Charlot entre quimeras, panecillos y tenedores

Joel del Río • La Habana, Cuba

Como si viniera de visita a 23 y 12 el romántico vagabundo que soñaba su amor fugado mientras jugaba con sendos panecillos pinchados con tenedores, la programación cinematográfica del verano incluyó un acontecimiento ante el cual muchos cubanos fueron incapaces de pasar indiferentes. Se trata del Festival Chaplin en La Habana, que le rinde homenaje al artista más emblemático del arte cinematográfico a través de una completísima retrospectiva de su obra, que abarca el cine 23 y 12, sede de la Cinemateca de Cuba, junto a las salas Charles Chaplin y Charlot, además de la exposición de una porción de la colección privada del australiano Paddy McDonald, quien acumula cientos de objetos y materiales relacionados con el autor de La quimera del oro.

McDonald ha coleccionado durante años desde objetos, carteles, lobby cards, portadas de revistas y libros relacionados con Chaplin y una parte de esa colección se expone ahora en La Habana. La biblioteca del Museo Nacional de Bellas Artes (Edificio de Arte Cubano) y la galería El reino de este mundo, de la Biblioteca Nacional José Martí, exponen tales curiosidades, mientras que la galería del cine 23 y 12 se ocupa de mostrar los carteles seleccionados de la convocatoria promovida por la Cinemateca a propósito de su aniversario 55, con la figura de Chaplin como eje temático.

El conjunto de actividades incluyó un concierto de la Orquesta Sinfónica Nacional con música original de Chaplin (recordar que él compuso canciones tan hermosas como “Candilejas” o “Smile”) y partituras de su preferencia de otros compositores, así como proyecciones de las películas en barrios de la capital cubana que carecen de salas cinematográficas. Y como el mundo de circo es recurrente en la obra de este cineasta (The Circus, 1928) el Festival CIRCUBA programó una función especial dedicada a Chaplin en la Carpa Trompoloco.

La amplísima retrospectiva que mencionamos antes, incluye sus primeros cortos en la compañía Keystone, donde el genial artista descubrió al mundialmente famoso Charlot. Chaplin debutó en la Keystone en 1914 y allí intervino en unos treinta cortometrajes, entre los que pueden mencionarse Kid Auto Races in Venice (1914), en la cual aparece por primera vez su personaje de Charlot: una especie de vagabundo de apariencia ridícula reforzada por el bombín y la chaqueta demasiado ceñidos, zapatos y pantalón a sobre talla, y bastón de junquillo.

La fanfarria de chistes físicos, que inundan los cortos producidos por Mack Sennett y su tropa, nunca le agradaron por completo a Charles Chaplin, quien intentaba crear un personaje con otras complejidades en tanto parte de una narrativa mucho más coherente y lógica. En 1914, todavía trabajando en la Keystone, Chaplin inauguraba una nueva etapa para la comedia silente con el personaje de Charlot, pero en esta primera etapa, el humor del personaje es fundamentalmente acrobático y mímico. Poco a poco el gag va alcanzando uno de los elementos que distinguen al Chaplin comediante: utilizar objetos de utilería y escenografía para otro fin que nunca es el adecuado. Así, puede confundir el bastón con una cama, servirse un vaso de agua del teléfono, limpiarse los zapatos con pasta dental, saborear los clavos de una suela de goma hervida cual si fueran los huesos de exquisito asado, o realizar una magnífica danza con unos panecillos clavados en sendos tenedores.

Durante este periodo inicial, Chaplin no solo trabajó para la Keystone (1914), sino también para Essanay (1915), Mutual (1916) y First National (1918), y desarrolló a fondo su personaje vagabundo de aspecto ridículo, eterno muerto de hambre, el último idealista en un mundo cada vez más aferrado al materialismo. A lo largo de pequeñas obras maestras dirigidas, escritas, producidas y protagonizadas por él, como The Vagabond (1916), Easy Street (1917), A Dog’s Life (1918) y Shoulder Arms (1918) se estableció una de las más singulares autocracias de este periodo, pues del autor-director dependían casi todas las decisiones creativas de alguna importancia, en un sistema que muy pronto comenzó a privilegiar las decisiones comerciales del productor por encima de las disposiciones creativas del cineasta.

Charlot va ganando en dimensión emotiva y deviene el más poderoso símbolo creado por el Cine, metáfora de la humanidad vulnerable y desprovista.

En 1919, Chaplin crea la United Artists, junto con David Wark Griffith, Douglas Fairbanks y Mary Pickford, con el propósito de desafiar a los grandes estudios de la época. A partir de ese entonces, más o menos, el personaje de Charlot tiñe la comedia silente con los códigos del melodrama y del comentario social, originados ambos en la simpatía del cineasta por las víctimas, los pobres, los fracasados y los parias. Charlot va ganando en dimensión emotiva y deviene el más poderoso símbolo creado por el Cine, metáfora de la humanidad vulnerable y desprovista.

El vagabundo es al mismo tiempo patético y noble, risible y digno, y el cineasta que está detrás del personaje decide comentar temas tan alejados de la comedia tradicional como las penurias que atraviesan los inmigrantes, entregar un alegato en contra de la guerra, o elogiar la posible solidaridad del solitario vagabundo con un niño más indefenso que él (The Kid, 1921), todo ello buscando un humor de viso tragicómico, colmado de situaciones que pusieran en entredicho la autoridad y se escapara de sus dictados, o burlara sus restricciones. Guionista y director de todos sus filmes, con un control casi absoluto sobre la totalidad de los elementos de la producción y la puesta en escena, Chaplin estaba listo para incursionar en el largometraje a través de tres obras maestras de la comedia silente: La quimera del oro (1925), Luces de la ciudad (1931) y Tiempos modernos (1936).

En uno de los filmes más taquillero del periodo silente, La quimera del oro, Charlot llega a su apogeo como pobre diablo que quiere despertar amor y causar admiración, pero en su camino se atraviesa siempre su propia tendencia al ridículo, o la ambición, el egoísmo y la frivolidad de los otros. Su heroísmo suele terminar con la patada en el trasero, pero su dignidad o romanticismo de pordiosero caballeroso se mantienen incólumes. El elemento sentimental del desamor y la soledad del personaje se añaden a su andanza y dignifican su lucha junto a su amigo en busca de la mina de oro, y en contra de la avalancha, del vendaval o de la casa al borde del abismo, lo cual ocurre en una de las mejores escenas de tensión cómica con que cuenta la historia del cine.

El elemento sentimental del desamor y la soledad del personaje se añaden a su andanza y dignifican su lucha junto a su amigo en busca de la mina de oro, y en contra de la avalancha, del vendaval o de la casa al borde del abismo, lo cual ocurre en una de las mejores escenas de tensión cómica con que cuenta la historia del cine.

Las otras dos obras maestras silentes de Chaplin, Luces de la ciudad y Tiempos modernos, se inclinan más decididamente al romanticismo, o a la denuncia de la desigualdad social y la crítica de la burguesía; es decir que hasta cierto punto trascienden muchos de los códigos propios de la comedia silente a cuyo periodo clásico Chaplin había contribuido como pocos artistas. En Luces de la ciudad, la comicidad procede de las estrafalarias aventuras que vive Charlot cuando hace amistad con un magnate borrachín y olvidadizo. Como en casi todas las películas de este autor aquí hay también escenas cómicas asociadas a la comida y contratiempos con la ley, pues se trata de la película ideal para comprender la Gran Depresión, con el romance del vagabundo y la florista ciega, ambos con una existencia precaria. Charlie salva al magnate del suicidio, pero el hombre le demuestra agradecimiento y generosidad solo cuando está ebrio. Con un final abierto, el filme es perfecta expresión de la incertidumbre de esa época.

Con Tiempos modernos, Chaplin se despide de Charlot, el personaje que le había ganado la simpatía del mundo entero, y lo enfrenta a un mundo deshumanizado por la maquinización, la pobreza, el desempleo y la desigualdad, todo ello mostrado desde el punto de vista del humor. Primero es un obrero enloquecido por la monotonía de las tuercas y luego un conejillo de Indias para probar una máquina que supuestamente alimentará los obreros mientras trabajan. Pero Charlot, y su novia serán los dos únicos espíritus vivos en un mundo de autómatas, porque el director, guionista e intérprete trasciende la tragedia individual del personaje para acercarnos a la sensación del desamparo contemporáneo en la época del maquinismo y la tecnología, y así se redacta la profunda crítica al desafuero de la industrialización capitalista, a su espíritu de consumo, que ha convertido el mundo en un lugar gris, inanimado, y a la civilización en algo violento y egoísta.

A lo largo de su vida, Chaplin recibió múltiples reconocimientos aunque el país que tanto le debía en términos de los gigantescos aportes al cine, lo expulsó en 1952, tras una serie de problemas políticos que lo involucraban supuestamente como simpatizante del comunismo y por tanto participante en actividades antiestadounidenses, como declaraba la cacería de brujas del periodo del macartismo. Ya anciano, el cineasta debió exiliarse en Suiza, donde pasó el resto de su vida. En 1970 se colocó una estrella con su nombre en el Paseo de la Fama de Hollywood, y el cineasta recibió el premio Oscar Honorífico en 1972. Falleció el Día de Navidad de 1977, y desde entonces la humanidad no ha dejado de celebrar su brillante paso por la Tierra.

Los cubanos, por supuesto, forman parte de sus más entusiastas admiradores, como demuestra no solo este Festival de homenaje, sino el nombre de una de nuestras principales salas de exhibición, y las inolvidables imágenes del documental cubano Por primera vez, de Octavio Cortázar, que describe el encuentro de campesinos cubanos con el cine, a partir de las películas de Chaplin.

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