Niños y niñas al centro del teatro

Yudd Favier • La Habana, Cuba

Fotos: Cortesía de Rubén Darío Salazar

 

La muestra de artes escénicas para la infancia Cazando mariposas, que organiza del 16 al 19 de julio, en La Habana, el Ministerio de Educación con instituciones culturales  amigas como el Consejo Nacional de Artes Escénicas, el Consejo Nacional de Casas de Cultura, la Brigada José Martí de Instructores de Arte, la Organización de Estados Iberoamericanos y el Centro Cubano de la Unima, pone a los más pequeños de la familia en el centro de atención de su objetivo artístico. Se vuelve entonces necesario reflexionar sobre el teatro escrito para la niñez en nuestro país, el que comenzó en las aulas de las escuelas primarias y cuyos primeros ejecutantes y receptores —se publicó en los primeros años de la naciente República bajo la rúbrica de Teatro Escolar—, fueron ellos, los propios niños.

Imagen: La Jiribilla

Luego, desde la gestión teatral profesional de conocedores y avezados en la escena, hay que decir que la primera protagonista de la nueva dramaturgia dirigida a los infantes, en 1943, fue una niña, ingenua pero valiente que llevaba una caperuza roja, tomada por el joven autor Modesto Centeno del cuento clásico de Charles Perrault. Ese mismo año Nicolás Guillén exponía en un singular poema dramático, a cuatro niños que jugando comenzaban  a pelearse por algo tan absurdo como el color de la piel.  En la cronología documentada existente  el tercer drama escrito para infantes, también tenía como protagonista a un igual: Ticito, un pequeño hecho “de palitos” que deseaba ser normal; corría 1951, año que marca el nacimiento de Floripondito, otro infante que  se revelaba contra sus ridículos padres desde la cuna.

Cinco años después, en el quinto  texto registrado, nacería otro protagonista, el cual exhibe una saga que se prolonga en el tiempo y trasciende incluso a Dora Alonso su creadora, ¿el nombre?: Pelusín del Monte y Pérez del Corcho, un guajirito que tocaba guitarra y cantaba décimas, jugaba con su abuela desde entonces y aprendía —duramente— de sus errores.

Luego empezaron a nacer más héroes infantiles, pero ésta vez eran cucarachitas y ratones Pérez o Piruleros, conejitos, gatos, gallinas, pavos, muñecas de trapo, tractorcitos o  muelles… y los niños como protagonistas de sus propias  historias cada vez fueron menos. No obstante ser la minoría logran emerger nombres imprescindibles como  Ruandi (1973), de Gerardo FulledaPapobo (1976), de David García o Caspy de la obra La nana (1982), de Raúl Guerra, y todos los protagonistas de la experiencia del grupo Ismaelillo con el género nombrado psicotítere, el cual también tuvo niños como eje entre los 80-90, aunque fuera aquella una experiencia demasiado específica.

Imagen: La Jiribilla

Ciertamente los niños se extravían un poco como verdaderos héroes de sus propias historias por unos 20 o 30 años, pero por estos días están retornando. Ahora son muchos más. Ahí están,  por tan sólo citar algunos: María Inés y Trotamundos en Relato de un pueblo roto, escrito Maya Fernández y Raudel Hernández, Pincelacho en Aventuras en pueblo chiflado, de Maikel Chávez, Federico en Federico de noche o Carmita en Canción para estar contigo, de Norge Espinosa;  Sebastián, de El hijo del viento, el Emperador niño de El Ruiseñor, Marianita, la sirena de La muchachita del mar, el niño Vampiro de Tras la noche, todos de la mano de Christian MedinaLos niños escondidos  de René Fernández;  Beatriz, Mati, Maikol, Melisa o Josué, de la trilogía dramatúrgica de Blanca Felipe; Alicia, Wilo, Karola, de Cuento de amor en un barrio barroco, y Dora Alonso en Una niña con alas,  de Rubén Darío Salazar;  la Alicia mezclada con el Capitán Garfio y el gato  Lilo, de Maikel  Rodríguez de la Cruz; Yuli de Un girasol pequeñito, Momo y Konrad de Salvador Lemis; Cyrano o Noel el hijo de Houdini, de Ulises Rodriguez Febles; Mai Britt, Jack y Otoño, Carlos o Sara en los dramas modernos de Yerandy Fleites y los niños príncipes de inspiración martiana de María Laura Germán,  y tantos, tantos más, que podríamos creer que los niños como centro de sus propias historias han vuelto al teatro cubano.

La cita veraniega Cazando mariposas reunirá en dos paneles, uno sobre dirección artística y otro sobre dramaturgia, a algunos destacados creadores de la escena y el retablo nacional que se dedican a trabajar para nuestros príncipes enanos. Yo estaré en gira de trabajo por toda la Isla, añorando hacerles las siguientes preguntas: ¿Creen ustedes que ubicar  a un niño/niña como centro de la historia, como héroe/heroína de acción,  contiene una fuerza mayor en la recepción del niño/niña-espectador/espectadora? ¿A qué creen ustedes que se debe este retorno del personaje-niño/niña como protagonistas de las historias contemporáneas que muchos de ustedes mismos han creado?

Las respuestas vendrán desde cada concepción creativa y puede que hasta se establezca la polémica de uno y otro lado. Lamentaré una y otra vez mi ausencia, pero algo bueno estará dirimiéndose entre sabedores y amantes del teatro para niños, algo que puede arrojar la luz necesaria para que nuestros locos bajitos sigan siendo iluminación y paradigma escénico.

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