Poblinas: El cofre de los recuerdos

Leyda Machado Oramas • La Habana, Cuba

Augusto Blanca es el arte total: poeta, trovador, actor, pintor… A él le quedan pocas cosas por experimentar en el mundo de la creación, y no conforme con eso, este hombre necesitaría tres vidas más para completar todos los proyectos que le nacen a cada instante.

Las Poblinas, esas deliciosas estampas costumbristas que Augusto ha encerrado en dos discos premiados recientemente en el festival Cubadisco, son apenas la excusa para conversar con alguien que ha transformado su vida y su casa en un horno de fundición donde diariamente se vierten toneladas de nuevas ideas con un único fin: crear belleza a cada paso, sin importar el vehículo.

Imagen: La Jiribilla

El mismo término de poblinas es una creación de Augusto, uno que el autor de estas imágenes se ha reinventado para suplir un espacio que la academia dejó vacío. Poblinas es, totalmente, fruto de su inagotable imaginación. “La palabra no existe; es un derivado de poblano, pueblerino, pueblo… porque las canciones son precisamente eso: especie de viñetas o pequeñas crónicas de mi infancia y adolescencia que ocurrió primero en Banes, donde nací, y luego otras que surgieron en Santiago de Cuba donde viví mucho tiempo, hasta la última que la compuse aquí en La Habana.

“O sea, yo he hecho las poblinas desde siempre, y es que a mí me gusta mucho trabajar en series: la de los regalos, la de las trovadas, la de los refranes, pero la única que no ha cerrado definitivamente es esta, porque cada vez que voy a mi pueblo natal o a Santiago me acuerdo de algo y sale una nueva poblina”.

¿Cómo surge la idea de compilar todas esas canciones dedicadas a los pueblos en los que has vivido?

Esto realmente es un sueño de hace mucho años, porque desde que grabé mi primer disco en 1978 incluí mis primeras poblinas, que son canciones que venía haciendo desde los años 60.  A partir de ahí en cada CD incluí dos poblinas, pero mi sueño era poder hacerlas todas en un mismo disco y entonces terminando los Tarareos para Isabella en los Estudios Colibrí, gracias al entusiasmo de Marta Bonet (y a sugerencia de Adolfito Costales) se escuchó allí la maqueta de las poblinas y me dijeron enseguida que teníamos que grabar aunque fuese un volumen de eso.

Elegir después entre 38 temas solo 12 o 13 se nos hacía muy difícil y yo deseando que se pudiera hacer la colección completa hasta que un día cuando ya casi estábamos terminando el primer disco me dijeron: “Augusto, luz verde para el segundo volumen”.

Dos años tomó el proceso de elaboración y grabación de estos discos en los que participan muchísimos trovadores y altísimos músicos, ¿quiénes orquestan junto a ti estas estampas?

Cuando nos sentamos a analizar aquello nos dimos cuenta que cada poblina era un formato distinto y llevaba un arreglo completamente diferente. Nos repartimos los temas y empezamos a trabajar en el cambio de tonalidades. El único que tenía su canción (que desde siempre la cantó) era Santiago Feliú, porque cuando yo empecé a hacer la selección de las poblinas me dije: la del muchacho de un solo patín (“Poblina de aquel muchacho”) la tiene que cantar Santi y afortunadamente logramos que la grabara a piano un mes antes de fallecer.

Silvio Rodríguez también hace una voz preciosa en la poblina de los Domingos; Pablo Milanés canta en la de los lirios y dudas, y Vicente Feliú que interpreta “El novio”, la contrapartida de “La novia”. Luego están también Lázaro García, Pancho Amat, Pepe Ordás, Rochy Ameneiros, Adrián Berazaín, el poeta Waldo Leyva y grandísimos músicos como Raul (el Chino) Verdecia, Oliver Valdés, Emilio Vega, Dayron Ortega y Ariadna Amador entre otros. Realmente fue una fiesta haber hecho esta compilación porque es como una historia que se va contando eslabón por eslabón.

¿Cómo sientes ahora el premio que han recibido las Poblinas en esta edición del Cubadisco, donde competían además en diversas categorías? 

Realmente no trabajo para premios pero eso a uno lo estimula, sobre todo por el hecho de que no se quede en casetes lo que uno ha hecho porque hay cosas que le puede servir a mucha gente. Siempre he dicho que a mí me dieron la facilidad de componer y que a través de mí lo hagan también muchas personas de mi generación pues aquí están mis historias y las de mis amigos.

Luego, si además de que te das el gusto de grabarlo recibes un premio por eso, es un placer muy grande; aunque sigo creyendo también que el premio es de mi pueblo, Banes, que me dio la dicha de vivir todas esas historias y después de Santiago de Cuba que me contaminó las cuerdas y me hizo ser trovador.

Imagen: La Jiribilla

Y al exterior de todas estas canciones aparece el dibujo de un viejo cofre dibujado por los diseñadores Katia Hernández y Enrique Smith, quienes se encargaron de ilustrar todos esos recuerdos, ¿cómo fue la experiencia de trabajar con ellos y al mismo tiempo competir en el Cubadisco con otro de sus diseños?

Katia y Kike conforman una empresa fabulosa. En cuanto empecé a trabajar con ellos nos dimos cuenta que estábamos hablando el mismo idioma. Yo les conté la idea que tenía de hacer como un cofre viejo como si fuese un álbum de fotografías e inmediatamente que me trajeron el primer boceto les dije que eso era justo lo que había imaginado.

Fue nominado junto con el álbum Senderos, de Santi y cualquiera de los dos creo que podía haber ganado. A mí me gusta más que haya sido seleccionado el de Santi: una, por la cosa sentimental que implica esto pues es el último disco suyo y luego porque como diseño es una maravilla, jugando un poco con los dibujos de Saint Exupéry de El principito, que me parece una analogía perfecta porque Santiago era un principito que no murió, regresó a su asteroide. Así que me parece muy justo que el premio haya sido para Senderos y con eso me siento premiado también, porque cualquier premio de Santi lo siento como mío.

Anterior a estos discos estuvieron los Tarareos para Isabella, un proyecto infantil hermoso que tiene también una historia bella… ¿Cómo nace la idea de hacer un disco dedicado a tu nieta?

Eso fue un juego que comenzó cuando fue a nacer mi nieta hace ya 11 años, que Rosy y yo nos empezamos a preguntar qué regalarles, y entonces se me ocurre que sería mejor hacer una especie de nanas para enseñarle a ella que estaría tan lejos cómo hacen los pajaritos, las vacas, los chivos de Cuba, y empecé a hacer una serie de instrumentales tarareados, primero sin letras. Eran cuartetas que Rosy decía y yo le hacía los tarareos hasta que logré hacer una maqueta que se le mandó para allá para que lo escuchara desde la barriga de mi nuera.

Pasó el tiempo y Marta Bonet, el hada Colibrí, nos pidió escuchar esa maqueta que habíamos hecho muy en juego para Isabella; y a los tres días Martica nos llamó diciendo que teníamos que grabarlo. Luego, cuando empezamos a hacer el primer trabajo de mesa, Emilio Vega y Dayron Ortega me plantean musicalizar todas esas cuartetas.

Como hago teatro con niños empezamos a incluirlos en el disco y utilizar toda esa creación que ellos aportaron. El proyecto tardó tanto tiempo en terminarse que vinieron mis nietas de visita y participaron en la grabación final, que se plantea como un juego didáctico para que los más pequeños comiencen a identificarse con los sonidos de animales y también con las melodías porque ahí hay: habanera, son, changüí…y muchísimos ritmos cubanos y latinoamericanos que están insinuados en el disco.

¿Cómo se articula entonces la trova con todo ese trabajo que has desarrollado durante años en el teatro?

He ido haciendo todo de manera paralela. Y en los inicios (en el Conjunto Dramático de Oriente, donde fungía como escenógrafo)  es cuando conozco a la actriz María Eugenia García y al maestro-director (argentino) Adolfo Gutkin, y de esa unión nació el grupo Teatrova (1973) un proyecto que fusionaba la palabra hablada y la cantada con una guitarra y muy pocos elementos. Desde entonces he hecho mucho teatro para adultos y para niños, trabajando como actor, trovador director de escena, etc.

No me ha molestado nunca llevar las dos cosas, quizás me conocen poco por eso precisamente, porque me he dividido, pero me he dado ese gusto de hacerlo todo. Opté por hacer las cosas que realmente me gustaban. Sé que hay mucha gente que me conoce, pero por suerte no soy muy conocido y no es falsa modestia. En realidad me gusta ser un poco anónimo y poderme sentar en el parque sin que me molesten y poder trabajar y elaborar mis cosas. Me siento muy feliz así, no tengo amarg