de los felices que pudo estar presente en aquella mañana venturosa de 1990 cuando en una sala enorme, con los balcones abiertos a la Plaza de la Vigía y al discurrir del San Juan, se presentó en Matanzas la primera edición de Créditos de Charlot, era una edición artesanal y muy hermosa, tanto que cuando un tiempo después Letras Cubanas decidió incluirlo en sus colecciones no tuvo más remedio que reproducirlo de modo facsimilar porque el libro parecía resistirse a perder sus viñetas e ilustraciones. En 1997 el conjunto se convirtió en una sección de la gran suma poética Habana del Centro, pero de algún modo se resistió, con la tenacidad de los humildes, a perder autonomía y el pasado año volvió a publicarse por el Fondo Editorial de la Casa de las Américas.

La complicidad entre la autora y el personaje es perfectamente explicable, no se olvide que su poética busca dar relieve a lo humilde, a aquello que tiene una apariencia tan sencilla y cotidiana que es ignorado por casi todos.

Un número redondo de poemas: 40, conforma el conjunto dedicado no al actor y director Charles Chaplin, sino a Charlot, el vagabundo sentimental que conformó una parte sensible de su producción cinematográfica. La complicidad entre la autora y el personaje es perfectamente explicable, no se olvide que su poética busca dar relieve a lo humilde, a aquello que tiene una apariencia tan sencilla y cotidiana que es ignorado por casi todos. Charlot es, pues, hermano de la demente sentada a la puerta de la iglesia y del pintor provinciano o los músicos campesinos: pobre, colocado al margen, pero salvado por la inocente dignidad de su persona.

Fina escoge para el poemario el lenguaje más sencillo que puede hallar, a veces en los límites aparentes de lo infantil y con él se asoma a sus propios recuerdos. Se detiene en una escena de El circo donde el cómico tras una colección de desastres debe emprender la eterna huida:

 

Y del camerín encortinado
no sale ya la actriz decapitada
sonriendo
supuestamente a salvo,
sino la caja del fondo
que nos empeñamos en no ver
donde un hombrecín seguido por un guardia
y ganas universales de escapar
se echa a correr. [1]

Después se acerca lentamente al quicio de una calle para sorprender a Jackie Coogan a quien le queda “tan dulcemente grande / la gorra ladeada” [2] o se va hacia La quimera del oro —que por estos días cumplió 90 años— para sorprender en el “Baile de los panecitos” un modo singular de danza:

Será sencillo todo.
Huirá, avergonzada,
         la apoteosis,
cuando el hombre
           al fin
          trinche la parca
escasez de la dicha.
          Bailará
-ha de bailar-
          el pan. [3]

Es este un libro que se lee del mismo modo que pueden contemplarse ciertos filmes antiguos, esos cuya proyección termina de manera casi abrupta y siempre sentimos que en ellos abunda la melancolía y falta algo, algo nos sustraen y debemos llenar su sitio con la imaginación cómplice. La poetisa reconstruye imágenes, instantes, cuya elocuencia va más allá del gag cómico para dejarnos el sabor de una extraña lección:

Todo está en ese instante
en que, humilde como la vida, se da de nuevo ánimos,
y la espalda rota, otra vez ilusionada
inicia un baile mínimo con el bastoncillo girador. [4]

Con una seguridad asombrosa la vemos penetrar en la pantalla, apartarse de lo accesorio, para descubrirnos dos niveles: el exterior con toda su comicidad y también con los grandes valores humanos descubiertos en lo más humilde y el interno,

Lo que nos regala en estas páginas Fina es su particular hermenéutica de ciertas cintas de Chaplin. Con una seguridad asombrosa la vemos penetrar en la pantalla, apartarse de lo accesorio, para descubrirnos dos niveles: el exterior con toda su comicidad y también con los grandes valores humanos descubiertos en lo más humilde y el interno, en tanto la autora también escudriña esas obras de arte para descubrir la grandeza de sus estructuras, el esmero en los detalles, la maestría para rehacer la vida y devolverla con nuevas resonancias.

Créditos de Charlot es un libro que tras su apariencia leve tiene una coherencia, un rigor, una altura poética, no usuales. A esto habría que añadir su singular coralidad: si dijéramos que es un diálogo entre cine y poesía seríamos inexactos, porque en ocasiones lo es del verso con la música, con la imagen plástica o sencillamente con una frase que se envuelve en otras y potencia esas sugerencias que nos llevan por donde no pensábamos. En último caso el volumen es toda una filosofía del encuentro entre el bien y la belleza, mano a mano Charlot y Fina. Nosotros no nos atrevemos a aplaudir desde nuestras butacas hasta que enciendan las luces y nos digan que es preciso retornar a casa.

 

Notas: 
1. Fina García Marruz: “Biografía del cómico”. En: Créditos de Charlot. Obra poética, La Habana, Editorial Letras Cubanas, 2008, tomo 2, p.176
2. Fina García Marruz: “Toda la poesía, allí”. Créditos de Charlot, p.179.
3. Fina García Marruz: “Baile de los panecitos”. Créditos de Charlot, p.185.
4. Fina García Marruz: “Créditos de Charlot”. Créditos de Charlot, p.206.

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